Mostrando entradas con la etiqueta Salas de Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salas de Cine. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de marzo de 2021

Cinépolis la gran cadena de cine mexicana.

 


La historia de Cinépolis la mayor cadena de cines en América Latina es adecuada para crear una cinta exitosa de misterio.

Armando Enríquez Vázquez

Tras la llegada del cine, de manera inmediata surgieron las salas donde arregladas para exhibir las películas. En un principio oscurecidas por cortinas después se construyeron salas y edificios diseñados ex profeso para la exhibición de las películas, junto con lo que el gran Guillermo Cabrera Infante llamó un oficio del siglo XX, surgió uno de los grandes negocios del siglo en cuestión; la creación de salas de cine.

La historia del empresario Enrique Ramírez Miguel es la de un visionario que fundó una exitosa empresa trasnacional dedicada a la exhibición de película de cine. Nació en Jalisco en febrero de 1917, cuando Ramírez Miguel tenía diez años la familia se mudó a Morelia, Michoacán y en 1947 Ramírez fundó el Cine Morelia en la capital michoacana. En la siguiente década intentó por primera vez crear una cadena inaugurando algunas salas de cine en Guanajuato. Ramírez abrió su primera sala cinematográfica en la Ciudad de México a principios de los años setenta; el famoso Cine La Raza que se encontraba en el Circuito Interior en la colonia Santa María Insurgentes, Ramírez después creo enormes salas que se volvieron referentes de la geografía y el imaginario de los capitalinos, como el Cine Hollywood en los límites de la ciudad con el Edo. de México, el Dorado 70 en plaza Universidad o el Insurgentes 70 en lo que es la glorieta de Insurgentes entre otros. Los cines de Ramírez eran cines modernos y más cómodos en su momento que las antiguas y fastuosas salas de los años cuarenta y cincuenta.

La siguiente gran innovación de Ramírez en nuestro país fue la implementación de los Multicinemas, esos chorizos que parecían cajas de zapatos alineadas, que suplieron a las salas grandes y aprovecharon el terreno para tener 6, 7, 8 o más salas, con distintas películas para captar diferentes audiencias y hacer más rentables las salas. Un modelo que se impuso y persiste hasta hoy y que tal vez por la pandemia tenga que volver a modificarse en los próximos años.

Los Multicinemas de Ramírez se desarrollaron por toda la República y con el tiempo también comenzaron a volverse obsoletos, tal vez porque las dulcerías eran igual de malas que las de las salas del gobierno administradas por la Compañía Operadora de Teatros (COTSA), seguramente algo que tenía que ver con negocios sindicales y sus corruptelas. La venta de COTSA y la aparición de Cinemex  y en su momento Cinemark con un concepto más moderno y atractivo a los espectadores obligó a los Enrique Ramírez y sus hijos a renovar sus salas e imagen, en 1994 nació Cinépolis y su primer conjunto de salas abrió sus puertas en Tijuana. Dos años después sus salas tipo estadio comenzaron a operar en Querétaro y Culiacán.

En 1996 Enrique Ramírez Miguel murió en condiciones más que sospechosas y la manera en que las autoridades de Michoacán manejaron el caso fue por demás extraña. El empresario murió asesinado en su casa de cinco tiros, aunque en un principio la familia declaró que el empresario se había disparado de manera accidental un solo tiro. Las autoridades del estado detuvieron en un principio a la esposa del empresario y a uno de sus hijos. Los cuales fueron liberados después de conseguir un amparo para inmediatamente después salir del país a vivir en Estados Unidos. En 2002 con miles de dudas la Procuraduría General de Justicia del Estado de Michoacán dio por cerrado el caso al no encontrar líneas de investigación y de acuerdo con la nota de El Universal donde consigna el hecho, la procuraduría destruyó todas las pruebas con las que contaba.

Enrique Ramírez Villalón tomó las riendas de la empresa y en 1999 Cinépolis comenzó la aventura de la empresa fuera de las fronteras nacionales al inaugurar su primer complejo en la ciudad de Guatemala, después se expandió por otros países de Centroamérica.

Pero la inversión y apertura de salas ha comprendido a lo largo del siglo también Estados Unidos, Brasil, Colombia, España, India, Perú, Chile. En 2006 el relevo generacional llevó a Alejandro Ramírez Magaña a dirigir la empresa en lugar de su padre Enrique Ramírez Villalón. Con su visión y estrategias la empresa ha crecido y se ha convertido en una de las empresas mexicanas más exitosas en el mundo.

A diferencia de su competencia en México, la extranjera Cinemex que en últimas fechas ha anunciado el cierre de salas. Cinépolis que también ha tenido que enfrentar el cierre y la ausencia de público en las salas, venía evolucionando ya desde antes del confinamiento y desde 2013 tiene su plataforma por Internet llamada Cinépolis Klic. Cinépolis es un gran promotor de cine y no sólo ha incursionado en la producción de películas y documentales, es el principal patrocinador del afamado Festival de Cine Morelia.

viernes, 24 de enero de 2014

Porque ya no voy al cine.






Poderosas razones para evitar las salas cinematográficas y otras cosas.

Armando Enríquez Vázquez

Más allá de las cuestiones dramáticas, hace mucho que decidí ir al cine lo menos posible. Por un lado entre remakes y melodramas de cuarta disfrazados de cine arte la oferta es cada día menos tentadora pero más allá de esas cuestiones dramáticas como decía, existen razones de peso, que se han ido acumulando con el paso de los años para evitarme la molestia de ir al cine. Debo confesar que la idea no es nueva en mí. La percepción de lo importante de no ir al cine empezó a mediados de los años ochenta cuando la mayoría de las salas de cine en México, eran operadas por COTSA (Compañía Operadora de Teatros) un organismo del gobierno federal. A mediados de esa década las audiencias comenzaron a abandonar las salas de cine por muchas razones; pésimas butacas, diseñadas para personas que midieran menos de un metro sesenta de altura. La gente con una altura mayor se veía atrapada entre asientos de la fila de enfrente que laceraban las rodillas pues la altura de la butacas era menor a la de los hombros de su ocupante y la rigidez del respaldo de la butaca en la uno estaba sentado, por lo que en mi caso prefería sentarme en los asientos pegados a los pasillos y así extender las piernas en diagonal, lo cual llevaba el peligro de hacer tropezar a alguien que entrara a la sala una vez iniciada la función y tener que enfrentar algún tipo de reclamo que podía terminar en bronca o peor aun terminar con el pantalón lleno de algún refresco dulzón y palomitas.  La proyección dejaba mucho que desear y en más de una ocasión el proyeccionista conocido por el espectador mexicano como “Cácaro”, olvidaba cambiar de rollo y dejaba por minutos a la sala en la oscuridad mientras la mentadas de madre aumentaban. Una vez en un dizque cine cultural del Sur de la Ciudad, el “Cácaro”  tuvo  la creativa idea, por no llamarla descuido o pachecada de intercambiar los rollos de la película como le dio la gana creando gran confusión entre los espectadores que vimos una película totalmente diferente al resto del mundo.
Las palomitas eran infames; secas, de color amarillo, algunas veces hasta rancias, y no se hacían en la dulcería del cine. Llegaban en sospechosas y enormes bolsas de plástico a la dulcería, donde un dependiente se dedicaba a vaciarlas en una vitrina que funcionaba bajo el mismo principio que lo hacen muchos puestos callejeros de carnitas donde la fuente de calor, sí es que había alguna, era un foco de sesenta watts. Te las daban en una pequeña bolsa de papel y ese era el único tamaño posible. El servicio era nulo y todos los cines sin importar la zona de la ciudad en la que se encontrara parecían oficinas de la Secretaria de la Reforma Agraria, operados y atendidos por maestros del SNTE y de la CNTE. Pero estábamos acostumbrados a una mediocre exhibición en mediocres cines del Estado, con estrenos que llegaban con meses de retraso en el mejor de los casos y que pasaban por la censura. Hasta las salas privadas como las de Organización Ramírez, que controlaban algunas salas; el Cine Agustín Lara, entre los que recuerdo, en Patriotismo o los infames Choricinemas de Plaza Universidad, famosos por vender siempre más boletos que asientos tenían las salas, así como por ser uno de los primeros complejos con varias salas diminutas en el espacio que anteriormente servía para un solo cine, o las salas de Gustavo Alatriste que tenían nombres de cineastas y exhibían un poco de softporno, otro de autores de culto y otro tanto de underground. La más de las veces, todo cabía en una sola película, eran iguales y a veces hasta peores. Los espectadores hacían honor a las películas que se exhibían por eternidades; entre indigentes y obsesos por ver desnudos en las pantallas.
A mediados de los años ochenta los amantes del cine comenzaron a abandonar las salas de cine, se culpaba a la inseguridad, a lo vacío que estaban muchos de los cines que parecían estadios, pero nadie se atrevía a decir la verdad, porque tenía un gusto a placer culposo; las videocaseteras comenzaban a ganar terreno al cine y frente a una mala exhibición en una sala incomoda estaban los primeros sistemas de audio estéreo para televisiones y la videocasetera que tenía un botón de pausa que le permitía pararse a preparar palomitas en el también novedoso, en ese entonces, horno de microondas, ir al baño y hasta se podía con otro botón regresar las secuencias más candentes de la película y ponerle pausa para verle los senos a su actriz favorita. Las salas de cine comenzaron a vaciarse, y en lugar de espectadores muchas de las salas comenzaron a llenarse sospechosamente de gatos. Llegué a estar en salas que tenían más felinos que seres humanos. Esto trajo otra consecuencia poco atractiva, los cines olían a orines de gato y a veces a orines humanos combinados.
En 1988 viví durante unos meses en la Apenas Veracruzana, donde no solo descubrí que los cines de COTSA sufrían también un abandono, sino que los cines en provincia eran el refugio perfecto para burócratas veracruzanos que se iban de “pinta de su trabajo”  y dormían a pierna suelta en las incomodas butacas y además nadie objetaba el que se fumara dentro de la sala o se bebiera. Una vez pagado el boleto uno era libre de hacer lo que quisiera.
Cuando finalmente el Estado descentralizador de Salinas decidió que los cines eran un muy mal negocio y los vendió, el daño estaba hecho. Con el tiempo surgieron los Cinemex, Cinemark, Cinepolis; al parecer la modernidad finalmente había llegado al exhibición de películas en nuestro país, buenas copias, audios que cada día son programados para engendrar generaciones de seres humanos sordos, palomitas hechas en sala, en envases gigantescos rebosantes de mantequilla, caramelo, chamoy  y tan caras que equivalen a una comida corrida en las calles de nuestra ciudad. Refrescos en cubeta para ser un obeso del primer mundo sin la molestia de tener pasaporte, hot dogs, nachos y últimamente placeres alimenticios que parecen sibaritas pero en realidad son sólo otra manera de llamar a una torta de jamón y queso. En el camino a la modernidad se perdieron los gaznates y los pistaches.
Pero más allá de los gustos alimenticios cuando la gente regresó a las salas de cine, creyó y sigue en el malentendido de estar en la sala de su casa. Existen nuevos y muy creativos espectadores; el que lee el titulo y los créditos de la película en voz alta. El que lleva a sus hijos a películas en inglés cuando los niños no saben leer aun y no lee los subtítulos  a todos a su alrededor.  El que platica toda la película, el que a gritos anticipa lo que el cree que va a suceder, los novios que se pelearon antes de entrar a la sala y tratan de reconciliarse dentro de ella, para poder ir a cenar o atener sexo de reconciliación después de la película. Las ancianas que no dejan de hablar de los buenos actores que había hace 40 años. Incluso alguna vez me tocó que antes de la función al subir el telón para dar paso a los cortos apareciera una declaración de amor y un adolescente llenara de flores, palomitas y refrescos a una muchachita con la que extasiado sudó la palma de su mano durante toda la función. Además de retrasar el inicio de la cinta por más de 20 minutos.
Alguna vez pensé que refugiarse en las funciones matutinas era un gran remedio para evitar a los espectadores de cine, pero ya ni eso resulta.  Las salas están llenas de pubertos de pinta o de cuarentonas y cincuentonas de regreso de su terapia. Todas quieren ver películas de Woody Allen o Bergman como sucedáneo de café y magdalenas, pero terminan viendo Los Vengadores, o un chick flick rodeadas de las amigas de sus hijas y llorando e ilusionándose como ellas.
En fin las únicas emociones que quedan en los cines ya no tienen nada que ver con una experiencia estética, sino con el evitar ser baleado mientras ve un anuncio de que bella es la vida.



Publicado en Palabras Malditas febrero de 2013
Imagen:strenghtweekly.com