lunes, 5 de septiembre de 2011

11 de Septiembre 2001: El Silencio.



El peor atentado contra los Estados Unidos en su propio suelo. El silencio se apoderó de la nación más grande, más “democrática” del mundo. Y el mundo cambio para siempre.



Armando Enríquez Vázquez


Hace diez años una mañana como cualquiera otra, todo cambio.

La mañana del martes 11 de septiembre de 2011, como todas las mañanas de ese mes, me levanté, me bañé, puse a hacer café y tal vez bebí jugo de naranja. Prendí la televisión, sintonicé CNN, que de todos los canales de noticias, me parecía, en ese entonces el menos tendencioso, para escuchar ese ombliguismo informativo con el cual los medios norteamericanos hacen pensar a los ciudadanos de aquel país que todo el mundo piensa solamente en ellos. Comencé a planchar mi camisa, cuando una noticia llamó mi atención. Al parecer, de acuerdo al conductor del noticiero, una pequeña aeronave se había estrellado en una de las torres gemelas del World Trade Center. Tras unos minutos de continuar con las noticias habituales, decidieron ir en vivo a la escena del hasta ese momento “accidente”. La televisión mostraba humo saliendo de una de las torres. “Extraño accidente”. Pensé. Entonces, al fondo, en uno de los extremos de la pantalla algo cruzó. Por un momento creí que se trataba de un helicóptero de alguna televisora. “En México, no permitirían volar a un helicóptero tan bajo y tan cerca de una zona de un accidente así”. Dos segundos después me quedó claro que no se trataba de un helicóptero, y mucho menos de un accidente, cuando el segundo avión se impacto en la torre sur del World Trade Center. Por unos minutos permanecí frente al televisor. Silencio de los conductores. La imagen: sólo miles de hojas de papel que caían del edificio impactado, como confeti. Una macabra escena emulando un desfile por las calles de Manhattan, marcando el verdadero fin del siglo XX y el inicio de la nueva centuria. Un siglo, donde el enemigo no es ruso, alemán oriental, ni siquiera cubano. Un siglo, donde la preocupación no está en el armamento nuclear del otro. El enemigo a partir de aquella mañana es moreno, tiene una religión diferente, un dios diferente y puede hacerse estallar en cualquier parte.

En la compañía post-productora donde acudía semanalmente, la gente estaba hipnotizada viendo las imágenes de las torres gemelas consumirse tras el atentado, se hablaba de otro avión que se había estrellado contra el edificio del Pentágono y uno más en Pennsylvania, a manera de cintillo, bajo la imagen de los rascacielos quemándose, daban el número de aviones que quedaban surcando el espacio aéreo de los Estados Unidos. Era una cuenta regresiva. Cerca de mediodía se anunció, qué, por fin, en ese momento ninguna aeronave cruzaba ya sobre el territorio norteamericano. Un silencio, me rodeo. Un silencio que no era físico, que no era cuantificable. Un silencio real. Era un silencio virtual que llenaba el cielo y el alma de los norteamericanos. Salí de la oficina y levanté la mirada al despejado cielo de Wisconsin, libre de aviones. Esa mañana en Milwaukee, me quedaba claro que Estados Unidos, quedaba muy lejos del Midwest, pero que también en pleno inicio del siglo XXI, cuando el amanecer de Internet reducía las distancias globales, todavía existían poderes capaces de aislar al país más poderoso del mundo del resto del planeta.

Para la noche se hablaba ya del enemigo; un hombre llamado Osama Bin Laden y su grupo terrorista; Al-Qaeda. Árabe, musulmán, radical y millonario Bin Laden pasó en unas horas a ser el enemigo número uno del mundo. El más peligroso. Su persecución y ejecución tomaron casi diez años, desde aquel 11 de septiembre. Pero su nombre y el de Al –Qaeda, habrían de cambiar la faz del mundo occidental.

A partir de aquel momento el terrorismo cambió objetivos, de los militares a los civiles, de los carros bomba a los mártires musulmanes cargados con explosivos que se hacen detonar en cualquier espacio público. De las calles de Beirut y Tel Aviv, al centro de Manhattan y el metro de Madrid.

Algún pensador francés del siglo pasado; Gide, Sartre, Malraux, no recuerdo cual, predijo que la próxima guerra mundial sería religiosa. Resultó cierto. Hasta antes de esa mañana los árabes eran, para occidente un grupo de pueblos con excéntricos millonarios y una extraña religión que los obligaba a peregrinar una vez en su vida a los lugares sagrados. Tenían un pasado glorioso. Habían invadido lo que hoy es España en el siglo VIII. En sus momentos de esplendor habían sido grandes matemáticos, inventores del algebra, y astrónomos, habían sido los guardianes de los restos de la sabiduría griega perdida en Alejandría. Pero en el siglo XX, los árabes eran sólo pueblos curiosos. Los árabes, eran esos bárbaros que habitaban en la frontera de la civilización, fáciles de identificar con las caravanas de beduinos en el desierto. Orando a un despiadado dios. Intentando acabar con los israelís y con gobiernos dictatoriales.

Musulmanes tomaron la embajada americana en Irán 1980 con rehenes, acción que terminó en la catástrofe de los helicópteros, que costó la presidencia a Jimmy Carter. Los musulmanes se identificaban con la diabólica imagen del Ayatollah Jomeini y el despiadado dictador de Libia Muamar Khaddaffi. Estados Unidos se sabía el principal enemigo y objetivo de algunos de sus más radicales líderes, como Yasser Arafat, por la ayuda incondicional al gobierno de Israel. Pero hasta el 11 de septiembre nadie creía que pudieran atacar a los Estados Unidos en su propia tierra. Los esporádicos atentados contra las representaciones militares y diplomáticas de los Estados Unidos en Medio Oriente y África; dirigidos contra la distante Washington. Los barbaros lanzaban sus flechas de madera contra los escudo de metal del poderoso. El creciente odio de los musulmanes contra los Estados Unidos, el gobierno Talibán, la Intifada, fueron el preámbulo al 11 de Septiembre y todas las consecuencias que vinieron después y con las cuales vivimos hasta hoy. Incluyendo la crisis económica de Estados Unidos.

En los meses posteriores todo mundo se preguntaba ¿Cómo? ¿Por qué? Los republicanos trataron de culpar a los demócratas por el recorte en el espionaje en Medio Oriente por parte del presidente Clinton. Los demócratas creían que la burocratización del FBI y la CIA parte de las políticas de los Bush era la razón del no haber descubierto el complot. La seguridad sobre nuestra frontera resulto un esfuerzo nulo, los terroristas entraron por la frontera norte.

La creación del Departamento de Seguridad Interna y su elevación a casi una nueva súper secretaría, encargado de dictar las reglas y procedimientos de vigilancia de fronteras y actividades dentro de los Estados Unidos, fue la mayor de las consecuencias. Las revisiones y seguridad en los aeropuertos del mundo se volvió más estricta desde entonces, la apariciones de los policías encubiertos en los vuelos de aeronaves norteamericanas, para proteger la integridad de la tripulación, pasajeros y de los Estados Unidos. Nunca más un Lockerbie, nunca más un 11 de septiembre.

El presidente George Bush, encontró su pretexto para iniciar una guerra santa. Una cruzada por “restablecer la paz y la democracia en el mundo”, que está muy lejos de terminar, eliminados los gobiernos Talibán y de Saddam Hussein, se suponía que la paz había de volver al mundo. Nada más falso. Hoy los Talibanes controlan más de la mitad de Afganistán y en Irak, nunca durante el régimen de Hussein se vieron tantos atentados como hoy. Pakistán es campo de guerra y los atentados en contra de la población civil se han vuelto el pan diario. La guerra llegó a territorio occidental y mientras se han logrado desmantelar operaciones de Al-Qaeda en Alemania y Estados Unidos, han ocurrido atentados en otras partes como en España.

En 2011, vivimos en un mundo más pequeño, más paranoico, “Quien no está conmigo, está contra mí”, parece el lema ya no sólo del gobierno de Washington, si no de todo occidente y el nacimiento de nuevos estados musulmanes radicales y poderosos como el caso de Irán y al parecer de Egipto, sólo agudizarán el conflicto. Hoy más que nunca, el enemigo está en cualquier parte. Puede tener cualquier aspecto. Los últimos complots descubiertos en Estados Unidos y Europa han sido planeados por células de Al-Qaeda que incluyen ciudadanos nacidos en esos países, de religión musulmana.

Lo más significativo es que diferentes grupos; tanto separatistas, como criminales han copiado las acciones contra la población civil. Está claro el antecedente de Colombia donde los grupos de narcotraficantes atentaron contra centros comerciales en la década de los noventa. Tras el 11 de septiembre este tipo de actos se ha multiplicado, ya sea en el metro de Rusia, hoteles en Indonesia, o casinos en México.

Esa es la guerra en la que estamos inmersos. En la que muchas veces sólo el tono de piel, o la forma en que nos vemos, es suficiente para ponernos ante los ojos de los otros en uno u otro bando.

La guerra de la que involuntariamente formamos parte.


A mi padre en su cumpleaños.


Publicado en blureport.com.mx 5 de Septiembre 2011