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lunes, 15 de febrero de 2016

Conchita Cintrón plantada frente al toro.



Ya fuera a pie o montada sobre un caballo Conchita Cintrón demostró ser una de las más grandes que han existido dentro de la fiesta brava en la historia.

Armando Enríquez Vázquez.

En los años que ella descubrió su pasión por el toreo no existían ni las bizantinas discusiones acerca del toreo, ni mujeres que brillaran en el ruedo. Las toreras del siglo XIX habían marcado una época, pero la modernidad del siglo XX se negaba a darle un lugar a una mujer pisando el ruedo, sobretodo en España. A pesar de ello, Conchita Cintrón toreó a pie donde la ley lo permitía y montada en un caballo en España, dejando en claro su calidad como diestra torera y rejoneadora en todos los países del mundo taurino.
Conchita Cintrón Verrill fue sin duda la mejor representante del toreo peruano, aunque la realidad es que nació en la ciudad chilena de Antofagasta, el 9 de agosto de 1922. Hija de un puertorriqueño y una norteamericana, Conchita llegó a Perú a los dos meses de edad y creció en Lima, donde su padre, ex militar, trabajaba para una trasnacional.
Amante de los animales y consentida por sus padres Conchita tenía en su casa un cerdo, un borrego, un perro, un burro, conejos. Cintrón llamaba la atención en las calles de la capital peruana al pasear con su cerdo. A los 12 años y habiendo desarrollado una pasión por la equitación, Conchita, entró a la escuela ecuestre de Ruy da Camara, un rejoneador portugués que se había mudado a Lima harto de la inestabilidad política de su país. El talento de Conchita Cintrón para montar se demostró desde su primera clase. La escuela de da Camara era también un lugar de reunión de toreros y gente de ligada a la tauromaquia en Perú, por lo que Conchita comenzó a familiarizarse con el mundo taurino, da Camara incorporó en la instrucción de los jinetes algunos movimientos propios del rejoneo y en una ocasión en que se encontraba de vacaciones con la familia Cintrón en una ganadería, le dio a Conchita la oportunidad probarse galopando junto con él para lidiar a un toro. No pasó mucho tiempo para que las dotes de la jovencita tanto en el toreo a caballo, como en el toreo a pie la llevaran a debutar.
En enero de 1936 y con sólo 13 años de edad Conchita Cintrón debutó en la legendaria plaza de toros de Acho, en Lima. La plaza construida a mediados del siglo XVIII y que se dice que es la más antigua en América. Así inició su carrera taurina. En 1938, el torero mexicano Jesús Solórzano, en un viaje a Perú descubrió a Conchita y pensó que en México la afición taurina, en ese entonces más importante que la afición al futbol soccer, podría apreciar la valentía y el arte de la joven peruana. Junto Ruy da Camara, que se había convertido en apoderado de la joven y la llevó a torear a Venezuela y Colombia, Chucho Solórzano ideó el esquema para traer a la joven a las plazas nacionales. A mediados de 1939 Conchita y da Camara zarparon con rumbo a México. El 22 de agosto de 1939 Conchita debutó en la plaza del Toreo, que se ubicaba en donde hoy se encuentra la sucursal del Palacio de Hierro de la calle de Durango en la colonia Condesa, la curiosidad inicial del público por ver a una mujer torear se convirtió en admiración y entrega.
Durante los siguientes cuatro años Conchita toreó en plazas mexicanas por toda la República e hizo grandes amistades con toreros mexicanos. Alternó con todas las grandes figuras del toreo en nuestro país; Luis Procuna, Luis El Soldado Castro, Lorenzo Garza, Silverio Pérez entre muchos otros y en poco tiempo se ganó el sobrenombre de La Diosa Rubia del Toreo. Conchita estuvo presente la funesta tarde en que Alberto Balderas murió cornado en el Toreo y quedó impresionada ante la muerte del torero. En una entrevista para la revista taurina Tauro delta, en 2008 Conchita le comentó a José Ignacio de la Serna Miró: A Alberto Balderas el toro le cogió por el vientre, le echó por los aires y volvió a caer sobre los pitones. Se levantó con el instinto de quien se muere, y sujetándose el vientre, corrió hacia la enfermería. Tres días después toreábamos juntos en Aguascalientes. Cuando llegué al patio de caballos me parecía imposible que mi amigo hubiera muerto. Hoy una placa cerca de la entrada del estacionamiento de la tienda departamental conmemora al torero y marca el lugar donde el toro lo prendió.  
Lo mismo sucedió en el caso de Carnicerito de México, que murió en Portugal, en la misma entrevista Conchita recordó como el diestro murió triste lejos de su tierra, tras tres días de agonía después de la cornada sufrida en Villa-Viciosa.



Un cronista taurino español, Gregorio Corrachano, escribió sobre La Diosa Rubia del Toreo: El día que se baje del caballo se tendrán que subir al caballo muchos toreros. Al parecer el cronista desconocía que la diestra, toreaba con más temple y valentía de lo que lo hacía al rejonear. Las leyes machistas del franquismo español querían que las mujeres volvieran a la cocina, que fueran un adorno únicamente, por lo que estaba prohibido que una mujer toreara a pie. Cuando Conchita llegó a España, meta final de su travesía como torera y rejoneadora, y a lo largo de los 5 años que toreó en aquel país, se resignó a obedecer la ley y lo tuvo que hacer montada en caballo, bajo pena de terminar en prisión. Conchita Cintrón hizo su presentación en España en 1945 en la feria de Sevilla. De la misma manera que en sucedió en México, Conchita alternó durante su estancia en España con las principales figuras del toreo; Juan Belmonte, Cagancho, Chicuelo, Domingo Ortega y trabó una buena amistad con Antonio Bienvenida.
Cintrón declaró en más de una ocasión que el toreo se hacía entre dos y el caballo era sólo un mal tercio en muchas ocasiones, a pesar de ello obedeció las reglas que le imponía el poder actuar en tierras españolas hasta el último día de su carrera, cuando saltó del caballo y terminó su faena con los pies en la tierra, consciente de que se trataba de su último toro, Conchita le perdonó la vida al animal, dejando caer la espada en el ruedo. El que la torera tomara la muleta con los pies en tierra creó una bronca fenomenal que terminó por interrumpir la corrida de manera definitiva y la llevó a ser detenida. El hecho tuvo lugar el 18 de octubre de 1950 en la plaza de Jaen. Conchita tenía 28 años de edad. Finalmente, gracias al apoyo y manifestaciones de los aficionados la autoridad no tuvo más que dejar en libertad a la diestra y otorgarle las orejas y el rabo del toro.
En su honor se compuso un pasodoble y existen al menos una plaza en Atizapán de Zaragoza y un centro hípico en Guadalajara llevan su nombre. Al retirarse Conchita se casó con un miembro de la nobleza de Portugal y formó una familia. Por décadas se alejó del ambiente taurino hasta que, en 1991, a los setenta años de edad, se volvió a vestir de rejoneadora y participó en el paseíllo de una corrida en la que le dio la alternativa a una rejoneadora francesa llamada María Sara.
Retirada de los ruedos donde a lo largo de su vida profesional participó en 400 corridas en las principales plazas de Perú, Colombia, Venezuela, México y España, Conchita se dedicó a escribir desde crónicas taurinas y columnas para diferentes diarios en el mundo como El Excélsior de nuestro país, hasta sus memorias las cuales fueron prologadas por uno de los grandes aficionados anglosajones a la Fiesta: Orson Welles.
Conchita Cintrón murió en Lisboa a los 86 años de edad, víctima de un infarto el 17 de febrero de 2009, en una entrevista concedida un año antes declaró, que jamás después de su despedida de los ruedos se aburrió. La vida fue lo suficientemente atractiva y maravillosa para la jovencita que amaba tanto a los animales que se convirtió en torera, así como si nada, sin pensar siquiera en ello.

publicado en mamaejecutiva.net el 8 de febrero de 2016
Imagenes: rejectedprincesses.com
                  desoly sombra.com

viernes, 30 de mayo de 2014

Josefina Vicens cronista taurina.





La gran escritora mexicana además de sus dos novelas, se dedicó también a la  crónica taurina bajo el seudónimo de Pepe Faroles.

Armando Enríquez Vázquez.

Porque afortunadamente la literatura no tiene que ser denuncia social, para eso están los periodistas, ni tampoco hiperrealismo desgarrado que ya para eso existe la nota roja. En México a lo largo de los siglos han existido grandes escritoras. Que con su imaginación y su talento nos han hecho vivir en mundos diferentes. Una de ellas fue Josefina Vicens, su obra literaria se reduce a dos novelas publicadas en un intervalo de 24 años, pero fueron suficientes como en el caso de otros escritores nacionales para convertirla en una de las escritoras fundamentales de nuestra literatura.

Josefina Vicens nació en Villahermosa, Tabasco el 23 de Noviembre de 1911. Tuvo cuatro hermanas y en alguna entrevista ella se definió a sí misma como la más mal portada de las cinco, siempre jugando a las canicas, al balero y soñando con ser un vagabundo, para ella las palabras maternas siempre fueron; Un día acabarás en la cárcel. Cosa que no sucedió.

Su primera novela la publico en 1958. El libro vacío. Con ella ganó el Premio Xavier Villaurrutia. Octavio Paz no tuvo más que elogios para la novela de la tabasqueña que no volvió a publicar otra novela hasta 1982, Los años falsos.

La obra de Vicens es modesta en número, que no en calidad, como la de otros pilares de nuestra literatura. Escribir no le era sencillo a la autora de las dos novelas y para remarcar el hecho contaba que la última charla que mantuvo con Juan Rulfo junto a tazas de café. Rulfo le preguntó:

- Oye, Peque, ¿por qué no escribes otro libro?

Peque era como la llamaban sus conocidos. Puedo imaginar entonces a Vincens, levantar la mirada y desde la otra orilla de la taza de café responder al autor de Pedro Páramo:

-Oye, Juan, ¿por qué no escribes otro libro.

- Pues sí, ¿verdad?- Respondió Rulfo.

- Pues sí, ¿verdad?- Remató la tabasqueña.

Y de nuevo en el terreno donde la computadora de un tercero se mete en conversaciones ajenas, me puedo imaginar una sonrisa de complicidad entre los dos escritores y un escalofrío secreto que recorrió a ambos nada más de imaginar volver a enfrentarse a ese placer tortuoso y sufrido que para ambos parece haber representado una hoja de papel en blanco y una historia que contar en ella.

Pero además de sus dos novelas, la escritora se dedicó a otros géneros de la escritura para sobrevivir esto es al periodismo y el guionismo. Escribía una columna política bajo el seudónimo de Diógenes García. Escribió guiones de cine entre los que destacan: Las señoritas Vivanco, El proceso de las Señoritas Vivanco, ambas películas estelarizadas por Sara García y Prudencia Griffel  la primera basada en un argumento de los también escritores Elena Garro y Juan de la Cabada. Además ganó dos veces el Ariel al mejor guión, la primera vez en 1973 por el guión de la película Los Perros de Dios,  y en 1975 por Renuncia por motivos de salud.

En alguna ocasión declaró que el guionista debería ser el director de su propia obra de otra manera esta sufre muchas traiciones, y el guionista muchas frustraciones.

Fue presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas y vicepresidenta de la Sociedad General de Escritores de Mexico, entre otros puestos.

Literata de manera autodidacta, siempre le quedó claro que su oficio estaba por encima de su género: Voy a decir una cosa y la diré siempre que me pregunten por qué si soy una mujer mis personajes son masculinos, pues, porque estoy haciendo literatura y hay literatura buena o mala no hay literatura femenina o masculina. Declaró en una ocasión y otra vez dijo:

Los guiones no se escriben ni con las faldas ni con los pantalones, sino con la inteligencia. Y ésta no tiene sexo. No hay relación ni rivalidad, ni competencia. Escribo mejores guiones que muchos hombres y muchos hombres escriben mejores guiones que los míos. Cobro por ellos más que algunos hombres y algunos hombres cobran por sus guiones más que yo. Es inútil relacionar el sexo con este trabajo.  

Josefina Vicens en la década de mil novecientos cuarenta  escribió también crónica taurina y editó una revista en la materia que se llamaba Torerías  de la cual llego a ser directora general, para Vicens el toreo era una fiesta metafísica única, en la que campean la vida y la muerte. Sus crónicas aparecieron también en otra revista llamada Sol y Sombra. Sus colaboraciones iban firmadas bajo el seudónimo de Pepe Farolas.

Su estilo mordaz y crítico la llevó a verse envuelta en problemas, en alguna ocasión que escribió en contra de alguna faena de Carlos Arruza. Un boxeador amigo del torero amenazó con ir a las oficinas de Torerías y golpear a Pepe Farolas. Vicens recibió al púgil y lo invitó a platicar, tras unos minutos de amable charla, Josefina miró al peleador y le dijo; Me va usted a disculpar pero tengo una reunión, así que por favor comience a golpearme. El boxeador sorprendido por las palabras de la escritora la observó desconcertado, entonces Josefina le explicó que ella era Pepe Farolas y pues ya que él había amenazado con golpearla, adelante. Sobra decir que la golpiza no se llevó a cabo.

Su colaboración tenía un estilo en el que fotografiaba el ambiente alrededor del ruedo, ese que brinda el público desde las gradas, y no, precisamente, en ese estilo de sociales acerca de quienes se sientan en el primer tendido de sombra:

-¡El que sea decente que se calle!

No queremos decirle a usted el ruido que se armó en la plaza.

Escribió alguna vez en su columna. En esa misma ocasión consignó que alguien desde las gradas de sol le gritó a Agustín Lara al verlo sin María Félix:

- Agustín, ¿dónde dejaste a Doña Bárbara?

Y otro, comprendiendo la soledad del cadavérico compositor, le dijo:

- ¡Se sufre, hermano, se sufre!

Me gusta la historia de esta mujer de letras que disfrutó de su pasión por los toros como enfrento su temor de escribir novelas malas.

Josefina Vicens murió el 22 de Noviembre de 1988 y me gustaría que sus crónicas taurinas se recuperaran, y poder disfrutar de ellas tanto como ella de lo hizo de la fiesta.

Publicado en thepinkpoint.com.mx el 23 de mayo de 2013
imagen: red.ilce.edu.mx

sábado, 29 de diciembre de 2012

Cartel de mujeres mexicanas


Como Mencioné la semana pasada en su principio el toreo no discriminaba género, ni España ni en nuestro país.
Armando Enríquez Vázquez
La historia del toreo en México es tan antigua como la conquista misma. La primera referencia que se tiene de una torera en nuestro país se reduce a tan sólo unos datos encontrados de ella en Archivo General de la Nación donde a Ana María de Guadalupe y Nava Castañeda se le califica como torera de oficio.
La siguiente mujer de la que se sabe que toreo fue Pilar de la Cruz en 1810, quien a caballo banderilleó dos toros de Atenco y de la cual se sabe que era una mujer de carácter fuerte que en alguna ocasión al fijar las condiciones de una corrida llegó a liarse a golpes con un empresario poblano al que dejó, junto con dos de sus guardias, en el suelo, a base de palos. Entre las historias que me gustan de las toreras del siglo XIX. Destaca la de Guadalupe Luna conocida como Lupe La Torera, hija de un famoso torero que además fue un temido insurgente durante la guerra de independencia en Michoacán, se cree que Lupe andaba ya en el ambiente taurino desde niña.  Además de torera se dice que Lupe era muy osada y de gran belleza, fue amante del legendario torero Bernardo Gaviño, así como, de su Alteza Serenísima Antonio López de Santa Anna. De hecho se dice que alguna vez jugó una broma al dictador donde lo dejo en paños menores en su habitación esperándola, mientras ella se paseaba por la ciudad con la chaqueta, levita, bastón y sombrero de plumas tricolor de Santa Anna.
Al saberse burlado, iracundo el dictador mandó arrestar a la torera. Nunca se supo cual fue el castigo impuesto a la mujer, lo que se sabe es que nunca más se le volvió a ver.
El 19 de Febrero de 1865 en la plaza de toros del Paseo Nuevo se presentó Bernardo Gaviño con dos toros de Atenco y más tarde un becerro fue picado por dos mujeres una de ellas se llamaba Ignacia Ruiz y la apodaban “La Barragana”. La historia no tendría mayor interés si no fuera por  años después “La Barragana” apareció en uno de los archivos judiciales de la ciudad de México acusada de robo a mano armada, en la fotografía existente se le puede ver como una mujer del pueblo que cubre su cabeza, con un rebozo. En su declaración frente al juez, Ignacia Ruiz acepta haber gozado alguna vez de la gloria y la fama que da el toreo, pero la vida la llevó por otros derroteros donde tuvo que convertirse en criminal para sobrevivir.
Pero a finales del siglo XIX surge una de las primeras figuras femeninas del toreo en México. Su nombre María Aguirre “La Charrita Mexicana.” Nació en Zamora, Michoacán en 1865, aunque otras fuentes sitúan su nacimiento en el Estado de Jalisco. En 1885 debuta en el circo como amazona ahí conoce y se casa con su primer marido; Timoteo Rodríguez, un acróbata que tras cuatro años de matrimonio decide dejar el circo para dedicarse al toreo. Los diarios empiezan a marcar la presencia de una joven morena y guapa que banderilleaba a caballo y a la que llamaron “La Charrita Mexicana”, que era ni más ni menos María Aguirre. El 10 de Marzo de 1895, Timoteo es cornado de muerte en la plaza de toros del Durango. María sigue con su carrera y años después se casa por segunda vez.  Esta vez es un torero de origen cubano y que responde al nombre de José Marrero “Cheche”, que estaba a las órdenes de Ponciano Díaz.
A principios del siglo se hablaba en Madrid de la posible visita de María Aguirre a España y así lo reseñaba un cronista:
“Es un hecho que en este año, emprenderá viaje a España con el objeto de trabajar en las principales plazas de la Península, la popular y aplaudida Charrita mexicana, María Aguirre de Marrero. En su viaje le acompañará su esposo el valiente matador de toros José Marrero “Cheché”, quien piensa tomar la alternativa en Madrid para después regresar al país”.

Ya verá la Charrita
Y ya verá Cheché
Que aquí los cornúpetos
No son de Guanamé.

En 1909, el 9 de Agosto el torero es cornado de muerte en la plaza de toros de Ciudad Juárez, Chihuahua. Se tienen registros de que María Aguirre siguió toreando hasta 1921, cuando se cortó finalmente la coleta. Tenía 56 años de edad. María Aguirre murió el 30 de Diciembre de 1963 a los 98 años de edad, en la Ciudad de México.
Hubo otras pero ya hablaremos de ellas otro día.

Publicado en thepinkpoint.com.mx el 28 de Diciembre de 2012
Foto: toroartemichoacan.com

 

martes, 31 de julio de 2012

"El torero con Bigotes". Ponciano Diaz

 
Ponciano Díaz, torero, promotor y empresario taurino, se crió entre toros, vivió lidiándolos y fue el primer torero mexicano en tomar la alternativa en España.
Armando Enríquez Vázquez
Ser leyenda. Figura singular en el toreo y con una estampa nada usual entre los diestros. Un torero con bigote. Los ha habido melenudos y de grandes patillas, pero pocos, muy pocos con bigote.
Tras tres siglos de corridas de toros en México, no había en nuestro país un torero que se pudiera llamar así, pues ninguno había tomado la alternativa en Madrid, dos diestros nacionales ya se habían presentado en España; Ramón de Rosas Hernández a finales del siglo XVIII y en 1869 Jesús Villegas “El Catrín”, pero ninguno de los dos había tomado la alternativa. Eso cambió la tarde del 17 de octubre de 1889 en la Plaza de Madrid, su padrino el legendario Salvador Sánchez “Frascuelo” y como testigo Rafael Guerra “Guerrita”. El toro se llamaba “Lumbrero”  de la ganadería del Duque de Veragua y era según crónicas de la época un burel cárdeno oscuro y bien “armao”.
El diestro mexicano de acuerdo a los especialistas de la época lo hizo mal, no era el estilo lo que impresionaba a los aficionados, al momento de matar que dio un bajonazo, pero lo que llamaba la atención de la afición española era el estilo de toreo mexicano tan diferente del peninsular. Al parecer Ponciano no se quedaba quieto a diferencia de los cánones de la tauromaquia ibérica. Tampoco sabía mandar con la muleta, que parecía estorbarle al llevar a cabo las suertes. Pero existía una de las suertes del torero nacional que llamó fuertemente la atención del público español; el banderilleo a caballo.
En la ese viaje a España y Portugal, Ponciano Díaz toreó en ocho ocasiones.
Ponciano Díaz tenía la fiesta y la pasión por los toros en la sangre. Nació el 19 de noviembre de 1859 en la Hacienda de Atenco, la primera hacienda taurina fundada en México, pocos años después de la conquista. Su padre, Guadalupe Díaz, era el caporal de la hacienda. Rodeado desde su más tierna infancia por reses bravas, Ponciano siempre quiso ser torero, a los diecisiete años se podía decir que era novillero y de ahí se unió a la cuadrilla de los hermanos Hernández de los que se separó en un viaje a Puebla donde conoció al ídolo de la afición Bernardo Gaviño. Sus ganas por convertirse en un torero de fama lo llevaron a servir en la cuadrilla del afamado matador español, de quien aprendió y en 1879 formó su propia cuadrilla debutando como matador de toros el 13 de abril de ese mismo año. Ponciano se convirtió rápidamente en un ídolo de la afición mexicana, pero Ponciano quería ser más que eso. Participó en las primeras corridas de toros llevadas a cabo en Estados Unidos. En Nueva Orleans en 1885. Aunque en dichas corridas no se mataba al toro.
Ponciano hizo presentaciones por el interior del país; Chihuahua, Durango, Puebla, Zacatecas. Ahí en Zacatecas en 1894, se dice que en una corrida impresionó de tal manera a la más bella de las zacatecanas, una rica heredera de nombre Rosario Llamas, que esta se desprendió de un anillo de brillantes y un medallón con su foto regalándoselos al torero por su faena. Los tíos de la muchacha, que era huérfana, al ver la reacción de la joven se apresuraron a sacarla de la plaza y llevarla a su casa. Nunca más volvieron a verse. La historia dice que esta joven nunca se casó y quedó prendada de la figura del matador.
La valentía de Ponciano era inaudita y se dice que implementó la suerte de matar de rodillas, eso sí, sin importar donde cayera la estocada o si tenía que matar de arteros “mete y saca”. Pero la afición lo adoraba. Ponciano no sólo toreaba con los diestros españoles de buena gana, sino hizo gran amistad con ellos y grandes rivalidades. Promovió a jóvenes valores nacionales y en 1888 con sus propios recursos, y en sociedad con el gobernador de la Ciudad de México y un empresario construyó e inauguró la plaza de toros de Bucareli.
Al siguiente año, es el año de su alternativa en España y a su regreso, recibió en La Habana la noticia de que estaban prohibidas las corridas en la Ciudad de México, por lo que decide permanecer y actuar en Cuba durante un año, a su regreso toreo en Veracruz y fue cornado de gravedad en Coatepec. Ya sin la popularidad y mermado en sus facultades regresó a su plaza en 1894. Y en 1895 realizó su presentación final en la Ciudad de México, en este festejo otorgó la alternativa a Diego Rodríguez “Silverio Chico”. Al morir su madre en 1898 y viéndose abandonado por la afición que en el pasado le aclamaba se dedicó a beber. Ponciano murió en la más absoluta soledad de cirrosis hepática el 15 de abril de 1899. Tenía 40 años.
Cuenta una historia que en su cuerpo sin vida se encontró aquel medallón con la fotografía que Rosario Llamas le regalara cinco años atrás.

Publicado en thepoint.com.mx 31 de Agosto de 2012
Imagen. contoromex.com

miércoles, 23 de mayo de 2012

Bernardo Gaviño, el primer ídolo de la afición.

En el siglo XIX un hombre despertó por más de 50 años el entusiasmo de los mexicanos por verlo batirse frente a las bestias. Fue la primera figura del toreo en México.
Armando Enríquez Vázquez


 Bernardo insigne, la parlera faena,
Tu nombre lleva por el ancho mundo,
Y en tu arte fuerte, sin rival te llama;
Y México en su afán noble y profundo
Rey en la lid y sin igual te aclama…

Fragmento  de “A Bernardo Gaviño, en su función de beneficencia”. La verdad neta, 15 de febrero de 1852.

La tarde del 31 de enero de 1886, en la plaza de Texcoco, salió por la puerta de toriles un animal  de nombre Chicharrón, toro bravo que según algún cronista de la época no pudo ser banderillado y acabó con los picadores. El juez ordenó al torero entrar en el tercio final y acabar con el toro. El toro de la ganadería de Atenco, la primera y más antigua en ser fundada en México, se remonta a 1552 año en que la fundó Juan Gutiérrez Altamirano, primo del conquistador Hernán Cortés, habría de terminar la tarde cornando de muerte al matador.
El hombre cornado esa tarde en Texcoco y que habría de morir días más tarde en la Ciudad de México por la gravedad de sus heridas contaba con 73 años de edad y era uno de los grandes ídolos de los de aficionados taurinos. Su nombre era Bernardo Gaviño y Rueda. Nació en 1812 en Cádiz. Pariente lejano de un torero apodado “Leoncillo” que lo inicio en la tauromaquia, Gaviño partió de España rumbo a Montevideo en 1830 aproximadamente, allí paso dos años y se dirigió a La Habana, llegó a México en 1835 para torear, contratado por el consúl de nuestro país en la capital cubana.
Los siguientes cincuenta años Gaviño toreo a lo largo y ancho de México, principalmente en la Ciudad capital, donde sus hazañas, fueron vistas por personajes como Santa Anna, Comonfort, Juárez, Miramón, incluso Maximiliano y Carlota, algunos de ellos como a Bustamante y a Miramón, llegó a dedicarles faenas. El diestro era invitado a las fiestas de la alta sociedad mexicana. Sus hazañas en el ruedos fueron narradas además de los cronistas taurinos de la época, por la misma Madame Calderón de la Barca en sus memorias de la vida en México, que lo vio actuar en la corrida del día de reyes de 1840. Así como el secretario de la legación norteamericana en México Brantz Mayer. Se sabe que Gaviño hizo fortuna en México y cuando la prohibición de corridas en la ciudad a partir del año 1867 partió a buscar fortuna a Sudamérica y dio corridas en Lima y Callao, para regresar a torear a México en las plazas cercanas a la Ciudad que no se vieron afectadas por la prohibición. Tlanepantla, Puebla, Texcoco.
Gaviño revolucionó el toreo de la época en México y a lo largo de  su vida en México creó una escuela  taurina, siendo su principal discípulo el famoso Ponciano Díaz, que más tarde se separaría de la cuadrilla de Gaviño y haría su propia fama y riqueza.
Gaviño lidiaba unas 50 tardes al año y en cierta ocasión se le contrató para torear mañana y tarde en Chihuahua, de este viaje que se tornó en aventura quedan dos recuerdos, el primero es que la comitiva en la que viajaba el diestro, fue atacada en su camino por comanches, resultando una batalla de más de ocho horas. Al final de los 64 acompañantes de Gaviño solo dos, además del torero, sobrevivieron el ataque, Fernando Hernández, el banderillero y Vicente Cruz el picador. Tras recuperarse de sus heridas Gaviño dio tales faenas en Chihuahua que el párroco de Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, murió de felicidad, eso dicen la crónicas.
De la muerte de Gaviño no se puede decir lo mismo. Gaviño no murió de felicidad, la infección de la cornada le produjo serias complicaciones y una agonía de diez días, ni en la abundancia, todo lo que había ganado en años de juventud había desaparecido para el momento en el que Chicharrón lo hirió de muerte. Se dice que su entierro fue costeado por su cuadrilla ya que ni para eso tenían los familiares del matador.
A su figura y estampa se escribieron muchos versos hoy perdidos, algunos recolectados en libros, blogs y revistas.
Murió Bernardo Gaviño
Y murió como valiente,
Puesto que murió luchando
Con un toro frente a frente…

Fragmento de a la memoria de Bernardo Gaviño, Anónimo 1886.

Publicado en thepoint.com.mx el 23 de mayo de 2012
Imagencortesía tripod.com