lunes, 15 de febrero de 2016

Conchita Cintrón plantada frente al toro.



Ya fuera a pie o montada sobre un caballo Conchita Cintrón demostró ser una de las más grandes que han existido dentro de la fiesta brava en la historia.

Armando Enríquez Vázquez.

En los años que ella descubrió su pasión por el toreo no existían ni las bizantinas discusiones acerca del toreo, ni mujeres que brillaran en el ruedo. Las toreras del siglo XIX habían marcado una época, pero la modernidad del siglo XX se negaba a darle un lugar a una mujer pisando el ruedo, sobretodo en España. A pesar de ello, Conchita Cintrón toreó a pie donde la ley lo permitía y montada en un caballo en España, dejando en claro su calidad como diestra torera y rejoneadora en todos los países del mundo taurino.
Conchita Cintrón Verrill fue sin duda la mejor representante del toreo peruano, aunque la realidad es que nació en la ciudad chilena de Antofagasta, el 9 de agosto de 1922. Hija de un puertorriqueño y una norteamericana, Conchita llegó a Perú a los dos meses de edad y creció en Lima, donde su padre, ex militar, trabajaba para una trasnacional.
Amante de los animales y consentida por sus padres Conchita tenía en su casa un cerdo, un borrego, un perro, un burro, conejos. Cintrón llamaba la atención en las calles de la capital peruana al pasear con su cerdo. A los 12 años y habiendo desarrollado una pasión por la equitación, Conchita, entró a la escuela ecuestre de Ruy da Camara, un rejoneador portugués que se había mudado a Lima harto de la inestabilidad política de su país. El talento de Conchita Cintrón para montar se demostró desde su primera clase. La escuela de da Camara era también un lugar de reunión de toreros y gente de ligada a la tauromaquia en Perú, por lo que Conchita comenzó a familiarizarse con el mundo taurino, da Camara incorporó en la instrucción de los jinetes algunos movimientos propios del rejoneo y en una ocasión en que se encontraba de vacaciones con la familia Cintrón en una ganadería, le dio a Conchita la oportunidad probarse galopando junto con él para lidiar a un toro. No pasó mucho tiempo para que las dotes de la jovencita tanto en el toreo a caballo, como en el toreo a pie la llevaran a debutar.
En enero de 1936 y con sólo 13 años de edad Conchita Cintrón debutó en la legendaria plaza de toros de Acho, en Lima. La plaza construida a mediados del siglo XVIII y que se dice que es la más antigua en América. Así inició su carrera taurina. En 1938, el torero mexicano Jesús Solórzano, en un viaje a Perú descubrió a Conchita y pensó que en México la afición taurina, en ese entonces más importante que la afición al futbol soccer, podría apreciar la valentía y el arte de la joven peruana. Junto Ruy da Camara, que se había convertido en apoderado de la joven y la llevó a torear a Venezuela y Colombia, Chucho Solórzano ideó el esquema para traer a la joven a las plazas nacionales. A mediados de 1939 Conchita y da Camara zarparon con rumbo a México. El 22 de agosto de 1939 Conchita debutó en la plaza del Toreo, que se ubicaba en donde hoy se encuentra la sucursal del Palacio de Hierro de la calle de Durango en la colonia Condesa, la curiosidad inicial del público por ver a una mujer torear se convirtió en admiración y entrega.
Durante los siguientes cuatro años Conchita toreó en plazas mexicanas por toda la República e hizo grandes amistades con toreros mexicanos. Alternó con todas las grandes figuras del toreo en nuestro país; Luis Procuna, Luis El Soldado Castro, Lorenzo Garza, Silverio Pérez entre muchos otros y en poco tiempo se ganó el sobrenombre de La Diosa Rubia del Toreo. Conchita estuvo presente la funesta tarde en que Alberto Balderas murió cornado en el Toreo y quedó impresionada ante la muerte del torero. En una entrevista para la revista taurina Tauro delta, en 2008 Conchita le comentó a José Ignacio de la Serna Miró: A Alberto Balderas el toro le cogió por el vientre, le echó por los aires y volvió a caer sobre los pitones. Se levantó con el instinto de quien se muere, y sujetándose el vientre, corrió hacia la enfermería. Tres días después toreábamos juntos en Aguascalientes. Cuando llegué al patio de caballos me parecía imposible que mi amigo hubiera muerto. Hoy una placa cerca de la entrada del estacionamiento de la tienda departamental conmemora al torero y marca el lugar donde el toro lo prendió.  
Lo mismo sucedió en el caso de Carnicerito de México, que murió en Portugal, en la misma entrevista Conchita recordó como el diestro murió triste lejos de su tierra, tras tres días de agonía después de la cornada sufrida en Villa-Viciosa.



Un cronista taurino español, Gregorio Corrachano, escribió sobre La Diosa Rubia del Toreo: El día que se baje del caballo se tendrán que subir al caballo muchos toreros. Al parecer el cronista desconocía que la diestra, toreaba con más temple y valentía de lo que lo hacía al rejonear. Las leyes machistas del franquismo español querían que las mujeres volvieran a la cocina, que fueran un adorno únicamente, por lo que estaba prohibido que una mujer toreara a pie. Cuando Conchita llegó a España, meta final de su travesía como torera y rejoneadora, y a lo largo de los 5 años que toreó en aquel país, se resignó a obedecer la ley y lo tuvo que hacer montada en caballo, bajo pena de terminar en prisión. Conchita Cintrón hizo su presentación en España en 1945 en la feria de Sevilla. De la misma manera que en sucedió en México, Conchita alternó durante su estancia en España con las principales figuras del toreo; Juan Belmonte, Cagancho, Chicuelo, Domingo Ortega y trabó una buena amistad con Antonio Bienvenida.
Cintrón declaró en más de una ocasión que el toreo se hacía entre dos y el caballo era sólo un mal tercio en muchas ocasiones, a pesar de ello obedeció las reglas que le imponía el poder actuar en tierras españolas hasta el último día de su carrera, cuando saltó del caballo y terminó su faena con los pies en la tierra, consciente de que se trataba de su último toro, Conchita le perdonó la vida al animal, dejando caer la espada en el ruedo. El que la torera tomara la muleta con los pies en tierra creó una bronca fenomenal que terminó por interrumpir la corrida de manera definitiva y la llevó a ser detenida. El hecho tuvo lugar el 18 de octubre de 1950 en la plaza de Jaen. Conchita tenía 28 años de edad. Finalmente, gracias al apoyo y manifestaciones de los aficionados la autoridad no tuvo más que dejar en libertad a la diestra y otorgarle las orejas y el rabo del toro.
En su honor se compuso un pasodoble y existen al menos una plaza en Atizapán de Zaragoza y un centro hípico en Guadalajara llevan su nombre. Al retirarse Conchita se casó con un miembro de la nobleza de Portugal y formó una familia. Por décadas se alejó del ambiente taurino hasta que, en 1991, a los setenta años de edad, se volvió a vestir de rejoneadora y participó en el paseíllo de una corrida en la que le dio la alternativa a una rejoneadora francesa llamada María Sara.
Retirada de los ruedos donde a lo largo de su vida profesional participó en 400 corridas en las principales plazas de Perú, Colombia, Venezuela, México y España, Conchita se dedicó a escribir desde crónicas taurinas y columnas para diferentes diarios en el mundo como El Excélsior de nuestro país, hasta sus memorias las cuales fueron prologadas por uno de los grandes aficionados anglosajones a la Fiesta: Orson Welles.
Conchita Cintrón murió en Lisboa a los 86 años de edad, víctima de un infarto el 17 de febrero de 2009, en una entrevista concedida un año antes declaró, que jamás después de su despedida de los ruedos se aburrió. La vida fue lo suficientemente atractiva y maravillosa para la jovencita que amaba tanto a los animales que se convirtió en torera, así como si nada, sin pensar siquiera en ello.

publicado en mamaejecutiva.net el 8 de febrero de 2016
Imagenes: rejectedprincesses.com
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