miércoles, 12 de mayo de 2010

Cómo llegó el café a América



La historia de la taza de café que nos deleita por la mañana, parece una novela de aventuras. Un intrépido y ambicioso militar francés se encargó de qué el café llegara a América, contra viento, marea, piratas y otras cosas. 

Armando Enríquez Vázquez

El café está rodeado de leyendas y hechos fascinantes, desde su descubrimiento mismo por los pastores etíopes, en especial según la leyenda, a uno llamado Kaldi, quien fue el que llevó la baya a los monjes cristianos, los cuales al creer que sus efectos eran obra del diablo arrojaron las bayas al fuego, sólo para descubrir el aromático olor del grano y más tarde la bebida. Los musulmanes, también tienen sus leyendas e historias acerca del origen del café. Hoy en día los mitos modernos le achacan producir insomnio.


Hasta el siglo XVII, los árabes mantuvieron un estricto control del comercio del café. Fueron ellos los que desarrollaron todo el proceso de secado y tostado de las semillas, y trataron de mantener el secreto, así como el monopolio de las semillas, las cuales sólo se podían vender tostadas. Sin embargo, ante el gran éxito del café no sólo en el mundo árabe, sino en Europa en donde a partir de los inicios del 1600 existían cafeterías. Se cuenta que un hombre llamado Babá Budán contrabandeó las primeras semillas y las plantó cerca de su casa. Esto le permitió comerciar con los holandeses que llevaron la semilla a Ceylán, donde la planta floreció sin problema. Los franceses no tuvieron el mismo éxito en Dijon. A través de negociaciones con el Burgermeister del invernadero de Ámsterdam, se consiguieron algunos arbustos como regalo al rey Luis XIV, y ya en el jardín quedaron a cargo del Botánico Real, como una de las joyas raras de la colección real.



Un capitán de la marina francesa asignado a la isla de la Martinica; Gabriel-Mathieu d'Erchigny de Clieu, habiendo visto el éxito comercial de la planta en manos de los holandeses y pensando en el bien que haría la semilla no sólo a la economía francesa, sino a la de La Martinica, decidió importar la planta a la isla. Sin embargo, de Clieu no tenía ninguna influencia en la corte. En 1723, en un viaje personal a París decidió robar una de las plantas del invernadero real. Haciendo gala de su habilidad con la mujeres sedujo a cierta cortesana que encantada con la idea del capitán, se granjeó al médico real M. Chirac y sustrajo la planta tan deseada por de Clieu. La historia no terminó con esta intriga palaciega, de Clieu escondió la planta hasta que zarpó del puerto de Nantes, de tal modo que el capitán mandó construir una caja de vidrio, especie de invernadero portátil, para poder transportar la planta durante la travesía, de modo que recibiera los rayos del sol.


Sin saber bien a bien cómo entre la tripulación iba un hombre al que de Clieu, describe como celoso del gusto que al capitán francés le daba el servicio que estaba haciendo a su patria. Otros dicen que era un espía holandés cuya misión consistía en destruir la planta. Lo único que este hombre logró fue arrancarle una rama al cafeto. Nada más se sabe de este espía a bordo. Si recibió algún tipo de castigo, lo que sí se sabe es que no fue el único peligro que sufrió el arbolito. El viaje fue muy accidentado y tuvo que enfrentar tormentas de gran oleaje que casi hacen naufragar al barco, un ataque de un pirata de tunecino del cual pudieron escapar, como remate llegó la calma chicha del mar. Fue entonces cuando durante más de un mes se racionó el agua a los tripulantes, de Clieu compartió parte de su pequeña ración con su querida planta.


Tras todas estas aventuras de Clieu finalmente llegó a la isla con la planta, pero no por eso terminaron sus mortificaciones; temeroso de cualquier cosa, y sobre todo de que alguien pudiera robarle la planta, mandó rodearla de arbustos espinosos y puso una guardia especial para el cafeto. Finalmente y como él mismo lo describe en L'Année Littéraire. (Paris, 1774): la primera cosecha sobrepasó cualquier expectativa y de Clieu recolectó alrededor de un kilo del grano. El capitán repartió la semilla entre aquellos que creyó capaces de cuidar y propagar el cultivo del café en la isla. Con el tiempo, el café se volvió el principal producto de La Martinica. Para 1770 existían ya 18 millones de árboles de café en la isla.


El capitán de Clieu fue reconocido por sus servicios al comercio de Francia por el cultivo del café, por el rey de Francia Luis XV, a pesar de ello de Clieu murió en la pobreza a los 88 años. Su planta de café sirvió para propagar el café por toda América.


A él sólo se le recuerda con un monumento en el jardín botánico de Fort France, inaugurado en 1918, en el que se lee: “A quien durante tanto tiempo hemos relegado al olvido”.

Publicado en blureport.com.mx 10 de Mayo 2010
Imagen: wikipedia.org