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lunes, 6 de junio de 2016

Leonora Carrington la última de las surrealistas.

Nacida en Inglaterra y muerta en nuestro país, Leonora Carrington fue pintora, escritora, escultora y sobre todo uno de los pilares importantes del surrealismo.

Armando Enríquez Vázquez.

Una barca surcó en 2006 algunas cuadras de Paseo de la Reforma para detenerse en uno de sus amplios camellones, ahí en esa avenida emblemática de la Ciudad de México cerca del famoso edificio Reforma 222, la barca en sí es un cocodrilo y seres reptilianos, que nada tienen que ver con teorías de conspiración, van en ella. Son seres creados por una mujer que a su vez llegó a México en tren desde Nueva York, el año de 1942 huyendo de los nazis y de la guerra que asediaba Europa. Llegó del brazo de su marido el poeta y escritor Renato Leduc, al que conoció en la embajada mexicana en Portugal, quién a su vez accedió a casarse con la artista inglesa para poder ayudarla a salir de Europa. A su llegada a México se separaron para seguir cada quien con su vida.
México se convirtió en el país de Leonora Carrington, en él habitó y creó durante los siguientes 69 años, hasta su muerte en 2011, dejando en las calles y museos parte de su obra.
Leonora Carrington nació en Lancashire, Inglaterra el 6 de abril de 1917, hija de un acaudalado industrial, su infancia y juventud la vivió en opulencia, a pesar de ello y de las maneras aristocráticas que intentaban inculcarle en casa, Leonora fue expulsada dos veces de los colegios ingleses, entre ellos de uno de monjas que su madre, irlandesa, había escogido para ella, por lo que sus padres optaron cuando Leonora era aún una niña en enviarla a Italia a una academia de arte, lo que de la marcó, junto con los bosques que rodeaban su casa en Inglaterra y las historias celtas que su abuela irlandesa le contaba.
Llegado el momento de presentar a la joven en sociedad, sus padres buscaban que Leonora tuviera un pretendiente miembro de la aristocracia británica, así en 1934 Leonora hizo su debut en sociedad frente al rey Jorge V, algo que aburrió tanto a la joven que terminó escribiendo un cuento titulado La debutante, donde la joven protagonista intercambia su lugar con una hiena. La hiena crea un desastre en el evento social, mientras la protagonista se queda en su cuarto leyendo Los viajes de Gulliver.
 No tenía tiempo para ser la musa de nadie… Estaba muy ocupada rebelándome en contra de mi propia familia y aprendiendo a convertirme en una artista. Declaró la artista en alguna ocasión.
Sin saber cómo el azar y el deseo iban a jugar su papel, su madre le regaló un libro sobre uno de los movimientos artísticos que sacudía la ortodoxia de la academia europea; el surrealismo. Leonora se enamoró sin conocerlo más que a través de su obra del gran pintor alemán Marx Ernst. Dos años después cuando lo conoció ese amor se volvió carne y pasión. Claro que el padre de Leonora desaprobó esta relación entre la joven y el pintor que era mucho mayor que ella y además estaba casado. Las esperanzas del padre de casar a su hija con un noble inglés se desvanecieron. Ernst llamaba a Leonora, La novia del viento. Leonora y Max Ernst huyeron a Paris, se establecieron en la capital francesa mientras la II Guerra Mundial amenazaba al viejo continente. Al lado de Ernst, quién la impulsó a escribir y pintar, Carrington conoció a la nata y crema del surrealismo, además de otros importantes artistas del siglo pasado como Pablo Picasso. Max Ernst quien había abandonado a su esposa y a su patria en la que el Nazismo y la intolerancia reinaban, una vez que Francia se convirtió en un satélite sumiso de Hitler, fue arrestado en dos ocasiones, Leonora salió hacía España donde intentó hacer lobbying a favor de Ernst. Denunciando a Hitler, a Mussolini y al tirano español; Francisco Franco. Víctima de un fuerte stress, al que ella llamó con los años psicosis de guerra, fue internada en un manicomio en Santander, con el consentimiento de su padre. España fue una prisión para mí. Escribió en su libro de memorias. De ahí partió a Lisboa y ya casada con Leduc al nuevo continente. En Nueva York se rencontró con Max Ernst quien ahora tenía de amante a la millonaria Peggy Guggenheim.



Atrás de la Catedral de la Ciudad de México hay otra obra de la artista, una banca, de esas que un jefe de gobierno de esta ciudad encargó a diferentes artistas y terminaron decorando los camellones de Paseo de la Reforma, la banca de Leonora viajó por el mundo en varias exposiciones a su regresó a la capital del país encontró descanso junto a la Catedral. Los magos que conforman el respaldo de la banca parecen conspirar en contra de la vieja religión impuesta en los mexicanos dándole la espalda a la Catedral.
La Ciudad de México fue para Leonora, como para todos los europeos que han llegado a ella desde Cortés, una sorpresa y una delicia. Primero se instaló con Leduc en la colonia San Rafael, y según una entrevista que concedió en 1996 a Emilio Payán y Saúl Villa, asistió a muchas corridas de toros, donde lo que ella esperaba era cuando el toro saltaba al callejón y causaba un caos al interior del pequeño pasillo.
Poco después se mudó a Mixcoac que en los años cuarenta del siglo pasado era aún un pueblo separado de la ciudad. Leonora disfrutaba viajar en tranvía descubierto de Mixcoac al Zócalo de la ciudad. En México encontró también algún viejo amigo surrealista, a André Bretón y a la otra gran artista surrealista a la que las ondas trajeron a nuestro país; Remedios Varo.
En 1946, se casó por segunda ocasión. Esta vez con otro emigrante europeo, el fotógrafo húngaro Emerico “Chiki” Weisz, quien durante la Guerra Civil Española trabajó con Robert Capa, como su jefe de revelado.
En 1963, el gobierno federal le encargó un mural para el nuevo Museo Nacional de Antropología. Leonora Carrington pintó entonces un enorme oleo titulado: En el mundo mágico de los mayas, donde la artista pintó desde su muy particular punto de vista los mitos de los pueblos de la región sureste del país.
Amiga de Paz, de Aridjis, de Elizondo, de Poniatowska quien escribió una novela sobre la vida de la artista titulada Leonora. Carrington prefería la soledad de su casa estudio en la colonia Roma, que el bullicio de los salones de la intelectualidad.




Leonora Carrington, pintaba para ella, jamás para el público grande o pequeño, fue la última de los surrealistas en morir, lo que ocurrió el 25 de mayo de 2011 a los 94 años de edad. En una entrevista que le hizo Beatriz Espejo y que se publicó en la Revista de la Universidad de México cuando la escritora le preguntó acerca de ¿por qué había escogido el surrealismo?, Carrington contestó. Eso es una etiqueta. Hago lo que hago porque así los siento y lo veo.  En más de una ocasión se cuestionó con sus amigos más cercanos, como lo haría cualquier surrealista, si era ella realmente la que creaba sus mundos o si estos mundos eran los que la inventaban a ella, y claro daba más validez a esto último.

publicado el 30 de mayo de 2016 en mamaejecutiva.net
imagenes: vertigopolitico.com
                 jornada.unam.mx
                 cultura.gob.mx

jueves, 26 de junio de 2014

75 años de exilio español en México.





Este año se cumplen 75 años de uno de los exilios más enriquecedores para nuestra cultura, nuestra sociedad y mi visión de la vida. 

Armando Enríquez Vázquez

Cuando mis padres decidieron el modelo educativo que teníamos que seguir sus hijos, optaron por sistema laico, mixto y abierto a diferentes corrientes de pensamiento. Sin duda el fantasma socialista de mi abuelo materno recorría las habitaciones de la casa en esos momentos. Mi abuelo fue gobernador de Veracruz donde estableció la escuela socialista y más tarde se unió al gabinete de Lázaro Cárdenas para dirigir la SEP y fundar el IPN. Entonces nos exiliaron en un colegio que nada tenía que ver con nuestro entorno y nuestra historia familiar. Mis padres son mexicanos y lo mismo sucedía con mis abuelos tanto paternos como maternos. Pero de pronto al entrar a primero de Primaria y durante los siguientes cinco años de mi educación todos los lunes saludaba dos banderas y cantaba dos himnos. El mexicano, que pertenecía a mi patria y el de la República Española que era la patria añorada y etérea de muchos de mis maestros, de los padres y abuelos de mis compañeros. El 14 de abril se suspendían las clases porque era día de la República Española. Y mí siempre me pareció una fecha que mezclaba la independencia y el día de muertos en uno sólo. Celebración de un luto. Un país que sólo existía en el consciente colectivo de algunos miles de hombre y mujeres que trasterrados habitaban en algunos países del planeta formando una diáspora española.
La semana pasada se conmemoraron los 75 años de la llegada del barco, el Sinaia, cuyo nombre fue puesto por la reina María de Rumania en honor a la población donde se encontraba el Castillo de Peles que era la residencia oficial de los monarcas rumanos, al puerto de Veracruz, con lo primeros exiliados republicanos. El Sinaia fue el primero de muchos barcos que de 1939 a 1942 trajeron a nuestro país a más 25,000 españoles que huían de los horrores que un personaje siniestro como lo fue Francisco Franco impuso en su país tras la derrota de la Segunda República Española.
El Sinaia tocó puerto mexicano el 13 de junio de 1939. En él llegaron 1800 personas. Juan Rejano, escritor y periodista que viajaba a bordo del Sinaia decidió escribir un pequeño periódico narrando día a día la travesía de 18 días que hizo la embarcación para llegar a Veracruz.
 La gente toma el sol en cubierta. Este comienza a ser el sol de la libertad. La falta de alambradas hace que la imaginación crezca y cada uno forme planes sobre el porvenir. El sol distiende los músculos y concentra el pensamiento.
Fue uno de los primeros textos que Rejano escribió en ese panfleto al que llamó: Sinaia. Diario de la primera expedición de republicanos españoles a México.
El Sinaia, y después muchos otros, trajeron a nuestras tierras a miles de personas que de pronto habían despertado sin más patria que la que llevaban en la memoria y en el corazón. A México llegaron, escritores, poetas, filósofos, intelectuales, científicos, activistas de todos tamaños y matices políticos liberales,  que con el correr de los años y con la imposibilidad abrumadora de no poder regresar a su tierra natal, se volvieron mexicanos, vivieron y aprendieron como dice Moreno Villa; una nueva geografía, nuevas comidas y ante todo un nuevo idioma español.
Y llegaron también otros ciudadanos, que no por ser menos famosos, son menos valiosos. Hombres y mujeres e bien que se incorporaron al ir y venir de una tierra que les era extraña y sorprendente. Entre los hijos y los nietos de estos exiliados tuve mi educación formal. En ese sincretismo que permitía que en Mixcoac en las calles que acotaban las avenidas Revolución y Patriotismo, se conjugaran los verbos anteponiéndoles el vos, que para los mexicanos murió con la Independencia. Una isla donde hablar de ostias era hablar de golpes. Se ceceaba y se marcaban las J como quien quiere rasgar de mala manera al aire que lo rodea.
 Crecí y trataba de entender esa geografía que a Moreno Villa le costaba trabajo olvidar. Veía los  jirones de una utopía que en tres colores se paseaba frente a los niños que negaban y despreciaban la bandera roja y amarilla que el tirano había impuesto en su patria y aprendí de la generosidad verdadera de mi patria y no esa patrañería de los que ensordecidos por el tequila y apestando a mariachis nombran con autoritaria ignorancia y patético nacionalismo que somos grandes anfitriones, los mejores. Claro pensando en el modelo que los tlaxcaltecas usaron con Cortés.
Y llegar a principios de los años setenta a nuevos exiliados cuyas patrias se habían convertido en el sueño aterrador de alguien más. Llegaron chilenos, uruguayos, argentinos muchos de los cuales con el tiempo han podido regresar a sus tierras, y otros que hicieron de México su patria. Ellos no llegaron en barcos, llegaron en aviones y aquellos que treinta años antes habían desembarcado en Veracruz, abrieron las puertas del colegio con la misma generosidad con que ellos fueron recibidos, para aceptar a esa nueva oleada de hombres, mujeres y niños que llevaban la patria en la memoria.
Escuché y aprendí de esos horrores que sólo un ser humano puede cometer contra otro ser humano. Aprendí que la intransigencia se practica en todos los bandos ideológicos y de futbol, que nunca seremos capaces de respetar al otro, mucho menos intentar entenderlo.
Hace setenta y cinco años llegaron a nuestro país hombres, mujeres y niños, para mi muchos de ellos son entrañables a pesar de su versión totalitaria de la educación laica, Por ellos vi sin salir de mi ciudad grandes rebanadas del mundo. De un mundo lleno de hombres que tras haberlo perdido todo, tenían la pasión, la convicción y las ganas de volver a ganarlo todo y mucho más. Sin abandonar su identidad y sumándose a una nueva.
En su novela El Cortejo, Simón Otaola que nació en San Sebastián y murió en la Ciudad de México, describió en la primera viñeta de la historia llegada de Abilio Carroncho al funeral de un amigo suyo. Al asomarse dentro del féretro para ver al muerto, en voz alta, aquel que para republicanos, él; para jugarse la pella por los ideales, él; para despanzurrar a un traidor, él y para cantar joticas, me caguen sos, él; siempre él…  dice de una manea que solo ese hibrido del exiliado que ha pasado tal vez más años de su vida en tierras extranjeras que en la propia, alcanza a exclamar:
 - ¡En esta altiplanicie nos va a llevar a todos la chingada!
En 1975 murió finalmente Francisco Franco. Cuando el gobierno mexicano finalmente reconoció al nuevo gobierno español, se acabaron el 14 de abril, la bandera y el himno republicano. Aquello que no era sólo trapos, cantos y celebración se quedó marcado en mí por el resto de mis días y aún habría de acrecentarse en muchos aspectos. Siempre he bromeado, pero bien sabemos que entre broma y broma la verdad se asoma, que fui un exiliado dentro del exilio.

publicado en blureport.com.mx el 19 de junio de 2014 
Imagen:oem.com.mx