Mostrando entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de agosto de 2016

Una de policías.




Muchos horrores suceden en el transporte público...mientras el policía sigue lánguidamente viendo pasar gente frente a él o ella.

Armando Enríquez Vázquez

Entre los maravillosos textos de Jorge Ibargüengoitia, uno de nuestros mejores escritores, sobre nuestra cotidianidad, uno de mis favoritos es el del policía que atiende la caseta de entrada del condominio frente a la casa del escritor. Un policía dedicado y con su descripción de puesto muy clara, como lo presenta Ibargüengoitia; el hombre se limitaba a quitar y poner una cadena que permitía a los carros de los condóminos entrar o salir del conjunto residencial, sin importarle, ni intervenir en lo que sucedía a su alrededor, fueran robos, violaciones o situaciones de emergencia.
Después de casi cincuenta años después de escrita la crónica me sorprende como muchos de los policías siguen siendo fieles a cumplir al pie de la letra las órdenes que validan su existencia y su trabajo. Quienes acusan a los policías de cuadrados, de poco proactivos y creativos, todos aquellos que los marcan por su falta de improvisación olvidan que gracias a ser hombres y mujeres cuya misión y función les queda clara, no causan más problemas de los que ya son incapaces de resolver.
Teorizar sobre el asunto no parece justo para un policía que parado en una esquina conflictiva de la ciudad con su gorra y chaleco amarillo fosforescente a las doce del día cegando a los conductores mientras utilizan el silbato como si ocho millones de mexicanos los acosaran en un carro del metro. A simple vista se diría que está haciendo su trabajo.
Un policía de tránsito, con su chaleco amarillo, tiene como tarea la correcta circulación en la CDMX (Marca registrada) y es el único de todos los uniformados que pululan en nuestra ciudad, facultado para multar automovilistas. (Al menos en teoría, porque morder eso lo puede hacer cualquiera hasta con una cartulina enmicada de la secretaria de seguridad) Este buen oficial se limita a soplar en su silbato no sé cuántas horas al día y a mover brazos y manos. Lo que lo convierte, sin duda, en miembro de un cuerpo de elite en la policía capitalina al ser de los mejor ejercitados y con mejores pulmones de todo el cuerpo policiaco. Sin embargo, nunca he visto a uno de estos policías llamar la atención a un automovilista por detenerse sobre las zebras para peatones, obstruyendo el paso de los ciudadanos, como tampoco los he visto hacerle ver a un ciclista que la banqueta es para los peatones y mucho menos lo he visto levantar una multa, y eso es lógico, si están parados y no tienen patrulla alguna a su alrededor, no hay manera para que el amarillo agente pueda iniciar una persecución en caso de que el automovilista, motociclista o dueño de una bicicleta inicie una huida tras recordarle al policía que ya está grandecito para andar vestido de pollo radioactivo. Por más entrenados que tenga los pulmones después de ocho horas de sonar sin cesar el silbato difícilmente podrá correr mucho si lo que tiene ejercitado son los brazos y no las piernas. Por lo tanto, alegremente, conscientes de las limitaciones físicas y legales estos agentes se pasan su jornada laboral tratando de dejar sordos a miles de peatones que cruzan por las esquinas a las que ha sido asignados para agilizar el tránsito.
Sólo espero que los silbatos que el jefe de gobierno compró y reparte entre mujeres sean tan potentes como los de los policías, porque así, al menos el atacante de una mujer quedará sordo y aturdido el tiempo suficiente para que entre los demás pasajeros lo atrapen y lo entreguen al policía que escaleras arriba observa que nadie olvide como introducir el boleto para activar el torniquete.
Porque la misma dedicación y responsabilidad del policía amarillo la encontramos en los policías destinados a mantener el orden en las estaciones del transporte público. Por ejemplo, si uno ingresa a una estación del Metro existen tres elementos que están antes del torniquete que son infaltables; las taquilleras, la basura y los policías que lánguidamente ven a los pasajeros introducir el boleto en la ranura del torniquete, o presentar la tarjeta frente al lector y eventualmente abrir la puerta a todos aquellos que muestran su tarjeta de adulto mayor. Si escaleras abajo, en el andén hay vendedores establecidos con descomunales canastas de papas fritas, tablas llenas de donas o vagoneros que saltan de un convoy a otro, eso al parecer ya no entra dentro de su jurisdicción, como tampoco en la del jefe de estación que mientras simula monitorear cámaras de las estaciones a la vista de todos los ciudadanos que cruzan por los pasillos, romancea con una de la taquilleras que ha abandonado su puesto de trabajo, por lo que la otra taquillera ve horrorizada la fila de pasajeros que se va formando frente a su ventanilla, la gente mientras espera, limpia sus bolsillos en busca de cambio y tira la basura en el piso de la estación, mientras el policía sigue lánguidamente viendo pasar gente frente a él o ella.
Hace poco en el andén de la estación Coyoacán de la línea tres del Metro un indigente, de esos que han proliferado durante la administración de Miguel Ángel Mancera, estalló en un ataque alucinatorio y a gritos y mentadas de madre recorrió lo largo del andén tirando golpes y patadas al aire acto que lo llevó a quedar semidesnudo ante la mirada horrorizada de los usuarios que subieron sin importar como al siguiente convoy con tal de quedar a salvo del esquizoide personaje.
¿Dónde estaba el jefe de estación que monitorea las cámaras? ¿Había logrado su lúdico objetivo con la taquillera y por lo tanto bailaban horizontalmente escondidos de las cámaras? ¿El policía que mira pasar a los usuarios no escuchó los gritos desaforados del loco a tres metros de distancia? ¿Su jurisdicción termina donde acaban los torniquetes? Y una pregunta igual de importante ¿Por qué nadie barre la estación y recoge la basura?
Algo muy similar sucede en el Metrobús, donde la seguridad del usuario es todavía más precaria. Pero los policías muy disciplinados y sin importarle realmente su diámetro se paran junto a los torniquetes en los angostos pasillos de las estaciones convirtiéndose en una difícil prueba de obstáculos para muchos usuarios y más en horas picos que entran y salen mexicanos a la estación como si estuvieran comprando los juguetes de reyes en 5 de enero en las calles del centro o de Tepito. Algunos de estos policías deberían ser asignados al tránsito para que hicieran un poco de ejercicio.
Y no es que este mal que estén a la entrada cerciorándose que todo usuario pase la tarjeta, abriendo la puerta para todas la personas de la tercera edad o aguantando los insultos de aquellos y aquellas que pierden su dinero y la carga en la tarjeta porque no se tomaron la molestia de leer las instrucciones de uso de la máquina o porque son tan desesperados que creen que la máquina no sólo trabaja a la velocidad que ellos quieren, sino que tiene la obligación de adivinarlo y ha sido programada para hacerlo bajo ese concepto.
Pero el policía salvo que vaya a su locker, en el otro extremo de la estación a recoger sus cosas para dar por terminada su jornada de trabajo o a cobrarle algo al conductor de la unidad, no se digna a lo largo del día a recorrer esa distancia. Alguna vez me tocó ver a un grupo de mujeres indignadas bajarse de un Metrobús y manifestarse ante el policía de la estación, porque el clásico macho iba muy cómodamente sentado en la sección de mujeres. El policía de la estación se subió a la unidad ante el llamado de las mujeres y le pidió amablemente al individuo a que pasara a la parte trasera del autobús. Como respuesta el buen hombre disfrazado de policía recibió cualquier cantidad de mentadas de madre por parte del individuo, quien después de cansarse de insultar al policía le aplicó la ley del hielo a él y a las veinte mujeres enardecidas que escudándose detrás del uniformado que le gritaban que abandonara la sección de mujeres. El hombre no se cambiaba de lugar, el policía lo observaba impávido y las mujeres atrás le gritaban. En cualquier parte del mundo democrático y evolucionado, el policía agarra y le da dos garrotazos al individuo, lo saca esposado del transporte y el individuo se va directo a ser multado, mientras atrás las mujeres aplauden al recuperar su espacio en el autobús. En la Ciudad de México de Miguel Ángel Mancera, el chistecito costó más de media hora de retraso en la línea y setecientos usuarios en el andén estación esperando una unidad que los llevara a su destino y que, además, impedían el paso a otros setecientos usuarios que llegaban en el otro sentido de la estación y necesitaban abandonarla.
Pero más preocupante es que en las dos últimas semanas he sido testigo de situaciones que pueden terminar en tragedia en la línea 1 del Metrobús. La falta de lógica de quien coordine las corridas de las unidades y la falta de educación de los mexicanos provoca que lo que antes resultaba una broma al decir que el transporte público de la ciudad desafía las leyes de la física porque logra que más de dos o tres cuerpos puedan ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, se vuelve peligroso no solo por la masa de personas que esperando la llegada de la unidad se apelmazan en el andén y se empujan anticipando la llegada, lo que puede resultar en que alguien caiga frente a la unidad que llega y sea atropellado de mínimo.
No el peligro hacía adentro de la unidad es la presión que se ejerce en las personas que van paradas y que ya lo presencié provoca que las personas se desmayen por sofocación y la opresión que sufren. claro cuando la unidad llega a la siguiente estación por más que alguien grite; dejen bajar a esta persona que está muy mal. nunca falta el imbécil que se avienta hacía adentro del autobús y una vez adentro lance una sonrisa idiota de Ya ven como si entre, pendejos, o peor que se empujado al interior por otro que quiere entrar, pero no lo logra por estar demasiado atrás en la bola de personas.
El policía sigue su rutina y su trabajo viendo pasar el tiempo, la vida y a las personas por los torniquetes sin preocuparse porque la estación está cada vez más llena y sí puede ayudar en algo para lograr lo que los encargados de la logística de los camiones no entiende, ni sabe acerca estaciones y un transporte seguro. Entiendo y me queda claro que el policía no es culpable el sólo obedece ordenes, pues entonces, no estaría de más, que sus jefes les ordenen a crear situaciones seguras y a actuar como lo que son oficiales de la ley.
Es vergonzoso, cómo para las autoridades de la Ciudad de México, la vida humana es totalmente prescindible.

publicado en blureport el 29 de julio de 2016

viernes, 9 de enero de 2015

El frotímetro.



Empleos, pruebas de calidad y otras cosas que hacer con un condón.

Armando Enríquez Vázquez

A finales de la década de los ochenta trabajé como productor en el desaparecido Instituto Nacional del Consumidor. Una de las labores del Instituto era dar conocer la calidad de todos los productos de consumo posible. El Instituto diseñaba pruebas para cada producto, contaba para ello con un laboratorio en la lateral del Periférico a la altura de San Jerónimo.
En ese laboratorio trabajan investigadores e ingenieros con mentes brillantes y las más de las veces un tanto cuanto distorsionadas. El laboratorio tenía dos áreas. Una para los productos comestibles, donde se buscaba la pureza del producto, si estaba contaminado por bacterias, hongos, metales extraños como plomo o mercurio en el caso del atún, o simplemente de mierda, en el caso del agua potable y los lácteos. Se verificaba que la información del peso neto y el peso drenado concordara con lo que especificaba la etiqueta. Pruebas rutinarias y lógicas para todo aquello que nos vamos a comer y de las cuales me quedó la costumbre de leer las etiquetas en el supermercado por lo que ahora me alimento de frutas, verduras y carne de las que no me puedo enterar como me envenenan y por lo tanto disfruto.
En el otro laboratorio el espíritu era mucho más inquieto, por llamarlo de alguna manera, más creativo y tal vez podríamos llamarlo un poco obsesivo. En ese laboratorio se realizaban las pruebas a productos que no eran comestibles, como escusados, videograbadoras o gomas de borrar para los estudiantes, juguetes en la temporada navideña y uniformes en las semanas previas a la entrada a clases.
De este grupo de sagaces ingenieros, siempre llamó mi atención por su compulsión destructiva. Todo aquello que estudiaban, sin importar si se trataba de un diccionario, había que abrirlo y cerrarlo hasta que finalmente se deshojara. Mientras unas marcas resistían sólo una abierta y cerrada, otras podían hacer que el ingeniero en turno desarrollara los bíceps de Charles Atlas. Qué si de una plancha, dejarla caer de cierta altura para ver hasta cuando se desarmaba. La prueba era obligatoria se tratara de focos, videocaseteras o pilas alcalinas, había que saber cuándo y cómo se rompían. Y la mirada de los ingenieros al lograr su objetivo no era de satisfacción, si no un poco perturbadora.
Sin duda el más curioso de los estudios de calidad que durante esos años que laboré en el INCO, se llevó a cabo en sus laboratorios, fue el realizado a las marcas de condones. A finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, el SIDA era todavía uno de los grandes misterios de la ciencia y por lo tanto en una sociedad puritana y persignada como lo es la nuestra, el perfecto nido para una infinidad de mitos y leyendas urbanas, que se acumulaban día a día. La discusión sobre las ventajas en el uso del condón comenzaba  a generalizarse a pesar de la mirada aterrada de curas pederastas y procreadores de bastardos a lo largo y ancho de una nación que renegaba de los “preservativos” que era la manera educada y cortés que teníamos los mexicanos para llamar al condón.



Y haciendo un aparte, aquí habría que decir que esos eufemismos tan mexicanos como el de preservativo, nunca se me han hecho lógicos. ¿Preservativo? ¿Qué preserva? ¿El semén, perdón la semilla?, ¿De qué? ¿Para qué? ¿O se refiere a la gracia de la doncella que de otra forma podría terminar en estado inconveniente y mancillar la honra de su familia? ¿O protegía al fiel esposo de alguna enfermedad venérea que lo delataría como amante de los prostíbulos y las pu…, perdón enfermedad impronunciable, casas de dudosa reputación, señoritas de la mala vida. En realidad era de todo a la vez, que es para lo que se sigue usando, pero gracias al Sida podemos llamar al pan, pan, al condón, condón y al coño, coño y hasta podemos presumirlos y recomendar las marcas.
Las pruebas diseñadas para probar los condones eran de alto grado de sofisticación, que delataban cuestionamientos filosóficos y éticos sobre el mejor uso y aprovechamiento del condón, al menos ese hubiera sido un buen eufemismo para definir el estudio ante los mojigatos,  aunque sencillamente creo eran pruebas nacidas del Ocio, qué es la madre de todos los debrayes y las horas libres que los ingenieros dedicaban a ver películas pornográficas.
Entre las ingeniosas pruebas diseñadas para el estudio, que incluían el meter el condón a un horno a más de 400°C para ver en cuanto tiempo comenzaba a deformarse y perder sus características físicas, por aquello de los ardientes amantes. Claro que a esa temperatura el pene y la vagina también pierden sus características físicas, y de las cenizas resultantes, polvo enamorado, diría Quevedo, resultaría muy difícil distinguir entre la vagina, el pene y condón que fue incapaz de proteger a los amantes de su ardor.
Otra de las agudas pruebas a las que se sometió a los condones fue la de la capacidad de líquido que puede contener un condón, a los cuales se les aplicaban hasta cuatro litros de agua. No quiero especular nada porque no sé si estos sesudos ingenieros, tal vez un poco nerds, podían diferencia r entre la vejiga y los testículos, los fluidos que producen y las cantidades de los mismos.
Pero, sin lugar a duda la más ingeniosa y distorsionada de las pruebas era la que utilizaba un aparato diseñado específicamente para estas pruebas llamado el frotímetro.
El frotímetro se componía de un consolador de metal sobre el que se colocaba el condón y entonces se hacía penetrar a través de un aro a una velocidad constante hasta que el condón se reventara.  Claro se podía variar la velocidad de penetración y el material de recubría al aro para poder dejar volar la imaginación en materia de diferentes encuentros sexuales. Puedo imaginar a los ingenieros rodeando el frotímetro con sus tablas de observaciones en las manos y la mente perdida en algún lugar de sus fantasías o perversiones. Algunos condones resistieron horas en el aparato, lo cual debió convencer a estos técnicos que las fornicaciones de hora y media que veían en sus videos eran más que ciertas.
Todos estos experimentos diseñados por los Ingenieros del INCO parecían haber sido fruto de cualquier cantidad de leyendas urbanas o de las bromas a los nerds del salón. Y no dudo que en algún cajón de un técnico se encontrara una versión del frotímetro que reprodujera las condiciones de una vagina dentata.
El tratado de Libre Comercio aun no estaba en vigor y las marcas más comerciales de condones como Trojan o Durex no eran fáciles de encontrar el mercado, por lo que al parecer existía una gran industria nacional dedicada a la fabricación de condones. Entonces descubrí que entre las marcas analizadas había una que combinaba algunas de las pasiones más enclavadas en el subconsciente del mexicano; sexo, su deporte favorito y la esperanza de que el condón no funcionara y pudiera presumir ser padre. Únicamente le falta el saborizante a gordita de chicharrón con harta salsa verde. La marca se llamaba Gol.
Desgraciadamente las mentes puritanas y estrechas de los directivos del INCO decidieron que la labor y el esfuerzo de los ingenieros se guardaran en un cajón. El estudio no fue publicado ni en la revista del consumidor, ni tuve el deleite de hacer uno de los primeros experimentos del tecno porno para la televisión abierta del país.
Muchos años después, yo ya en otras tareas televisivas, me enteré de que el estudio se había actualizado y publicado en la revista. Nunca supe si alcanzó las pantallas chicas de los hogares mexicanos. Pero hace poco en un momento de inusual abulia nocturna, prendí la televisión, cosa más inusual aún y pude ver un comercial de condones. La imagen no dejaba nada a la imaginación;  un condón inflado como globo y un aparato similar a una lija circular o esmeril tallando el condón que rebotaba en la superficie de la piedra. Un frotímetro del siglo XXI.  
Al parecer alguno de los ingenieros del INCO pudo llevar sus sueños y fantasías más allá del sector público y pudo conseguir mucho más que aquel censurado programa de televisión.

publicado en palabrasmalditas.net en mayo de 2014
imagen: sexualidad.saludisima.com
             vadidekizambak.net

martes, 6 de enero de 2015

Moderbich y otros soundtracks de la ciudad.



La Ciudad marcha a un ritmo que le impone la selección discográfica del destino.

Armando Enríquez Vázquez
   
   Me encanta como de pronto el destino sonoriza nuestro caótico entorno citadino.
   Estación Zapata del Metro, 8:15 A.M. en un viernes. La gente se amontona en los andenes esperando llegar a tiempo a sus trabajos, a pesar de las caras hinchadas por los minutos extras que le robaron al despertador, delatan que ya van tarde, muy tarde. A lo lejos en el túnel se ve el faro del tren que viene mientras de fondo el sonido local toca Chattanooga Choo Choo, con la orquesta de Glenn Miller. Así es como en ocasiones la ciudad nos ofrece un soundtrack perfecto para las actividades que en ella se llevan a cabo y para matizar, contrarrestar, a veces ironizar sobre el estado de ánimo de sus ciudadanos, o al menos el de este observador,  sin que nadie de manera consciente contribuya a la ambientación de nuestra Ciudad, ya sea en su calles, sus lugares públicos o en ese marco parecido al de un monitor en el que de pronto se convierte el parabrisas del carro, manteniéndonos aislados del exterior y pareciera que de la realidad.    
   Hace algunos años, tal vez cuando el plantón de Reforma provocaba una serie de caos vial en las calles de alrededor, quizá al verme atrapado por alguna manifestación cualquiera, una de esas que son el pan nuestro de los capitalinos, en el Centro Histórico y  ante el embate de los claxons ininterrumpidos, originados en aquellos que caen dormidos o infartados sobre el volante del carro, decidí subir el vidrio de la ventana del auto y opté por intentar quedarme sordo subiendo el volumen a la radio, antes que enloquecer por el ininterrumpido llamado de los cafres que creen que en algún momento, y como por un efecto de resonancia, los ríos de manifestantes se disolverán en el éter al entrar en la misma frecuencia los pasos de los marchistas y el tono de su claxon. Entonces, del otro lado del parabrisas, apareció un contingente de esos que ya no se sabe si luchan por causas sociales o por egoístas y mezquinas razones personales de alguien que les dio una torta para marchar. Descalzos, con el cabello hirsuto y las caras de un tono cobrizo muy enrojecido por el inclemente sol de agosto, arrastrando el paso más que marcándolo.  En ese mismo momento en la radio comenzaron a sonar las notas de Pompa y Circunstancia de Sir Edward Elgar que con sus largos y muy peinados mostachos, parecía tratar de dar un orden al caos de manifestantes y automóviles anudados en las cercanías de Paseo de la Reforma.
  Entonces durante algún tiempo mi pasatiempo favorito mientras me encontraba en un automóvil era prender la radio y buscar estaciones al azar. La ciudad cobraba entonces una vida diferente. Traga fuegos vomitando llamas a ritmo de We didn’t Start the Fire o payasitos de esos de nalgas de globos  y mascaras de ex presidentes que ejecutan su rutina mientras en la radio el azar sintonizaba Send in the Clowns y del otro lado del camellón llegaban hasta el paso cebra más niños mal maquillados corren a las ventanillas de los autos con las manos estiradas. O un indigente que con un costal al hombro y que miraba asombrado a los autos detenidos frente a la luz roja quedó enmarcado por  Wild Horses.
   En el caso ser usuario del transporte público se trata de concentrarse en la música que viene escuchando el conductor, entonces se observa la cara del conductor y se le ubica como personaje  de la casi siempre melodramática canción que viene escuchando. Pubertos de exagerados mowhawks que en su pretendida rudeza caen en los brazos de Leo Dan o Lupita D’Alesio. O treintañeros que llevan la pasera a ritmo de reggaetón; frenando, rebasando y mentando madres de manera coreográfica con su ruido de acompañamiento.  Sí todavía hay paradas antes del destino, entonces hay tiempo para observar a los pasajeros, con calma y de manera discreta para que no vayan interrumpir su tarareo o simplemente para evitar ser confundido con un asaltante o acosador. Curioso como la mayoría de ellos entra de manera perfecta en trance con ese soundtrack que la Ciudad ofrece en ese momento.
  Taxistas que parecen salidos de una película de los cincuenta, de una ciudad de jóvenes rebeldes y que escuchan canciones de tríos.
   Ni que decir de esos pregones que siempre han ocurrido en la Ciudad y que hoy como nunca están presentes en todas nuestras calles, transformados y tecnologizados han cambiado la voz por la grabación que unifica y hace una sola voz por toda la ciudad que nos vende tamales de Oaxaca calientitos, o de esa mujer que como La Llorona recorre las calles ofreciendo comprar colchones, estufas y fierro viejo que vendan. Como moderno Señor de Tlacuache Cri – Cri, que ha cambiado el costal por una camioneta pick up para recorrer las calles de la gran ciudad.
   Otro de estos gags sonoros los pone el destino en la boca de aquellos que pasan a nuestro alrededor. En el dialogo de dos oficinistas que llegan a la taquilla de un cine a comprar los boletos para ver Rocky II y uno se niega a entrar porque: Siente muy feo cuando le pegan a Rocky. O ese casi indigente que lloraba inconsolable en un Delfín porque asesinaron a John Lemon.
  Hace ya muchos años cuando leí un cuento de José Agustín titulado El Nicolás descubrí la fuerza de una palabra al leer: Chingaputamadrazo. Así de fuerte, de seco, de contundente. A veces a esa contundencia se cuelga la ignorancia y lo naive. Hace poco caminando por las calles del Centro Histórico escuché a una jovencita que con subtexto de rabia incontrolable, le preguntó a otra de las chicas que iba con ella y caminaban a mis espaldas.
- ¿Entonces así se dice?
- Si. – contestó la otra.
-¡Ahí viene se lo voy a decir!- aseguró la primera.
-¡Vas!
   Como estaba distraído escuchando la conversación, la sombra o sombras que pasaron a mi lado no cobraron forma, ni personalidad alguna y sólo un sonoro, pero titubeante:
-¡Moderbich! - Salió de la boca de la adolescente a mi espalda.
Los pasos del grupo a las que imagino colegialas desaparecieron en carrera a mis espaldas y la persona blanco de tan artera y artificiosa palabra se pulverizó en la masa de transeúntes, antes, mucho antes de que llegara a voltear.
Y así, también, el soundtrack de esta gran ciudad a veces nos quiere recordar algo.
Caminando una mañana por Avenida Juárez un grupo de jóvenes y no tan jóvenes, amplificador en el piso, rastas canosas en la cabeza y muchas ganas de sonar como Roger Waters interpretaba y cantaba Wish you were here de Pink Floyd. Cualquier apunte sale sobrando…

publicado en palabrasmalditas.net en abril de 2014

sábado, 3 de enero de 2015

El primer pornógrafo.







¿Quién fue el primero en deleitarse con imagenes sugestivas?

Armando Enríquez Vázquez


Con el mismo desparpajo del fotógrafo al dirigir la postura obscena de la modelo para la página central de la revista pornográfica, o el placer fingido nacido de la soledad con el que ciertas jóvenes abren la boca al hacerse una selfie, así debió el Principio Creador concebir su trabajo al diseñar un universo con dos sexos.

Cinco días dedicó, de acuerdo al Antiguo Testamento, en crear casi todo. Deshizo el caos, separó el cielo de la tierra y de los mares. Creó, con una explosión, el universo infinito, que aun continúa expandiéndose el día de hoy; estrellas, sistemas planetarios, los hoyos negros y hay quienes creen que hasta se divirtió creando glitches, al formar universos paralelos y wormholes para asustar, asombrar, intrigar a sabios y palurdos e inspirar a escritores de ciencia ficción. Los enigmas y misterios estaban ahí para ser expuestos por los más audaces.

Cinco días bien empleados en el macrocosmos y el microcosmos, mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, bacterias, virus, hongos. Organismos unicelulares de gran complejidad. Algunos bellamente trazados en las primeras horas de la mañana, otros barrocos; surgidos de las pesadillas provocadas por la presión de acabar con el trabajo iniciado en el tiempo auto impuesto en las altas horas de la recién creada noche. Unos más, sencillamente esbozados en las abúlicas horas que se perpetúan tras el mediodía.

Diseñador de interiores creó las escenografías donde las criaturas de su obra habrían de vivir y sobrevivir. Como un seguro para evitar el rápido desenlace de su juego, puso en cada animal el instinto de reproducirse y en cada planta la posibilidad de las semillas para perpetuarse, sin olvidar una fecha de caducidad individual, así también hizo a todos depredar unos sobre otros, se tratara de animal, vegetal o de cualquiera de los otros reinos unos se comerían a los otros, por las buenas o por las malas, para evitar sobrepoblar el escenario de mundos que es el universo, que aunque infinito necesita tener límites. Cinco largos días en los que experimento primero con las formas, más tarde con detalles para cada especie, especialización de órganos; colores, sabores, aromas y texturas al tacto y al paladar de plantas, tallos, flores y frutos para que más tarde los hombres descubrieran la cocina y el sibaritismo. Venenos dulces y amargos disfrazados en caprichosos colores y formas en plantas y animales. El quinto día Dios debió sentirse satisfecho con la creación, me imagino. Todo estaba listo para su mayor creación: Aquel que haría de ese universo su hogar. Ese que lo administraría a su gusto. Él que haría usufructo de todo lo demás que el Creador había puesto en el interminable set.

Aquella noche que precedió al sexto día,  el Creador debe haber dormido mal, preparándose para la labor que tenía frente a Él.  Las sabanas de la cama revueltas de no parar de girar sobre ellas. Al amanecer y con una taza de ese aromático café que había creado antes. Ese sexto día apartó todo y sobre la mesa de trabajo dejó únicamente la arcilla para crear al hombre, al cual creó varón y más tarde y experimentando, hembra a partir de una costilla de su creación. Le dio la risa, el chiste privado.

Lo diseñó para andar sobre dos extremidades como ninguna otra de sus invenciones, formó un cerebro único que le permitiera imaginar un alma y tener una nublada noción de la existencia de su creador, al cual debería cómo un esclavo agradecer su diaria existencia o negar con los argumentos iracundos de un fanático. Finalmente pensó que su reproducción era importante, pero más importante era hacerlo diferente a sus demás creaturas. Perpetuar a la especie era importante, pero también gracias a esas circunvalaciones de materia gris, lo sería el goce y disfrute de ese ayuntamiento. Implementó el tacto en las manos para sentir la suavidad y las rugosidades del cuerpo de la pareja, el pulgar opuesto que además de ser indispensable para manejar herramientas, puede acunar los senos y apañar todo aquello que se puede coger.  Lo dotó con una lengua que no sólo servía para degustar. Con ella los seres humanos podían, además, seducir y complacer. Mentir y lamer las heridas y otras hendiduras y  protuberancias presentes en su anatomía. Desarrolló en ese cerebro que sirve como centro de placer, la capacidad de imaginar, juegos, posiciones, fantasías y miles de ideas para buscar los placeres que hacen que el Cielo también se encuentre en esta vida.

Y en ese enfermizo crear a detalle una perfección malograda, obsesionado con el cuerpo que hacía surgir de la costilla de su creación,  el Creador descubrió lo cierto de la frase aún por escribirse; Placeres conoce Onán que desconoce Don Juan.

Finalmente con la misma perversidad que creó las zonas erógenas y el orgasmo ideó la culpa para que su creación se flagelara considerándose indigno de sí mismo, mientras que con la misma saña flagelara a su pareja sexual, por el simple placer sexual y dio por terminada su obra. Por lo que el séptimo día, sin ningún cargo de conciencia y si con toda la autocomplacencia posible, aquel Principio Creador se tiró en una hamaca antes de inaugurar su espectáculo.

Jamás se imaginó que no era el único, que dentro de ese momento de la creación existían varios primeros creadores que jamás fue el único, ni estaba sólo. Dentro de la paradoja que es el tiempo-espacio otros principios creadores diseñaron otros Universos, algunos similares otros radicalmente opuestos, dioses  de cientos de manos, con miles de ojos, monstruos gigantescos que alteraban ese Paraíso que había diseñado. Bípedos con cabezas de bestias. Dragones con escamas y plumas. Intrincados y ficticios métodos de adivinación para comprender el entorno y develar el futuro. Asuntos que ni por la cabeza le pasaron por la cabeza. Fuerzas primigenias que al ser evocadas decoloraron sus parábolas y metáforas, contradictorios frutos de olores nauseabundos que satisfacían el paladar con sus sabores delicadamente agresivos. A a diferencia de su visión machista, otros creían que el universo tenía que tener una visón femenina, dominando toda la creación, había otros más igualitarios hacían que la fuerza femenina tuviera la misma importancia que la del varón. Algunos planteaban que el sexo no era solo un placer sino una de las más atroces fuerzas creadoras del universo.

Y detrás de ellos, un ser divino, más sarcástico, más omnipresente, amalgamó todas esas creaciones para crear ese lugar lleno de contradicciones en el que vivimos. Y aquel Principio Creador que tan orgulloso se sintió de lo que había logrado en seis días, lleno de amargura, a escondidas soltó a la Santa Inquisición y demás demonios a los que disfrazo de su iglesia.


publicado en palabramalditas.net en febrero de 2014
imagen:breezestreet.com

jueves, 14 de febrero de 2013

El porno por todos tan temido (en los setenta)



Cómo veíamos la pornografía los adolescentes en los setentas o como no la veíamos.
Armando Enríquez Vázquez
Hace un mes murió Sylvia Kristel, todo el mundo escribió sobre el asunto y habló de las míticas películas deEmanuelle que allá por mediados de los años setenta llenaron las entradas de las salas cinematográficas de la Ciudad de México de adolescentes de hormonas en efervescencia, que nos quedábamos solamente viendo los posters y los stills de la película, que como los vestidos de la época de nuestras abuelas dejaban todo, absolutamente todo, a la imaginación. En esa época, el control de entrada en los cines era más estricto y no se podía de manera sencilla entrar a ver las películas que ostentaban una clasificación D: “Estrictamente para mayores de 21 años”. Aquellos que entraban a lo que entonces parecía el acceso al Paraíso, ante nuestra envidiosa mirada, eran jóvenes que estrenaban la mayoría de edad ingresando al Cine Palacio Chino a ser parte de ese mundo “sucio” que era entonces la “pornografía”, y adultos de “mentes muy abiertas” o de soledades atroces de la clase media y otros que gustaban de ver “güeras encueradas”. Algo a final de cuentas, como quiera verse, resultaba aspiracional.
El soft porno había llegado a las pantallas de la Ciudad de México y en la Ciudad nos comportábamos a la altura de la situación, es decir, todos se parecían a los preadolescentes precoces que éramos mis amigos y yo. En las casas de la clase media, las madres se santiguaban, junto con las tías solteronas y utilizaban esa clásica frase: No es que uno se espante con esas cosas, pero es el colmo que estén a la vista de cualquier muchachito educado que pase frente a las puertas de un cine.
Para nosotros el sexo era una quimera llena de mitos, ritos, exageraciones e ingenuidades. Pero saber que sólo un boletero de sala de cine se interponía entre nosotros y la verdad desnuda, no era cosa que realmente nos preocupara, la pornografía real y el sexo estaban en otras muchas partes que aprobaban sin querer o sin saber nuestros padres, con sus prejuicios de buenas conciencias mexicanas de los sesenta y setentas.
La lectura, una vez más, bendita lectura, por ejemplo. Mi abuelo me inició en la lectura y gracias a él conocí a Verne. Con el tiempo cada visita a casa de mis abuelos se convertía en un viaje a la librería de Liverpool o de un Sanborn’s en compañía de mi tía que siempre me compraba un libro. Un best seller, por lo general, pero un libro al final de cuentas. Lo que aprendí de los betsellers de los 70 fue más de lo que cualquier película soft porno que se exhibiera en la Ciudad pudiera mostrar. Un ejemplo claro era un librejo que escribió un dizque biólogo marino que llenaba las pantallas de la televisión nacional y que se había hecho famoso por descubrir a unos tiburones durmientes en las costas de la península de Yucatán, su nombre era Ramón Bravo. En plena fiebre de Tiburón, libro, película y demás parafernalia, este buzo escribió un libro llamado Tintorera, que hasta donde recuerdo poco tenía que ver con la especie de tiburón conocida con ese nombre y más con una serie de aventuras sexuales que el buzo a través de sus personajes describía de manera muy detallada. Obviamente ese libro siempre estaba al alcance de mi mano.
Pero también uno podía hojear en las estanterías de las librerías aquellos libros de Xaviera Hollander que explicaban cosas que en ese entonces sonaban incomprensibles pero cumplían la función de llevarme a imaginar lo que quisiera antes de dormir como si fueran una palabra en un idioma poco conocido y a la que por asociación de ideas yo le daba un significado.
No faltaban los amigos y conocidos que se hacían de los Playboy, Penthouse o Oui de sus hermanos mayores o familiares y de esa manera íbamos descubriendo la verdadera anatomía de las mujeres. Otras revistas más anónimas y clandestinas eran realmente cuasi tratados ginecológicos que acabaron con cualquier idea errónea acerca de los genitales femeninos y de cómo se llevaban a cabo las relaciones sexuales.
A pesar de la mojigatería mexicana en nuestras casas y de las fantasías de adolescencia, había quien en sus sueños húmedos y precoces de adolescente calenturiento no solo afirmaba haberse tirado muchas mujeres sino que insistía en haber visto por obra y gracia del espíritu santo Deep Throat, y todas las versiones deEmmanuelle y el otro mito: El Último Tango en Paris, en una época en la que ni siquiera soñábamos que algún día existirían reproductoras de video cassettes VHS y Betamax, que llevarían la magia del cine a nuestras casas. Deep Throat, era un mito mucho más atractivo que Emmanuelle porque, al menos en mi caso, además del porno por todos tan deseado, contaba una historia que iba más allá del chico que entregaba pizzas para terminar en una desenfrenada orgía. Linda Lovelace estaba a la altura de María Schneider y El Último Tango en Paris. En ese entonces para los adolescentes voyeurs no existía esa línea que diferenciaba al arte del las ganas de ver sexo, creo que ahora tampoco, pero son los puristas los que quieren trazar y encajonar diferentes visiones acerca de lo mismo. Aunque alguna vez, por esos años, un maestro de estética nos dio una clara definición entre arte y arte implicado: “Si se te para la verga es arte implicado, si no es arte”.
La pornografía era emocionante por la clandestinidad con la que la portábamos y comentábamos. El cine pornográfico era la emocionante promesa de ponerle movimiento a aquellas fotografías y volver carne las fantasías leídas. Pero había que esperar a la mayoría de edad para poder entrar a las salas de cine.
Finalmente llegaron los ochenta, la mayoría de edad y la hora de cerrar las asignaturas pendientes, vi Emanuelle treinta mil en tercera dimensión, en el Cine Palacio Chino, a media película era más divertido quitarse los lentes y ver las figuras en triple silueta que la película; vi Deep Throat, que resulta una película divertida sobre todo porque sólo dura una hora; vi El Último Tango en Paris y me pareció lenta, aburrida y pretenciosa. Sylvia Kristel fue un mito en la mente calenturienta de aquellos adolescentes de los años setenta y por lo tanto su muerte es parte de la muerte de nuestros sueños húmedos, como lo fueron las de Linda Lovelace y María Schneider.
Hoy que la pornografía se ha vuelto tan aséptica que podemos ver películas y programas que van más allá de lo que hace cuarenta años se consideraba soft porno desde la comodidad de la sala de la casa, eso sin contar que el hardcore se puede comprar en cualquier establecimiento que venda DVD y Blu-Ray, para verlo una y otra vez desde la cama de la recamara sin problemas; con actrices de nombres absurdos que buscan la eterna fama,  para sólo regresar al anonimato 15 minutos después; se añoran los tiempos en que un simple nombre: Linda Lovelace, Sylvia Kristel, María Schneider, eran capaces de hacerte tornar la mirada y poner los ojos en blanco.

Publicado en Palabras malditas.net en Diciembre de 2012
Imagen:bank.mayfairthear.caer

miércoles, 13 de febrero de 2013

Caminar Reforma



¿Caminar porque es sano? ¿Caminar es ecologista? ¿Caminar por necesidad? No, la verdad, caminar por el puro placer de hacerlo, por tomar el tiempo de ver, disfrutar, de sorprenderse y recordar. De reconocer que nuestra ciudad es digna de orgullo.
Armando Enríquez Vázquez
Hace unas semanas me di la oportunidad y el placer de caminar a lo largo de Paseo de la Reforma desde Avenida Juárez hasta Mariano Escobedo. Lo primero fue admirar la grandeza de nuestra ciudad, esa, que todos sabemos está ahí, a pesar de los vituperios y de la mala leche de los provincianos. Esa de la que todos debemos sentirnos orgullosos. La que va más allá de políticos y problemas de tránsito, la seguridad o las trivialidades del día a día. Nuestra Ciudad de los Palacios. Darnos la oportunidad de caminar el Paseo que Maximiliano hace más de un siglo mando construir, un día cualquiera de la semana.
A la vista y la mía en particular, quedan los grandes cambios que el paisaje urbano ha sufrido desde los años setenta cuando por primera vez recuerdo haber caminado por la gran avenida. Cambios que intentan desaparecer pedazos de mi vida y de la de otros y obligan a ahondar en la nostalgia. Muchos son parte de la historia, no sólo de la personal, sino de nuestra ciudad, de México.
Sin haber vivido por mucho tiempo en el Centro, la Juárez, Cuauhtémoc, o en cualquiera de las colonias aledañas, menos de un año fue el tiempo que viví en la calle de Tiber, a principios de los ochenta, puedo mencionar momentos y recuerdos precisos en Paseo de la Reforma a lo largo de mi vida.
A mediados de los años setenta cerca del cruce de Insurgentes y Reforma estaba el Cine Roble. El Roble era uno de esos cines que parecían estadios;  varios pisos, cientos de butacas, balcones. Una de las viejas glorias de los tiempos cuando los cines tenían el poder de aglomerar a las masas de una manera religiosa. Para mediados de los setenta El Roble estaba herido de muerte, y sólo el glamur de la Muestra Internacional de Cine lograba el regreso de las multitudes a sus asientos. Así lo conocí. Siendo un estudiante de secundaria, que con sus ahorros había comprado un abono para la Muestra de Internacional de Cine y todos los días al salir de la escuela me iba de Mixcoac a Paseo de la Reforma para comulgar en el cine. El terremoto del 85 le dio la estocada final, como a tantos otros edificios. Hoy en el lugar donde estaba el cine se encuentra otro centro de espectáculos, eso sí de peor calidad tanto en el entretenimiento como, en la arquitectura: la Cámara de Senadores.
Recuerdo que un día, al salir de El Roble, tenía que ir a la oficina de mi padre, que se encontraba frente a la Columna de la Independencia, pues tenía cita con el dentista que estaba en Satélite, lo cual era una excursión porque nosotros vivíamos en el sur de la Ciudad, pero el dentista era muy amigo de mi padre por lo tanto él era siempre el encargado de llevarnos. Al llegar a la oficina y mientras esperaba a mi padre, comencé a hojear mi programa de la Muestra, entonces, con horror, me di cuenta de que había perdido el abono. Lo busqué por todos lados. Revolví la oficina de mi padre sin encontrarlo, finalmente, decidí regresar sobre mis pasos en Reforma hasta el Cine esperando un milagro. Y bajo la mirada de esa Victoria Alada, a la que siempre hemos llamado Ángel, el milagro se concretó; a la mitad del trayecto sobre el ancho camellón descubrí mi abono bocabajo, pisoteado.

En aquellos días, Paseo de la Reforma estaba lleno de cines majestuosos y legendarios; el cine Chapultepec, donde está hoy la Torre Mayor y en donde una ocasión escuché a un burócrata decirle a otro que lo increpaba a ver alguna de las películas de Rocky.
-No, porque no me gusta que le peguen a Rocky.
Para entrar a la sala había que subir una escalinata semicircular, que asemejaba la de un palacio, o  casa de las Lomas, esas que el cine mexicano reconstruía en sus sets. Aquellos cines de principios y mediados del siglo XX tenían siempre una escalinata, ya fuera para entrar al cine, como El Roble, o como en el caso del Cine Chapultepec antes de entrar a la sala que le daban esa idea del templo al cual se entra para la comunión. Al menos siempre me pareció así.
El Cine Diana, frente a la fuente de la diosa romana, hoy convertido en un complejo de muchas salas pequeñas. Alguna vez me tocó ir a una entrega de Arieles, esos con los que los cineastas nacionales se hacen el chaca- chaca mental de estar recibiendo el Oscar. El Cine Diana ya estaba entonces muy maltrecho y las incómodas butacas pintadas de verde pistache, descarapeladas y con asientos y respaldos de vinipiel rojo, en algunos casos rotos, daban el marco perfecto para lo que se celebraba; la patética industria cinematográfica de México.
El Cine Latino, uno de los más modernos en los setentas, era el lugar donde se exhibía la última de las películas de la Muestra, por lo general lo que hoy conocemos como un blockbuster, y entonces se llamaba una superproducción norteamericana. En su enorme pantalla vi por primera vez, Alien y Apocalispsis Now. Mi abuelo materno murió en las butacas de este cine. Hoy sólo ruinas permanecen con la cortina metálica abajo. Los cines Paris y Paseo antes de llegar a Avenida Juárez, uno de cada lado de la avenida. Más modestos pero completaban el circuito cinematográfico de Paseo de la Reforma.
Alguna vez crucé Reforma inundada a la altura del Cine Latino con el agua arriba de los tobillos cargando a mi ex esposa para evitar que se mojara, entre los aplausos de algunos automovilistas y lo claxonazos de otros. El hecho se volvió parte de la leyenda familiar y muchos años después caminé por un Paseo de la Reforma con tanto granizo que simulaba haber nevado. Después de haber visto cientos de aves de origami afuera de la embajada japonesa en honor de las víctimas del tsunami que arrasó Fukushima.
Pasando Lafragua, caminando hacia el norte y antes de llegar a Juárez había un enorme edificio habitacional, hoy lujosos hoteles ocupan su lugar, con una entrada formidable, obra de la arquitectura de principios del siglo pasado,  tenía como en el caso de los cines una escalinata maravillosa para dar paso al futuro prometedor del siglo XX. Cuando lo conocí la fachada estaba pintada de un tono ladrillo, ese edificio que me enamoró, como tantos otros de la zona que ya no existen, me sirvió como locación en una de las escenas de uno de mis ejercicios cinematográficos de la escuela de cine.
Años más tarde sobre esa misma cuadra un conocido abrió una librería que visitaba de vez en cuando. También sobre esa cuadra en uno de los hoteles, no recuerdo en cual, llevé a cabo mi primera transmisión en vivo. Unos premios de una revista de publicidad.
La esquina de Juárez y Paseo de la Reforma fue durante meses punto de encuentro matinal, para desayunos memorables.  Así como punto de partida, una funesta noche de abril, en que la cena terminó como no debía; en dos taxis yendo en sentido opuesto. Por un lado veo “El Caballito” de Sebastián, al que Valentina, mi hija, describió como “El Rey León”, cuando tenía cuatro años. En contra esquina, Excélsior, el periódico de la vida nacional, de la ignominia, de la corrupción y la mediocridad. La primera vez que entré en sus instalaciones fue a mediados de los setenta. La ruin traición de Regino Díaz y sus secuaces no se había perpetrado, y recuerdo la sorpresa y maravilla que me produjo asomarme en las entrañas del periódico que se leía en casa. Unos cuantos años más tarde, Ernesto Priani, amigo de la secundaria me acercaría al libro de Leñero y su madre contaría la historia de cómo Regino Díaz sacrificó a la cooperativa por ser director del Periódico. También conocí a los hijos de Regino y de la prepotencia que su padre les inculcó. Ésta esquina de Reforma se vincula con mi vida de más formas de las que quiero creer. Años después conocí a los autores del tiro de gracia que acabaría definitivamente con la cooperativa, auspiciados por el gobierno de Fox, desmantelaron la cooperativa para levantar un periódico de pésimos contenidos, pero lleno de premios por su diseño. Así de absurdo como se lee.
Desde mi primera infancia, recuerdo Paseo de la Reforma, mi padre nos llevaba a su oficina que estaba frente a la columna de la independencia los 16 de Septiembre y desde las ventanas de un tercer piso que en realidad era como un sexto o séptimo, veíamos el desfile militar. Después, en ese mismo edificio inicié mi vida laboral durante unas vacaciones de verano, aun siendo un estudiante de secundaria.
A mediados de los años noventa tenía que visitar frecuentemente dos edificios en los que se encontraban las oficinas de algunos clientes. El primero ya no existe, estaba en contra esquina de la Bolsa de Valores en la glorieta de la Palmera, el edificio, un corporativo de varios pisos ha desaparecido para dar paso a un enorme agujero que anuncia la construcción de un nuevo rascacielos en la zona. El otro en el cruce de Insurgentes y Reforma, a un lado de donde estuvo el Hotel Continental, una de las víctimas del terremoto de 1985. Reforma 156, alguna vez oficinas del Banco Internacional y más tarde de BITAL lucen vacías y cerradas, en las pequeñas escaleras eléctricas que llevan al lobby del edificio vi a “Resortes”, en sus años finales pero todavía luciendo el cabello negro azabache y un saco morado. En el fondo de ese Lobby había un gran mural de O’Gorman; hoy se encuentra en otro gran corporativo sobre el mismo Paseo de la Reforma.  Todavía en la azotea del alto edificio se ve una enorme antena cónica y dorada, donde el jefe de mantenimiento del banco se balanceó de un lado a otro durante el segundo temblor de 1985. Lo contaba con orgullo y cierto sentimiento de terror, doce años después. En la esquina, enfrente de la sucursal del banco, en la pequeña calle que desemboca a la semi glorieta que lleva a Reforma vendían en ese entonces los tamales callejeros más espectaculares que haya comido jamás.
Una mañana de 1998, mientras el país se preparaba a ver a la selección nacional en uno de sus encuentros del mundial de Francia, caminaba por el camellón esperando la hora de una junta de trabajo; Reforma estaba inusualmente vacía y comenzaban a llegar los policías encargados de cuidar el orden en caso de que la selección ganara. Caminaba cuando un camión lleno de escolares pasó por la avenida.
- ¡Adiós Lapuente!
Gritaron los estudiantes en referencia a mi gordura y la boina que llevaba calada.
Tiempo después, tuve otro cliente en Reforma, el edificio sigue ahí y se ve más prospero que hace algunos años. Recuerdo que a principios de los años setenta existían aún viejas casonas porfirianas sobre Paseo de la Reforma, hoy casi todas ellas han desaparecido, las que han corrido con mejor suerte han sido incorporadas a las fachadas de los edificios que las rodean hoy en día. Algunas se han vuelto carátula de enormes complejos de oficinas o centros comerciales y cines, otras sólo una curiosidad arquitectónica dentro del diseño contemporáneo de enormes edificios. Las que con peor suerte corrieron fueron convertidas en estacionamientos.
El edificio de la Cámara de Comercio del DF y algunos de los hoteles que se encuentran entre Juárez y la Glorieta de Colón son glorias del porfiriato, que pasan inadvertidas por los presurosos peatones.

Justo en la Glorieta de Colón existió durante mucho tiempo frente al hotel, un enorme edificio que albergaba las oficinas de la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Ahí trabajó durante toda su vida mi abuelo paterno. Hoy otro gran conjunto habitacional está siendo edificado en su lugar.
El camellón central ha sido modificado, alguna vez fue plano con los mismos mosaicos rojos de barro, que los camellones. Tenía jardineras rodeadas por una cerca de semicírculos de varilla metálica, hoy parece el lomo de un cocodrilo durmiente.  Lo imagino homenaje involuntario a Efraín Huerta y a la “del piernón bruto” que lo rebasó por la derecha. Pararnos en él, nos muestra si miramos al poniente, el Castillo de Chapultepec -cómo desde siempre-, desde que Maximiliano diseñó el Paseo en honor a Carlota, creyendo haber trazado la mejor ruta entre Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec. El camino ha cambiado muchas veces, desde que tengo memoria las aceras han sido modificadas, las bancas de cantera se hacen acompañar ahora de bancas “artísticas” algunas hermosas, otras, curiosas y las más para rellenar el camellón y estorbar al peatón. Algunas estatuas de próceres de la Guerra de Reforma han desaparecido, otras continúan ahí, invisibles al transeúnte. La Diana ha ido y venido paseando por Reforma y sus alrededores, como El Caballito, que hoy se encuentra lejos de su lugar. Alguna vez en la glorieta de la Diana, hubo una extraña fuente, eran como hongos geométricos de diferentes tamaños que celebraban cualquier tontería que al entonces regente se le hubiera ocurrido, cuando la Diana regresó a su glorieta, en más de una ocasión me tocó ver las aguas de la fuente espumeantes de detergente que algún bromista había dejado caer en la fuente causando un caos en Reforma y una maravillosa imagen en la mente de los que por ahí pasábamos; de espumas de colores rodeando la majestuosa desnudez de la Cazadora. Emulando a las strippers de los setenta, bañándose en sus copas de Champagne.
El trayecto terminó frente a la Puerta de los Leones, magnifica entrada a Chapultepec, hoy obstruida y minimizada por la construcción de la columna nueva del emperador, a la que la ya muchos llaman monumento a la Suavicrema, y que sólo los tontos no pueden ver su relación con los doscientos años de nuestra independencia, el cuarzo con el que se construyó es finlandés.
Reforma es más…, por un lado hasta la salida a Toluca, por el otro se funde con el camino a La Villa, pero esos son senderos que no caminé.
Caminar, y como diría Machado, “Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Podrá ser así, por la misma Reforma, no caminarás dos veces.

Publicado en palabrasmalditas. Octubre 2012
Imagenes:apmex.mx
              mexicomaxico.org