martes, 20 de septiembre de 2011

Bután: La felicidad como índice de bienestar nacional.



Armando Enríquez Vázquez


“¿Quieres ser feliz?; se feliz”.

León Tolstoi.


A pesar de la insistencia occidental por imponer sus modelos sociales y económicos, así como las mediciones de prosperidad basados en ellos, existen ejemplos de que las sociedades pueden evolucionar lejos de la democracia y la economía de consumo.

Hoy, cuando una vez más, parece que el mundo occidental se asoma a otra crisis económica, o al menos eso quieren hacernos creer quienes sufren y realmente padecen esas crisis, o sea los grandes capitales privados y públicos que se mueven en la especulación, debemos replantearnos si la forma de medir el bienestar de una sociedad sólo puede darse en la fría aritmética de los números y el dinero.
¿Saber cuánto cuesta una Big Mac alrededor del mundo, tiene alguna importancia en nuestra vida?
Constantemente, escuchamos y decimos que para que todo salga bien debemos ser felices, estar contentos, en paz con nosotros mismos. Si una de las máximas contemporáneas es estar bien internamente para poderlo estar externamente. ¿Cómo es que entonces en lugar de partir de algo tan absurdo como la macroeconomía, desde donde se puede destruir la vida de las clases media y baja, sustentos de nuestra sociedad, somos incapaces de hacer el ejercicio social de partir desde la micro estabilidad personal para procurar la estabilidad de las naciones y sus habitantes?
A pesar de sonar a esoterismo puro, este tipo de medición existe y se aplica en el mundo real. El lugar es un pequeño reino asiático: Bután. Una monarquía constitucional situada en el Himalaya, sus únicas fronteras son con la India y China. La familia reinante está en el poder desde 1870. Una vez lograda su independencia en 1907, la monarquía hereditaria fue aprobada. Y fue en 1972 cuando el entonces joven rey Jigme Singye Wangchuck, basado en las ideas budistas, la principal religión del país, con la ayuda de Karma Ura, líder del Centro de Estudios Budistas de Bután y por el epidemiólogo canadiense Michael Pennock, creó un nuevo índice de medición: La Felicidad Interna Bruta.
La medición de la felicidad Interna Bruta, se basa en la idea budista de que el desarrollo y bienestar social están dictados tanto por una mejoría material, como por una espiritual. Ambas son complementarias en el desarrollo de la sociedad. Todos los seres de la creación aspiran a la felicidad según un principio budista, luego entonces es obligación del gobierno lograr que sus gobernados lo sean. La idea de la Felicidad Interna Bruta se basa en cuatro conceptos fundamentales; El desarrollo sustentable, la promoción y protección de los valores culturales, La conservación del medio ambiente y un buen gobierno. De estos cuatros conceptos derivan ocho más desarrollados en el Centro de Estudios Budistas con la colaboración de investigadores internacionales y que son: La salud mental, física y espiritual, el equilibrio del tiempo, La vitalidad social y de la comunidad, la vida cultural, educación, estándares de vida, buen gobierno y la vitalidad ecológica.
Esto aunado a un plan quinquenal de desarrollo. A pesar de ser un país muy pequeño, con una de las economías más modestas del planeta Bután ha logrado un desarrollo económico a veces superior a l promedio mundial. Lo que ha hecho a Premios Nobel en economía, como Joseph E. Stiglitz preguntarse si el PIB es una buena medición del nivel de vida de un país.
Del cuarto dragón se cuentan historias y leyendas, se dice que vive solo en una cabaña, a pesar de que su pueblo se ofreció a construirle un palacio, cosa que él rechazó pidiéndole a la gente que mejor construyera hospitales y escuelas para su bienestar.
En diciembre 2006, Jigme Singye Wangchuck, abdicó al trono a favor del mayor de sus hijos, Jigme Khesar Namgyel Wangchuck que fue coronado hasta noviembre de 2008, esperando el momento correcto para que los augurios le fueran propicios y convirtiéndose en el quinto dragón de la dinastía Wangchuck y el más joven de los monarcas gobernantes entonces en el mundo. En su discurso inaugural el recién coronado rey dijo a sus súbditos:
“…debemos siempre recordar en estos tiempos de cambio, en los que nuestra nación se encuentra inmersa, llenos de nuevos retos y oportunidades, qué hagamos lo que hagamos, cualesquiera que sean nuestras metas, sin importar los ajustes que hagamos en este mundo cambiante. Sin paz, seguridad y felicidad no tenemos nada. Esa es la esencia de nuestra filosofía de la Felicidad Interna Bruta. Nuestra meta más importante es la paz y la felicidad de nuestra gente, así como la seguridad y soberanía de nuestro país”.
Se implementó una monarquía constitucional con un gobierno electo de manera democrática. Cosa que parece no convencer a los habitantes de Bután.
A pesar de ello, hoy en día, sólo alrededor del 3% de la población de Bután se declara infeliz. El resto está divido entre aquellos que son felices y los que son muy felices. Entonces vale la pena regresar la mirada por un momento a nuestro mundo occidental. Grecia, España, Estados Unidos, Portugal, Francia, sumidos en la farsa de los mercados, de dinero que no existe, que sólo se mueve de un lugar virtual a otro. La insatisfacción de la gente que sale a manifestarse, que se siente engañada por esos gobernantes de Izquierda y Derecha que ellos creen haber elegido para su bienestar y los cuales los han traicionado en aras de bien mayor, el cual para los legos como yo, nos es incomprensible, abstracto, fatuo y misterioso. Frustrados y enojados salen a las calles a ser golpeados por la policía, la misma, que debería proporcionarles seguridad.
¿Cuándo el pueblo de Islandia decidió mandar al demonio a los bancos ingleses, holandeses, al FMI y al Banco Mundial, sucedió una catástrofe? No. Hoy los islandeses viven más modestamente, tal vez, pero más seguros del control de su gobierno y de su economía. Más felices. Bután ha permanecido aislado, un poco por su condición geográfica y otro tanto por decisión propia. Pero sus casi ochocientos mil habitantes viven felices y con una sensación de bienestar.
Muchos académicos sociólogos y economistas están volteando a Bután y preguntándose si no es hora de cambiar los parámetros e índices para medir la prosperidad de una nación. Entre el feroz capitalismo y el despiadado comunismo podría existir una opción más humanista y armónica, pues integra al medio ambiente y a todos los seres con los que convivimos en el planeta. Objetivos políticos en nuestro mundo occidental que nunca van de la mano con la prosperidad.
Los economistas más tradicionalistas y ortodoxos dicen que la felicidad no puede medirse científicamente en números, que el asunto se convierte en meramente percepción. Pero es la misma percepción que mueve a los mercados hoy en día. Si el presidente de la Fed declara, los mercados se mueven, cuando la gerente presidente del FMI habla, los mercados se tambalean. Y lo que dicen está estudiado para provocar estas reacciones de percepción. Nuestra preocupación básica se encuentra en la riqueza económica de las naciones. La cual en sí, es una falacia, pues se basa en la riqueza de aquellos que controlan la economía mundial únicamente. Después de la farsa que vivimos este año con la destitución artera de Strauss-Kahn y la imposición de Christine Lagarde en el Fondo Monetario Internacional, ¿aún debemos creer en la avaricia del sector financiero? La infraestructura y calidad de mano de obra de los pueblos, no pueden ni deben ser suficientes para medir la prosperidad de una nación. El Estado ha olvidado sus obligaciones para con sus gobernados y se ha volcado como administrador de los bienes y riqueza de los países, en el mejor de los casos. Ha olvidado su carácter social en aras de la empresa que significa el territorio gobernado. El cinismo y corrupción son leitmotiv desde Washington hasta Pretoria, pasando por Roma, Londres, Paris, Tokio, Moscú, la Ciudad de México. La demagogia el único idioma que conocen los gobernantes, el único que escuchamos salir de sus bocas los gobernados. Los gobiernos han cambiado la felicidad y el bienestar de sus pueblos por la fotografía en los organismos mundiales. ¿No es mejor ver a un niño sonriente que a un niño famélico en la sierra chiapaneca o en cualquier parte del mundo?
Bután no es un país perfecto, existe criminalidad, se ha acusado al gobierno de xenófobo y de llevar a cabo una limpieza étnica. Sus fronteras están casi cerradas. La libertad de expresión es limitada y a pesar de ello la gente tiene una percepción mayoritaria de que a partir de la instauración de la democracia en 2008, la situación de los medios y la libertad de expresión ha mejorado en el pequeño reino. Ningún gobierno ha logrado un país perfecto aún. Lo que ha logrado el rey de Bután y su gobierno democrático es la felicidad de la gran mayoría de sus gobernados, que hoy se preguntan si la democracia es el modelo ideal. Con el rey tienen lo que necesitan para ser plenos como seres humanos y como sociedad, no importa cuanto tiempo dure en el poder y, contrario a nuestra idea occidental, esperan que sean la mayor cantidad de años posibles.

Publicado en blureport.com.mx el 19 de Septiembre de 2011