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miércoles, 20 de marzo de 2019

Algunos hombres no tan necios.




La historia de las mujeres y sus derechos incluye en ocasiones también a hombres que las respaldaron desde diferentes trincheras y situaciones.

Armando Enríquez Vázquez

“Detrás de todo gran hombre hay siempre hay una gran mujer” es sin duda una de las frases más machistas y misóginas que existen, muestra esa parte de nuestra cultura occidental en la que desde las religiones fundacionales judeo-cristianas la mujer es vista sólo como un apéndice del hombre, cuyo papel en el mejor de los casos, como muestra la frase, es motivadora del éxito del hombre. El adjetivo “necio” utilizado por Sor Juana Inés en su famoso poema es demasiado inocuo y pueril para describir la actitud de muchos hombres en el pasado y en el presente en contra de las mujeres. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido hombres que han respaldado a las mujeres individualmente o como grupo en su lucha. Aquí quiero nombrar a algunos de ellos.
En las luchas de las mujeres del siglo XIX por la equidad de género, uno de los momentos más importantes se da en Francia con el establecimiento de la Comuna de Paris en 1871, en este movimiento no sólo surgieron figuras femeninas de gran importancia para el feminismo internacional y su historia como Louise Michel y Ana Jaclard, en esos momentos del socialismo y anarquismo en la capital francesa existieron hombres que del brazo con las decenas de mujeres trabajadoras pidieron el reconocimiento de la equidad y paridad entre hombres y mujeres. Entre ellos destaca Jules Allix quien nació en 1818 en Fontenay Le Comte y murió en 1903 en Paris. Allix formó parte del Comité de las Mujeres de la calle de Arras y fue el responsable de formar una escuela “nueva” de niñas para enseñar a las infantas y jóvenes el valor de la mujer dentro de la “nueva sociedad”. Aunque todos los hombres que participaron en la Comuna estaban convencidos de la igualdad de trato que debía existir para la mujer Allix fue de los que llevó a cabo acciones para demostrarlo.
En Inglaterra también en el siglo XIX existió el apoyo de hombres con la causa feminista y del derecho inalienable a sufragar de las mujeres. John Stuart Mill, filósofo y economista publicó en 1869 un libro titulado “La esclavitud de la mujer”, libro en el que el autor reflexiona acerca de la actitud hipócrita de los hombres frente a las mujeres y el valor de sus acciones, de su trabajo y de como esta visión que menosprecia a la mujer y sus trabajos es olvidada frente a las labores que se consideraron durante siglos propias de las mujeres. Tres años antes Mill se presentó ante la Cámara de los Comunes en nombre de dos las principales sufragistas para pedir el derecho a voto de la mujer inglesa.
De manera ilegal o legal en la forma de llevar a cabo sus reclamos al lado de las mujeres han existido hombres que las acompañan en su lucha y promueven sus consignas. Otros lo hacen desde la primera trinchera; el hogar. Amos Bronson Alcott fue un pedagogo, filósofo y autor norteamericano que creyó fielmente en la educación fuera del sistema educativo por lo que sus hijas estudiaron bajo su dirección en casa. Alcott nació en 1799 y murió en 1888 fue amigo de la gran elite intelectual norteamericana de la época; Melville, Thoreu, Hawthorne, Whitman. Feminista, Alcott, hacía en casa los mismos trabajos que su mujer e hijas. Inculcó en sus hijas la idea de independencia, una de ellas Louise May Alcott, escribió la novela clásica de la literatura norteamericana; “Mujercitas
Finalmente, me gustaría mencionar la importancia de un personaje controvertido como lo es Porfirio Díaz en la historia del feminismo en nuestro país. El acto más importante del dictador mexicano en la lucha por la equidad de género fue sin duda su intervención directa en la titulación de la primera mujer médica en México; Matilde Montoya, en 1887. Díaz Ordaz fue un tirano y mujeres como Juana Belén de Gutiérrez, la valiente y crítica periodista, sufrieron la cárcel y torturas del sistema, pero no fueron sancionadas por ejercer una profesión en el sentido estricto, si no por los contenidos de sus textos. Hubo otras como Laureana Wright González que se dedicó a contar la vida de mexicanas ilustres desde tiempos prehispánicos y que con el periódico “Violetas del Anáhuac” impulsó a la primera generación de mujeres periodistas de nuestro país. El gran número de educadoras que con posturas críticas se formaron durante el porfirismo. Los clubes femeninos que apoyaron a Francisco Madero durante su campaña presidencial a pesar de que la mujer no tenía derecho a votar muestra el interés por la política de las mexicanas y su cultura política, nos habla de que en tiempos de la dictadura existió una promoción de la diversificación de las actividades de las mujeres. Esto de ninguna manera excluye las atrocidades, ni la pobreza e ignorancia que el régimen de Díaz impuso a lo largo de 30 años, pero muestra que una parte de la sociedad fue impulsada por el oaxaqueño, algo que no haría la revolución, ni los lobos sonorenses, ni Lázaro Cárdenas, el más liberal de los generales de la Revolución y hombre muy querido por el pueblo. La mujer en México no obtuvo el voto hasta 1953 bajo la presidencia del veracruzano Adolfo Ruiz Cortines y lo ejercieron por primera vez dos años después en 1955. Cuarenta y cinco años después de iniciar la lucha armada.
La historia y los grandes logros que las mujeres han hecho en el mundo entero para lograr un mundo menos injusto, menos discriminatorio, un poco mas equitativo en ocasiones se ha visto acompañado por el actuar de algunos hombres, un ejemplo a seguir por todos nosotros para lograr una verdadera equidad de género y no las dádivas de cuotas que muchas veces los políticos y funcionarios ofrecen a través de sus partidos o de políticas demagógicas de Estado.
Para @CTGómezRamos.


publicado en mamaejecutiva.net el 11 de marzo de 2019
imagen wikipedia.org

miércoles, 15 de febrero de 2012

Todos contra Matilde


La primera médico mexicana y los avatares que corrió para lograr su meta.


Armando Enríquez Vázquez


Imaginemos a una futuro médico a punto de presentar su examen profesional de medicina. El año es 1887. La alumna ha sido rebajada a ser examinada en un salón común y corriente en lugar del aula magna de la Universidad, las razones son muy sencillas para la época y el espíritu del México “liberal” de la época. Se trata de una mujer. Existe entre la comunidad médica una gran división, aquellos, la mayoría, que están en contra de la mujer y los otros, pocos, muy pocos que la apoyan incondicionalmente. Las autoridades de la Universidad se encuentran entre los que no ven con buena cara la irrupción de una mujer en la comunidad médica de México. Es una verdadera tontería, algo que acaba con la moral. Ya con anterioridad se le ha acusado de degenerada y de haber entrado a la carrera con el único desviado propósito de ver el cuerpo de los hombres desnudos en la morgue. El nombre de esta valiente y decidida mujer era Matilde Petra Montoya Lafragua y la puedo imaginar paseándose de un lado a otro nerviosa, furiosa por la discriminación y preparándose para la peor canallada por parte del cuerpo académico. También recordando todo los esfuerzos y la decisión en sus actos que la habían llevado hasta la antesala del examen.
Matilde nació en la Ciudad de México el 14 de mayo de 1859, desde muy pequeña su madre le enseñó todo aquello que había aprendido en un convento, ante la mirada reprobatoria del padre que no entendía de que servía que la pequeña Matilde supiera todo eso, el hecho es que a los cuatro años Matilde sabía leer. Cuando Matilde terminó su primaria tenía 11 años y por esta razón se rechazó su solicitud para ser inscrita en el equivalente de la época a la secundaria. Su educación no fue truncada y con maestros particulares, Matilde estudio la secundaria y presentó el examen final, el cual aprobó sin ningún problema, Sin embargo en el momento de presentar la solicitud para convertirse en maestra de primaria la edad volvió a ser un problema. Matilde tenía 13 años y su solicitud fue rechazada. Ese año murió su padre y Matilde ávida de conocimientos se inscribió en la escuela de obstetricia y parteras que dependía de la Escuela Nacional de Medicina. Las apretadas condiciones económicas, la obligaron a cambiar de escuela, a una particular donde se atendían los partos de las mal vistas madres solteras. A los 16 años Matilde se tituló como partera.
Entonces comenzó a trabajar como auxiliar de cirugía con el objetivo de profundizar en sus conocimientos médicos. Con lo que ganaba se dio a la tarea de estudiar, una vez más de manera privada, las materias que le faltaban para terminar su bachillerato.
A los 18 años se mudó a la ciudad de Puebla donde tuvo bastante éxito. Ya que además de los servicios de partera, Matilde tenía ciertos conocimientos de medicina que excedían los de su competencia e incluso la de algunos médicos poblanos. Entonces se hizo una campaña en su contra, orquestada por los médicos poblanos y ciertos periódicos locales, a Matilde se le acusaba de ser miembro de los masones y protestante. Se recomendaba a la población de la ciudad no ponerse en manos de tan desconfiable mujer. Acosada por la mala publicidad Matilde se retiró a Veracruz. Cuando pensó que lo peor ya había pasado regresó a Puebla y solicitó su inscripción en la escuela de medicina, presentó su examen de admisión, la constancia de materias que se le pedían como química, botánica, zoología y otras, así como su curriculum. Matilde aprobó el examen y fue aceptada en una ceremonia pública a la que asistieron el Gobernador del Estado, todos los Abogados del Poder Judicial, numerosas maestras y muchas damas de la sociedad que le mostraban así su apoyo. Sin embargo, los antiguos adversarios se hicieron presentes con nuevos periodicazos y atacando a Matilde de impúdica, por intentar de ver hombres desnudos en la morgue. Atribulada por sus enemigos Matilde, regresó a la Ciudad de México y hizo el intentó en la Universidad Nacional por segunda ocasión. A los 24 años y con el visto bueno del director del director Matilde fue aceptada.
Matilde era la primera y única alumna en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, muchos profesores y alumnos la veían con recelo, la criticaban y se oponían a su presencia en el recinto, también había un puñado de alumnos y profesores que la apoyaban y eran llamados por lo demás con desprecio “Los montoyos.”
Sus detractores buscaron hasta por debajo de las piedras como lograr que Matilde fuera dada de baja de la Universidad y cuestionando, ante las autoridades universitarias, la validez de las materias cursadas con maestros particulares lograron su objetivo. Desesperada Matilde, al ver sus esperanzas de ser médica esfumarse, optó por enviar una carta al Presidente de la República General Porfirio Díaz, quién giró las instrucciones necesarias para que la Escuela Nacional Preparatoria en San Ildefonso diera las facilidades a Matilde para terminar de manera correcta sus estudios de Bachillerato. Así Matilde pudo seguir cursando la carrera de medicina, aprobó todos sus exámenes y escribir su tesis. Matilde Petra Montoya Lafragua solicito su examen profesional para poder titularse y ejercer la carrera de medicina. Sin embargo, sus enemigos encontraron una nueva argucia para negarle ese derecho a Matilde. Los estatutos de la universidad hablaban de “alumnos” no de “alumnas.” Matilde por segunda vez escribió al General Díaz, quién giró instrucciones a la Cámara de Diputados para cambiar el texto de los estatutos de la Facultad de medicina, pero algo muy extraño sucedió los diputados estaban de vacaciones, por lo que el General Díaz emitió un decreto reformando el texto en cuestión. Lo detractores de Matilde durante muchos años sostuvieron que la mujer se había graduado por un decreto presidencial. Lo cual es totalmente falso.
De hecho sus adversarios, prepararon, con dolo, un examen particularmente difícil y estricto con todfa la intención de que la mujer se recibiera. Le negaron el aula magna de la Universidad y así llegamos al momento en que se inició este relato. Ahora si podemos imaginar a esta perseverante mujer a punto de presentar un examen que no sería de ninguna manera fácil. Unos minutos antes de iniciar el examen, llegó un mensajero anunciado que el Presidente Porfirio Díaz había salido caminando de Palacio Nacional, acompañado de su esposa Doña Carmelita, así como algunas amistades a presenciar el examen de la Señorita Montoya. Puedo imaginar la cara de los infames detractores de Matilde y el corredero para tener el aula magna lista, puedo imaginar también la cara de Matilde al conocer la noticia. La imagen no deja de serme simpática, muy simpática.
Sobra decir que Matilde aprobó su examen y al otro día hizo lo mismo en el examen práctico.
La doctora Matilde Petra Montoya Lafragua se dedicó los siguientes 50 años a la práctica de su carrera. Fue altruista y atendía a todos aquellos que se le acercaban a consulta. Murió en la Ciudad de México en 1938 a los 79 años de edad. Las mujeres de este país espero que vean a Don Porfirio de otra manera. Sin disculpa de sus crímenes posteriores.
Para Estefanía, Valentina y Paula.
Para Rosalba que me puso en la pista de esta maravillosa historia.


Publicado en thepoint.com.mx y thepinkpoint.com.mx el 15 de febrero de 2012