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lunes, 25 de enero de 2016

Canoa en la actualidad.



Han pasado casi cuarenta y ocho años del genocidio cometido en Tlatelolco, y en México ser o parecer joven continúa siendo uno de los mayores delitos que se pueden cometer.

Armando Enríquez Vázquez

 En 1968 ser o parecer estudiante era un crimen. Así decía el cartel publicitario de la película Canoa, dirigida por Felipe Cazals y escrita por Tomás Pérez Turrent. Canoa narra los trágicos sucesos ocurridos en la comunidad de San Miguel Canoa en el Estado de Puebla el 15 de septiembre de 1968, cuando bajo el mando del cura del lugar los habitantes del pueblo lincharon a cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla, creyéndolos estudiantes comunistas. La película se estrenó apenas ocho años después del crimen, en un México que conociendo la represión efectiva que ejercía el gobierno de Luis Echeverría, tenía muy presente la calidad del asesino y cómplice de la masacre del 2 de octubre también de 1968, que el PRI había sentado en Los Pinos.
Han pasado casi cuarenta y ocho años del genocidio cometido en Tlatelolco, y en México ser o parecer joven continúa siendo uno de los mayores delitos que se pueden cometer. Hoy no son los estudiantes las únicas víctimas, ni sus filiaciones ideológicas, si no todos aquellos que aún tienen y gozan de un futuro y de la inocencia. El número de ninis sigue en aumento, la desaparición forzada muy presumiblemente con fines de trata de jóvenes en nuestro país es muy alta y lo mismo sucede en el caso de niños y adolescentes que ven el crimen organizado la única manera de obtener los supuestos beneficios económicos que la educación en su estado actual jamás le darán.
Satanizar a la juventud, sus ideas, sus ideales y su rebeldía es la salida más fácil de una sociedad conformista y en nuestro caso la mejor manera para justificar lo injustificable; la complicidad del Estado en la desaparición de jóvenes en todos los estratos económicos de nuestra sociedad, el encubrimiento y complicidad de las autoridades e instituciones con el crimen organizado. Recordemos el caso de Mario Marín y la pederastia que promovió en Puebla.
Los 43 de Ayotzinapa, son tan sólo la punta del iceberg de una realidad que nos debería doler a todos, que nos debería indignar; obligarnos a exigir soluciones y detenciones entre los políticos que sirven de tapaderas de estos crímenes. Porque después de quince meses de impunidad y estupidez oficial en el caso de los normalistas guerrerenses, no es el único, no se trata de un caso aislado. El número de mujeres jóvenes, adolescentes y niñas cuyas fotografías aparecen pegadas en los pizarrones de las estaciones del Metro, en los monitores de las estaciones del Metrobús, en las pantallas de Canal Once, en las portadas de los periódicos rojos y ocasionalmente en las estaciones de radio, debería preocuparnos a todos.
En el más reciente caso que se ha dado a conocer a nivel nacional, el gobierno de Veracruz ha demostrado su incapacidad para investigar y resolver de manera rápida, a pesar de haber detenido a varios de los policías involucrados, lo sucedido a cinco jóvenes que hacían uso de uno de nuestros derechos constitucionales; transitar de manera libre por nuestro territorio. Los policías al parecer secuestraron a los jóvenes, una adolescente de 16 años entre ellos y los entregaron a un grupo criminal. ¿A cuál? Quien sabe, así de eficiente es la fiscalía veracruzana.
Lo terrible, si es que todavía puede haber algo peor, es que como en el caso de Ayotzinapa al tratar de tapar un hoyo se descubre otro. Se anuncia el descubrimiento de fosas en Veracruz con un número de cuerpos que supera al de los desaparecidos, pero el hecho queda en eso, en un macabro hallazgo. Parece qué tanto para las autoridades estatales como federales, el que aparezcan cuerpos es un accidente más en la investigación, pero todos esos cuerpos en algún momento fueron mexicanos y alguien los debe de haber llorado y echado de menos, familiares que se han enfrentado a las negligentes y prepotentes autoridades. Aunque también, es cierto que en muchos de los casos nadie reclama los cuerpos por estar involucrados con el crimen organizado y tratar de evitar represalias, la realidad es que el número de levantones y secuestros como suceden en Guerrero no sólo puede implicar a delincuentes o de otra manera entonces la mayor parte de los habitantes de los pueblos del estado están habitados por delincuentes, lo cual es absurdo.
México se ha convertido en una enorme fosa donde miles de mexicanos son enterrados anualmente y a nadie parece importarle el asunto. Incluso ante el aumento de homicidios en la capital del país, las autoridades tienen una repuesta fácil y estúpida: En la Ciudad de México la mayoría de los asesinatos se dan entre particulares, en riñas, no son consecuencia del crimen organizado. Esa es la manera de razonar de Miguel Mancera y su séquito de tontos.
No importa lo que digan el presidente y sus paleros; en México la impunidad permite el crecimiento del crimen a todos los niveles.  Al presidente y sus funcionarios les preocupan más los guiones telenovelescos y en lugar de hablar y decirnos donde está el dinero del Chapo, prefieren los reflectores que implica la nota rosa de acusar a Kate del Castillo. La canciller minimiza las alertas de viaje del gobierno norteamericano, diciendo que estas alertas son algo común, claro que lo que evita decir es que son comunes en los países que representan un peligro para viajar y México lo es. El más reciente caso es el de los surfistas australianos desaparecidos en Sinaloa.
Si lo pensamos un poco, resulta perfectamente entendible, porque el presidente Enrique Peña Nieto en otra de sus ocurrencias que hasta parece servilismo, otorga una condecoración como la Orden del Águila Azteca a un dictador asesino como lo es el Rey Salman bin Abdulaziz al Saud de Arabia Saudita, si está acostumbrado a perdonar criminales como Humberto Moreira y Rafael Caro Quintero, si a lo largo de sus tres años de desgobierno ha premiado a personas como Fidel Herrera con un consulado en España.

publicado en blurreport.com.mx el 21 de enero de 2016.

viernes, 15 de mayo de 2015

Alerta Amber.



Las pruebas de la existencia de la desaparición forzada en nuestro país estan en cada estación del metro, en las paradas del metrobús, en los canales de televisión.
Armando Enríquez Vázquez

A últimas fechas me llama la atención la cantidad de fotocopias con personas desaparecidas que hay en los pizarrones de las estaciones del metro, Copias fotostáticas repartidas por CAPEA (Centro de Atención a Personas Extraviadas y Ausentes) de la Procuraduría de Justicia del DF, con fotografías de adolescente y jóvenes mujeres en su mayoría, mismas fotocopias que se pierden entre carteles de difusión cultural del gobierno y de las delegaciones del Distrito Federal.  Los posters de la PGR con fotos de personas desaparecidas en los lugares para la publicidad en las estaciones del metrobús, los constantes cortes en los canales  de televisión del estado como canal 11 y canal 22 de la Alerta Amber, así como en las estaciones de radio del estado, llamando a reconocer rostros de mexicanas  y mexicanos que tienen días o meses sin volver a casa.
Cuando inició internet existió una oleada de correos que nos avisaban de personas en especial de niños desaparecidos, supuestamente robados. Conforme fueron pasando los años se pudo demostrar que muchos de estos correos electrónicos eran falsos o habían sucedido en lugares diferentes y tiempos que no correspondían a los señalados por los correos, había fotos de niñas y niños que llegaban con dos o tres nombres diferentes.
Solo una pequeña parte de ellos resultaba cierto y tal vez todo era una estrategia para ocultar la magnitud del delito de trata en nuestro país.
Nada debe inquietarnos más que la cantidad de personas en especial de mujeres que desaparecen en México.   
De acuerdo con los datos de la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM) 3 de cada 10 desaparecidos en nuestro país son niños, y conforme a los datos de la Secretaría de Gobernación más del cincuenta por ciento de los desaparecidos entre 2006 y 2015 se han dado en este sexenio. Las cifras varían porque la misma Secretaría de manera burda se ha encargado de maquillar las cifras a la baja, cada vez que declara sobre el tema aprovechando el olvido histórico de los mexicanos.
Amnistía Internacional en su informe, Información para el comité contra las desapariciones forzadas de la ONU, publicado este año utiliza los números de la secretaria de gobernación y habla de más de 22,600 personas entre 2006 y octubre de 2014.
Hoy las desapariciones de mujeres, contrasta con la diaria aparición de cadáveres en el Estado de México y que parecen no importarle a autoridad alguna, ni estatal, ni federal. Estos cuerpos sólo sirven para la portada de los diarios de nota roja que se consumen a diario en el Distrito Federal y zona conurbada. El Gobernador mexiquense ha ignorado las diferentes voces de organismos no gubernamentales y de la sociedad civil que piden se declare a la entidad como zona de crímenes de género, la misma sordera padecen en las oficinas federales. Aun así el gobierno se indigna ante el informe sobre las desapariciones forzadas en nuestro país del relator de la ONU.
No todos los desaparecidos, ni asesinados en México son miembros del crimen organizado. Hay muchas mujeres y hombres que han desaparecido en las redes de la trata de personas. Hay muchas mujeres y hombres que han desaparecido por disentir, por hacer uso de la libertad de expresión. Hay muchos que han desaparecido víctimas de la delincuencia común.
México no se divide en los que viven del crimen organizado y los que viven en de una manera correcta. Hoy el crimen organizado no es sólo el que vive fuera de la ley, si no el que nos quiere hacer creer que vivimos en un estado de derecho que ellos mismos se encargan de violentar en sus acciones y palabras. Autoridades y funcionarios de todos los niveles, a los que el hecho de que los mexicanos desaparezcan se reduce a una cifra fría, una calumnia al sistema, un negrito en el arroz de sus turbios negocios.

Es vergonzante la actitud de políticos y candidatos que han olvidado que es esa ciudadanía que desaparece a ritmos acelerados desde que el PRI de regresó a Los Pinos, la que en teoría los elige. No debería haber lugar en México para aquello que están más preocupados por agarrarse a golpes de todo tipo entre ellos antes enfrentar a una ciudadanía que demanda atención. Deberían preocuparse por que las Alertas Amber fueran la excepción y no el pan nuestro de cada día.

publicado el 11 de mayo de 2015 en blureport.com.mx