martes, 31 de mayo de 2011

Detectives, comunistas y leyendas



Esta es una historia de amor entre dos seres excepcionales que con sus textos aún emocionan al mundo.



Armando Enríquez Vázquez


La escena comienza al entrar una mujer a la habitación y encontrar a su amante apagándose con desesperación un cigarro encendido en la mejilla.
-¿Qué haces?
-Evitando hacértelo a ti.
Parece parte de una crónica de la nota roja o en el mejor de los casos una escena de una novela negra. La verdad es que está relacionada a ella, pero no como parte de uno de los textos clásicos del género, si no, con uno de sus más importantes escritores como protagonista. El hombre que se apagó el cigarro en un arranque de celos o de impotencia era Dashiell Hamett, la mujer su intermitente acompañante, amante, pareja por momentos y amiga hasta el final de sus días la escritora; Lillian Hellman.
Se dice también que una vez Hellman estando en Nueva York llamó Hammett a su casa en California, una mujer contestó para sorpresa de Lillian.
-¿Quién habla?- pregunto molesta.
-Su secretaria.- Le respondió la mujer.
Pero Hellman cayó en la cuenta que Hammett no tenía secretaria, además eran las tres de la mañana en California, por lo que inmediatamente tomó un vuelo a la Costa Oeste y al llegar destruyó el departamento de Hammett en una escena de celos.
La historia de la relación entre los dos escritores inicia cuando Hellman de 24 años, una mujer joven con aspiraciones a escribir conoce a Hammett en una fiesta, en ese momento la fortuna sonreía al escritor de 36 años, sus novelas eran un éxito y el mismo tenía fama y dinero. El lugar una fiesta y Hammet llevaba cinco días en la borrachera.
Hammett, a decir de Hellman, era un caballero a pesar de venir de un humilde origen y haber trabajado en la agencia Pinkerton de detectives, persiguiendo pillos, rompiendo huelgas, acosando y golpeando líderes sindicales. Llevaba consigo las cicatrices de varias escaramuzas, lo que lo hacia la sensación entre neoyorquinos y californianos por igual, finalmente como lo diría Lillian Hellman; “Era inteligente, educado, excéntrico, bien parecido, gastaba su dinero a manos llenas en mujeres que por ese simple hecho lo querían y lo hubieran querido incluso si no hubiera tenido ninguno de sus otros talentos”. Al momento de conocerse ambos escritores estaban casados, Hellman se divorciaría, pero Hammet que no vivía con su esposa y sus hijas, pues el departamento de salud los había separado años atrás, debido a la tuberculosis que Hammet había contraído durante la I Guerra Mundial, considerándolo un peligro para la mujer y las niñas, jamás lo hizo.
Hellman que no era lo que podíamos llamar una mujer atractiva, si era una mujer inteligente y con toda la ambición de una joven por llegar a ser escritora. Ella habla de la generosidad de Hammett para llevarla a terminar su primer obra de teatro; “La hora de los niños”. De su involucramiento en el trabajo de ella. En cierta ocasión Lillian le mostró un manuscrito a Dashiell, cuando él hubo terminado de leerlo, regresó y se lo aventó a Hellman:
“Iniciaste como una escritora seria. Eso es lo que me gustó en ti, para eso he trabajado. No sé qué te pasó, pero tira esto a la basura, es peor que malo…es medio bueno.
Hellman indignada recogió el manuscrito y abandonó la casa. Una semana después Hellman regresó con los restos del manuscrito rotos y dentro de un portafolio que la escritora dejó a la entrada de la casa de Hammett. Hellman tardó varios meses en reescribir la obra y en el inter ninguno de los dos mencionó nada al respecto. Finalmente, al terminar de nuevo la obra, Hellamn dio el manuscrito a Hammett y se durmió en el sofá, La despertó Hammet acariciando su cabello, sonreía y afirmaba con la cabeza.
-¿Qué te pasa? –Preguntó Lillian.
- Cosas buenas, Es la mejor obra que se ha escrito en mucho tiempo, o tal vez más. Es un gran día. Un gran día.
Lillian estupefacta se levanto del sofá y caminó hacia la puerta para dar una caminata. La voz de Dashiell la interrumpió.
- Regresa, hay un dialogo en el último acto que necesita reescribirse.
Hellman le dijo que no iba a reescribir nada, entonces Hammett dijo si no lo haces tú lo haré yo”. Así lo hizo.
Y sin duda Hammett hablaría, a pesar de lo tormentoso de la relación con separaciones de meses y apasionados reencuentros, también de la generosidad de ella, pues nadie cuidaría de él como Lillian Hellman al acompañarlo y mantenerlo los últimos años de su vida.
El inicio de la relación de ambos marca también puntos importantes en sus carreras, Hammet iniciara su declive, en los siguientes 31 años Dashiell Hammett escribió tan sólo unos cuentos y su quinta y última novela “El Hombre delgado”, mientras que Hellman estaba por iniciar su ascenso en el mundo de la literatura. En “el hombre delgado” Hammett se retrata a sí mismo y a Hellman como una pareja de trasnochados y parranderos, un matrimonio abierto, escándalo de la época, llamados Nick y Nora Charles, cuando Hammett dio parte del manuscrito a Lillian para que lo leyera le dijo tu eres Nora, lo cual halagó y emocionó a la escritora mientras leía las hojas. Más tarde Hammet le dijo: “Además, eres la niña estúpida, y también la villana de la novela.”
Una tarde a finales de 1942, Hammett llamó a Lillian a su casa sólo para informarle que se había enrolado en el ejército para pelear en la II Guerra Mundial. A pesar de la tuberculosis, el escritor gracias a sus contactos logró ser enlistado. Hammett tenía 48 años en ese momento. Pasó toda la guerra en las Islas Aleutianas en el Ártico.
Para los década de los cuarenta Hammett se habrá convertido en un activista de los derechos humanos, un hombre de izquierda, pero también en un bebedor consuetudinario, un día de 1948, la sirvienta de Hammett llamó a Lillian Hellman, tenían dos meses de no verse, para avisarle sobre el mal estado del escritor, Hellman con la arrogancia y la fuerza que siempre la caracterizó, respondió, que no iría a verlo y acto seguido se dirigió al departamento del escritor, tras una noche de soportar el delirium tremens de Hammett, al día siguiente lo hospitalizó, el doctor un amigo de ambos le dio el peor cuadro a Lillian, y dijo que a pesar de lo inútil que resultaría él tendría que hablar con Hammett y decirle que si no paraba de beber en unos meses su vida podría terminar, cuando el doctor salió de la habitación de Dashiell, miró con cierta resignación a Lillian y le comunicó que ya le había dado la noticia a Hammett y este se había limitado a decir que estaba bien que a partir de ese momento dejaría de beber. El médico dudaba de las palabras del escritor, sin embargo Hammet dejó de beber el resto de su vida. Alguna vez, años después cuando Hellman preguntó a Hammett cómo había logrado dejar de beber, él sorprendido respondió que le había dado su palabra al médico. “¿Siempre cumples tu palabra?” preguntó ella, “Casí siempre, por eso casi nunca la doy” respondió Hammett. Al final de su vida una noche en que tenía fuertes dolores, Hellman le ofreció un Martini, “¿Quién te iba a decir que yo te volvería a ofrecer un trago”. “Sí, quién lo iba a pensar, pero ninguno de los hubiera pensado tampoco alguna vez, que yo lo iba a rechazar”. Contestó riendo Hammett.
Durante la cacería de brujas de McCarthy en los cincuenta ambos escritores fueron citados a declarar acusados de ser comunistas. Dashiell Hammett se negó a dar ningún nombre y fue encarcelado por seis meses, mientras Hellman se amparó todo el tiempo en la Quinta Enmienda, que evita que un acusado declare cosas en las que se puede incriminar, por otro lado se negó también a dar un solo nombre. Al final, fue exonerada por los senadores a pesar del recelo del propio McCarthy quién al final de la audiencia entre sus allegados la tachó de ser una mentirosa: “Todo lo que declaró es mentira incluidos los `el´ e` y ’”. Por recomendación de Hammett, tras la audiencia Hellman salió de los Estados Unidos y vivió en Europa el tiempo necesario para recibir a Dash, como cariñosamente lo llamaba, a su salida de prisión.
El comité prohibió que Hammett recibiera cualquier regalía o pago por sus libros, lo que sumió al escritor en la pobreza, Hellman lo llevo a vivir a una casa de campo que acababa de comprar. El recuento de esos años quedó plasmado en el libro “Tiempo de Canallas” que Hellman escribió años más tarde.
Tras la venta de la granja ambos se mudaron a Nueva York en casas y lugares separados. Hellman se quedó en la ciudad y Hammet en una cabaña en Katonah, en la parte rural del estado. Hellman visitaba a Dashiell una vez a la semana y él la visitaba a ella una vez a la semana. Los encuentros no siempre eran agradables y el escritor poco a poco se convirtió en un ermitaño. Así pasaron los años hasta que un día Hammett le anunció a Hellman que había decidido que no podía vivir solo y había decidido irse a vivir al asilo de los veteranos de guerra. Tras dos días de pensarlo bien Hellman, sumida en la tristeza, convenció al escritor de vivir con ella y así lo hicieron durante los últimos cuatro años de vida de Dashiell Hammett.
Para finales de 1960 Hellman se preparaba para dar clases en Cambridge. A Hammett le preocupaba el cambio. La noche de año nuevo la escritora se preparó para salir a celebrar con sus amigos, Hammett se quedó en casa con una enfermera que llamó a Hellman cada cinco minutos después de que ella dejara la casa, Lillian regresó para encontrar a Dashiell en su escritorio tratando de mostrarle un libro de litografias japonesas a la enfermera. Al otro día Hammett fue hospitalizado. El diez de Enero de 1961 Dashiell Hammett murió.
Alguna vez, durante esos últimos cuatro años, años difíciles para ambos en su diaria convivencia, Lillian se acercó al escritor y le preguntó:
- Lo hemos hecho bien, ¿o no?
Hammett respondió.
- “Bien” es una palabra muy pretenciosa para mí. Digamos que lo hemos hecho mejor que la mayoría de la gente.
Lillian Hellman murió en junio de 1984 de un infarto.






Publicado en thepoint.com.mx 31 de mayo 2011