jueves, 14 de febrero de 2013

El porno por todos tan temido (en los setenta)



Cómo veíamos la pornografía los adolescentes en los setentas o como no la veíamos.
Armando Enríquez Vázquez
Hace un mes murió Sylvia Kristel, todo el mundo escribió sobre el asunto y habló de las míticas películas deEmanuelle que allá por mediados de los años setenta llenaron las entradas de las salas cinematográficas de la Ciudad de México de adolescentes de hormonas en efervescencia, que nos quedábamos solamente viendo los posters y los stills de la película, que como los vestidos de la época de nuestras abuelas dejaban todo, absolutamente todo, a la imaginación. En esa época, el control de entrada en los cines era más estricto y no se podía de manera sencilla entrar a ver las películas que ostentaban una clasificación D: “Estrictamente para mayores de 21 años”. Aquellos que entraban a lo que entonces parecía el acceso al Paraíso, ante nuestra envidiosa mirada, eran jóvenes que estrenaban la mayoría de edad ingresando al Cine Palacio Chino a ser parte de ese mundo “sucio” que era entonces la “pornografía”, y adultos de “mentes muy abiertas” o de soledades atroces de la clase media y otros que gustaban de ver “güeras encueradas”. Algo a final de cuentas, como quiera verse, resultaba aspiracional.
El soft porno había llegado a las pantallas de la Ciudad de México y en la Ciudad nos comportábamos a la altura de la situación, es decir, todos se parecían a los preadolescentes precoces que éramos mis amigos y yo. En las casas de la clase media, las madres se santiguaban, junto con las tías solteronas y utilizaban esa clásica frase: No es que uno se espante con esas cosas, pero es el colmo que estén a la vista de cualquier muchachito educado que pase frente a las puertas de un cine.
Para nosotros el sexo era una quimera llena de mitos, ritos, exageraciones e ingenuidades. Pero saber que sólo un boletero de sala de cine se interponía entre nosotros y la verdad desnuda, no era cosa que realmente nos preocupara, la pornografía real y el sexo estaban en otras muchas partes que aprobaban sin querer o sin saber nuestros padres, con sus prejuicios de buenas conciencias mexicanas de los sesenta y setentas.
La lectura, una vez más, bendita lectura, por ejemplo. Mi abuelo me inició en la lectura y gracias a él conocí a Verne. Con el tiempo cada visita a casa de mis abuelos se convertía en un viaje a la librería de Liverpool o de un Sanborn’s en compañía de mi tía que siempre me compraba un libro. Un best seller, por lo general, pero un libro al final de cuentas. Lo que aprendí de los betsellers de los 70 fue más de lo que cualquier película soft porno que se exhibiera en la Ciudad pudiera mostrar. Un ejemplo claro era un librejo que escribió un dizque biólogo marino que llenaba las pantallas de la televisión nacional y que se había hecho famoso por descubrir a unos tiburones durmientes en las costas de la península de Yucatán, su nombre era Ramón Bravo. En plena fiebre de Tiburón, libro, película y demás parafernalia, este buzo escribió un libro llamado Tintorera, que hasta donde recuerdo poco tenía que ver con la especie de tiburón conocida con ese nombre y más con una serie de aventuras sexuales que el buzo a través de sus personajes describía de manera muy detallada. Obviamente ese libro siempre estaba al alcance de mi mano.
Pero también uno podía hojear en las estanterías de las librerías aquellos libros de Xaviera Hollander que explicaban cosas que en ese entonces sonaban incomprensibles pero cumplían la función de llevarme a imaginar lo que quisiera antes de dormir como si fueran una palabra en un idioma poco conocido y a la que por asociación de ideas yo le daba un significado.
No faltaban los amigos y conocidos que se hacían de los Playboy, Penthouse o Oui de sus hermanos mayores o familiares y de esa manera íbamos descubriendo la verdadera anatomía de las mujeres. Otras revistas más anónimas y clandestinas eran realmente cuasi tratados ginecológicos que acabaron con cualquier idea errónea acerca de los genitales femeninos y de cómo se llevaban a cabo las relaciones sexuales.
A pesar de la mojigatería mexicana en nuestras casas y de las fantasías de adolescencia, había quien en sus sueños húmedos y precoces de adolescente calenturiento no solo afirmaba haberse tirado muchas mujeres sino que insistía en haber visto por obra y gracia del espíritu santo Deep Throat, y todas las versiones deEmmanuelle y el otro mito: El Último Tango en Paris, en una época en la que ni siquiera soñábamos que algún día existirían reproductoras de video cassettes VHS y Betamax, que llevarían la magia del cine a nuestras casas. Deep Throat, era un mito mucho más atractivo que Emmanuelle porque, al menos en mi caso, además del porno por todos tan deseado, contaba una historia que iba más allá del chico que entregaba pizzas para terminar en una desenfrenada orgía. Linda Lovelace estaba a la altura de María Schneider y El Último Tango en Paris. En ese entonces para los adolescentes voyeurs no existía esa línea que diferenciaba al arte del las ganas de ver sexo, creo que ahora tampoco, pero son los puristas los que quieren trazar y encajonar diferentes visiones acerca de lo mismo. Aunque alguna vez, por esos años, un maestro de estética nos dio una clara definición entre arte y arte implicado: “Si se te para la verga es arte implicado, si no es arte”.
La pornografía era emocionante por la clandestinidad con la que la portábamos y comentábamos. El cine pornográfico era la emocionante promesa de ponerle movimiento a aquellas fotografías y volver carne las fantasías leídas. Pero había que esperar a la mayoría de edad para poder entrar a las salas de cine.
Finalmente llegaron los ochenta, la mayoría de edad y la hora de cerrar las asignaturas pendientes, vi Emanuelle treinta mil en tercera dimensión, en el Cine Palacio Chino, a media película era más divertido quitarse los lentes y ver las figuras en triple silueta que la película; vi Deep Throat, que resulta una película divertida sobre todo porque sólo dura una hora; vi El Último Tango en Paris y me pareció lenta, aburrida y pretenciosa. Sylvia Kristel fue un mito en la mente calenturienta de aquellos adolescentes de los años setenta y por lo tanto su muerte es parte de la muerte de nuestros sueños húmedos, como lo fueron las de Linda Lovelace y María Schneider.
Hoy que la pornografía se ha vuelto tan aséptica que podemos ver películas y programas que van más allá de lo que hace cuarenta años se consideraba soft porno desde la comodidad de la sala de la casa, eso sin contar que el hardcore se puede comprar en cualquier establecimiento que venda DVD y Blu-Ray, para verlo una y otra vez desde la cama de la recamara sin problemas; con actrices de nombres absurdos que buscan la eterna fama,  para sólo regresar al anonimato 15 minutos después; se añoran los tiempos en que un simple nombre: Linda Lovelace, Sylvia Kristel, María Schneider, eran capaces de hacerte tornar la mirada y poner los ojos en blanco.

Publicado en Palabras malditas.net en Diciembre de 2012
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