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lunes, 24 de septiembre de 2018

Ana de Yraeta del lado equivocado de la Independencia.



Durante la Guerra de Independencia hace 218 años hubo mujeres que lucharon por la independencia y también quienes lucharon contra ella.

Armando Enríquez Vázquez.

La historia la escriben los ganadores, ese es un hecho. Nuestra historia oficial está llena de heroínas de todo tipo y con todo tipo de credenciales. Aquellas que su vida está muy bien documentada y sobre las que se ha escrito toneladas de papeles como Doña Josefa Ortiz de Domínguez o Leona Vicario, también está la que jugó un papel importante en el momento de la conspiración y que a pesar de estar su nombre en letras de oro en el Congreso de la Unión ha sido menospreciada por los historiadores contemporáneos; Mariana del Toro Rodríguez de Lazarín. Y hay muchas otras que a pesar de documentos locales o historias orales permanecen el olvido oficial. Y una gran mayoría de las que no se sabe nada y de las que solo se conoce una leyenda que no necesariamente es cierta.
Gracias a todo este tipo de fuentes podemos intuir que las mujeres jugaron un papel importante en el bando independentista, también hubo mujeres que participaron en la guerra desde el bando realista, de ellas poco o nada sabemos. Son parte del grupo negro de la historia oficial mexicana, siempre tan ficticia y ciega a la verdad histórica. Esta es la historia de una de ellas.
Ana de Yraeta, algunos la escriben Iraeta, nació en la Ciudad de México y se sabe que fue bautizada 28 de julio de 1768. Huérfana de madre desde los primeros de vida su educación corrió a cargo de su abuela y su padre. Por ser la menor de tres hermanas, mientras las dos mayores se casaron a temprana edad como se acostumbraba en esos días, también como era costumbre entonces Ana fue elegida para cuidar a su padre, Francisco Ignacio de Yraeta, un acaudalado comerciante de la ciudad. Cuando Francisco Ignacio murió, Ana tenía 28 años y una enorme fortuna.
Mujer piadosa y dedicada, como muchas otras, a donaciones a la Iglesia, mantuvo colegialas becadas en el Colegio de Belén de los Mercedarios que desapareció con las Leyes de Reforma. Se casó en 1798 a los 30 años con Cosme de Mier y Trespalacios, un viudo que había sido Oidor y después Regente de la audiencia mexicana. Este hombre pariente de Fray Servando Teresa de Mier fue su mecenas cuando el futuro cura independentista se doctoró.
En 1803 con motivo de la colocación de la famosa estatua ecuestre de Carlos IV, conocida por todos nosotros como El Caballito, Ana proporcionó comida para doscientos niños, los llevó de paseo junto con su esposo y les dio un regalo de dinero. Dos años después Cosme murió y Ana Yraeta quedó viuda. Encargó a Manuel Tolsá el monumento funerario de Cosme, así como un busto de bronce de su esposo.
En una de las biografías que encontré de esta dama dice que a la muerte de su marido ella asumió el liderazgo entre las damas de la capital, pero imagino que esto sólo hace referencia a un grupo de mujeres de cierto nivel socioeconómico y de cierta edad. Ana de Yraeta tenía 42 al momento de estallar la guerra de independencia y fue líder de unas dos mil mujeres a las que se conocía entre las fuerzas realistas como Las Patriotas Marianas que se dedicaron a crear estandartes con la imagen de la Virgen de los Remedios, como oposición a la Virgen de Guadalupe que adornaba el estandarte de los seguidores de Miguel Hidalgo. Ana de Yraeta junto con la Priora del Convento de San Jerónimo se encargó de promover a la Virgen de los Remedios a Capitana General de las Armas, algo que no era extraño en España y por extensión en las colonias. La tradición de otorgar a imágenes religiosas grados militares inició en 1571 Juan de Austria hijo natural de Carlos I de España tras la victoria de la famosa batalla naval de Lepanto, donde Miguel de Cervantes Saavedra perdió una mano, pidió al Papa otorgar el grado de capitana para la Virgen de Butarque de la cual era devoto.
Se sabe que en 1811 para conmemorar el año del retiro inexplicable de las tropas de Hidalgo después de la Batalla del Cerro de las Cruces, que los independentistas ganaron y estando a las puertas de la Ciudad de México decidieron retirarse, Ana de Yraeta pide a las autoridades eclesiásticas que declaren este hecho, tomado por muchos como un victoria realista, un milagro atribuible a la Virgen de los Remedios.
Tras la consumación de la Independencia y la victoria de la Virgen de Guadalupe sobre la de los Remedios, Ana de Yraeta desaparece de la historia para reaparecer en la corte del Emperador de Agustín de Iturbide. Durante esos dos años que duró el Imperio, Ana fungió como Dama Primera y Guarda Mayor de la Emperatriz Ana Huarte.
Tras la caída del Emperador, la figura de Ana Yraeta viuda de Mier, desaparece de la historia y al parecer no existe ningún registro de ella.  

publicado en mamaejecutiva.net el 17 de septiembre de 2018

lunes, 28 de agosto de 2017

Sor María Ignacia Azlor y Echeverz fundadora de La Enseñanza.



Una de las iglesias dedicadas a la educación de niñas, más importantes y más bellas de la Ciudad de México fue fundada con el dinero de una mujer orgullosamente novohispana.
Armando Enríquez Vázquez
En la calle de Donceles, en el número 102 se levanta una iglesia barroca dedicada a Nuestra Señora del Pilar, anexo al templo queda el convento que pertenecía al mismo y que hoy es la sede del Colegio Nacional, el conjunto se conoce como La Enseñanza porque en él se impartió educación a niñas a finales de la Colonia. La Enseñanza fue fundada en el año 1754 por un grupo de religiosas llegadas de España y a las que encabezó Sor María Ignacia Azlor y Echeverz, una mujer novohispana de gran riqueza y dedicada a la carrera eclesiástica.
Laureana Wright, en su libro acerca de mujeres mexicanas, dedica un extenso capítulo a María Ignacia Azlor y Echeverz.
Azlor y Echeverz nació en la Hacienda de San Francisco de Patos el 9 de octubre de 1715. La hacienda se encuentra en lo que es hoy el estado de Coahuila y el casco de la misma se convirtió en la presidencia municipal del poblado General Cepeda y forma parte del patrimonio de la nación catalogado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Hija del poderoso y rico Marqués de Aguayo, María Ignacia, por el carácter y creencias de su madre, creció casi en reclusión en compañía de su madre y de su hermana, algunas temporadas en la Ciudad de México y otras en las haciendas de su padre, que fue gobernador de Texas y ayudó en la lucha y pacificación de aquel territorio combatiendo a rebeldes y fieros grupos de Comanches y Apaches entre otros. En ese encierro su madre hizo clara a María Ignacia la idea que ella no había podido llevar a cabo por ser madre; crear una institución para la educación católica de niñas desamparadas, donde enseñarles algunas cosas prácticas, pero ante todo la palabra de Dios y la verdadera religión, como suponían los católicos españoles que debía de ser.
Durante su adolescencia murieron primero su madre en 1734 y unos meses después su padre. María Ignacia, entonces manifestó su deseo de viajar a España y entrar en algún convento. Joven de fuerte carácter y de franqueza a veces brutal, María Ignacia no sabía convivir en sociedad y seguramente por eso prefirió en un principio seguir una vida monástica. El virrey y arzobispo de la Nueva España Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, le recomendó considerar mejor uno de los conventos de la Ciudad de México, María Ignacia entró entonces en el más antiguo de la Ciudad, el Convento de la Purísima Concepción, fundado en 1540 y que aún existe en las calles de Belisario Domínguez y República de Brasil. Sólo un año estuvo María Ignacia Azlor y Echeverz en este convento, en calidad de observadora con la venia del arzobispo y sin tomar los hábitos, antes de partir finalmente rumbo a España.
Antes de embarcarse escribió un testamento donde donaba toda su fortuna a la construcción de un convento en la Ciudad de México como el que deseaba su madre.
En España vivió en casas de familiares primero en Cádiz y después en Madrid durante dos años, haciendo vida social muy a su pesar. Pero manifestando a sus familiares su deseo por hacer el noviciado y también hacerlo en una congragación de reciente creación que estaba dedicada a la Virgen, llamada La Compañía de María. Ni el hecho de dedicarse a la vida monacal, ni el de ser miembro de la Compañía de María y mucho menos el hecho de querer regresar a México complacía a los familiares.
“… siendo India, nacida, bautizada y criada en Indias, debía hacer a su patria ese servicio; que los caudales que habían de servir a la fundación, eran adquiridos y estaban allí, por eso tenían aquellos Países cierto derecho al reconocimiento o gratitud”. Así lo consigna Laureana Wright en su libro. El pensamiento de María Ignacia Azlor y Echeverz es diferente al de muchos otros criollos de la época, María Ignacia de una manera parece reconocerse como Novohispana y tener una deuda y amor hacía su patria como pocos que se identificaban con el territorio en el que habían nacido más que con la tierra de sus ancestros. Faltaban aún más de medio siglo para que este sentimiento o la ambición por gobernar América diera paso a la guerra de Independencia.
El 2 de febrero de 1743 comenzó el noviciado de María Ignacia Azlor y Echeverz en la ciudad de Tudela, donde el suceso fue todo un acontecimiento ya que trayecto de María Azlor Echeverz al convento fue muy vistoso, la ropa y joyas de la María Ignacia y los fuegos artificiales llenaron de sentido, su renuncia al mundo y su decisión de vestir los humildes hábitos de novicia. Dos años duró el noviciado de acuerdo con las reglas y el 2 de febrero de 1745 María Ignacia Azlar se convirtió en monja. Siete años tardó María Ignacia en conseguir la Cédula Real para fundar su convento en México, a lo largo de esos años de gestiones la monja demostró su inteligencia y la devoción a la causa.
Una vez logrado el permiso del rey, María Ignacia, organizó el viaje de regreso a la Nueva España. Ya en la Ciudad de México utilizó la herencia de su padre, sus joyas y bienes para crear el convento y el templo de La Enseñanza. A la fecha el templo es uno de los edificios novohispanos mejor conservados en el Centro Histórico de la capital del país. El sueño de su madre y todo lo que ella había estipulado en su testamento se logró mientras María Ignacia aún vivía.
En la escuela dedicada a niñas pobres se les enseñaba a leer, escribir, doctrina cristiana y labores manuales, lo que a los ojos de tanto de la Iglesia y sociedad novohispanas no fueron muy bien recibidas. Sin embargo, el trabajo de María Ignacia continuó hasta su muerte el 6 de abril de 1767.
Totalmente desconocida, María Ignacia Azlor y Echeverz más allá de sus ideales, de sus votos y su compromiso con su religión y con las niñas más olvidadas por la sociedad novohispana, sin saberlo, ni ser consciente de ello constructora de la identidad del Centro Histórico de la Ciudad de México.

publicado en mamaejecutiva.net 15 de agosto de 2017
imagen panoramio.com

martes, 7 de marzo de 2017

Cuatro virreinas de la Nueva España.




Estas mujeres acompañaron a sus maridos a la Nueva España, para bien o para mal, para honra o deshonra y así las recuerda la Historia.
Armando Enríquez Vázquez

En su extraordinario libro Virreyes y Virreinas de la Nueva España, Artemio de Valle-Arizpe se dedicó a describir en diferentes formatos narrativos el paso de aquellos que nombrados por el Rey de España y de las esposas que los acompañaron, a veces dejando una reputación envidiable entre aquellos a los que se suponía debían gobernar y en otras esa reputación no fue tan buena.
Por ejemplo, en septiembre de 1660 llegó a la Ciudad de México, con la encomienda de gobernar la Nueva España el Conde de Baños; Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, para representar al rey en estas tierras y con él como era de esperarse llegaron su esposa y sus vástagos. Resultó que el Conde era un verdadero mandilón, que no podía negarle nada a su media naranja que era una codiciosa y ambiciosa mujer de nombre Mariana Isabel de Leyva y Mendoza. Durante los cuatro años en que el Conde de Baños fue Virrey de La Nueva España, quien dirigió el destino, sobre todo en materia de impuestos, de la colonia fue la Virreina quien no solo buscaba incrementar la recaudación fiscal en beneficio propio, los abusos de este matrimonio, que incluía los negocios que la Virreina hizo con diferentes mercancías que ella se encargaba de vender y mandar a otras colonias, los hijos del matrimonio se divertían organizando escandalosas fiestas en el palacio virreinal, todo esto llegó a oídos del Rey Felipe IV quien molesto por el abuso del Virrey, mandó al Virrey una carta para abandonar el cargo y darle el título de Virrey al Obispo de Puebla. Pero Mariana Isabel se encargó de convencer al Virrey de destruir la correspondencia del Rey, haciéndose como si esta jamás hubiera llegado. Lo que sucedió en varias ocasiones hasta que no pudiendo ocultarlo más el Conde de Baños y temiendo la ira del monarca que amenazaba ya con castigos severos a su servidor, dio el cargo al Obispo de Puebla, al enterarse de la destitución del Virrey el pueblo se alzó en motines mostrando su desprecio ante la familia de Juan Francisco de Leyva y Mendoza y su descarada mujer que se enriquecieron a costa de los novohispanos, lo cual parece ser una pauta que se repite desde esa época fundacional de la nación. De acuerdo con lo escrito por Valle-Arizpe, la Condesa al llegar a España fue afectada por una enfermedad que casi la mató y al recuperarse entró a servir en un convento donde murió.
Pero no fue este la única virreina codiciosa, a finales del siglo XVIII y a pocos años del movimiento independentista llegó a México Don Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte, el 53 Virrey de la Nueva España nombrado por el rey Carlos IV, su esposa María Antonia de Godoy igual de codiciosa que el Virrey, quien se llevó de la Nueva España enormes cantidades de dinero y bienes para sus arcas particulares, burlando como tantos otros al rey y a los habitantes de la colonia. Para darse cuenta de esa codicia basta citar lo que Valle Arizpe cuenta de la codiciosa virreina quien al llegar a la Ciudad de México y ver la cantidad de perlas que exhibían las novohispanas en sus joyas, la mujer ideo la forma de despojarlas de ellas, organizó entonces una celebración para agradecer a la aristocracia de la Nueva España los diversos recibimientos que se habían hecho en su honor. La virreina acudió portando tan sólo corales como joyas y hablando de como en España las perlas habían pasado de moda y eran despreciadas por las damas de la corte, y de cómo la nueva moda eran los corales. Al día siguiente las novohispanas vendían sus perlas y compraban corales a agentes del virrey a los que se preparó para esta labor. Así la virreina y el virrey se hicieron no solo de las perlas de las novohispanas, sino que se adueñaron de su dinero al venderles corales a precio de oro.
Otra afamada virreina, con una actitud totalmente diferente, fue Doña Leonor Carreto, Marquesa de Mancera, esposa de Antonio Toledo y Salazar Marques de Mancera, quién curiosamente fue nombrado Virrey cuando aún estaba aún en el poder el malandrín de Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, en 1663. El Virrey Toledo llegó a la capital de la Nueva España en 1664. La fama de la Virreina se basa en que amante de las artes y de una vida de cultura, la Marquesa de Mancera fue mecenas de nuestra Sor Juana Inés de la Cruz y muchos incluso la quieren hacer su amante. Leonor Carreto hija del embajador alemán Marqués de Grana, fue parte de la corte de la reina Mariana de Austria y por tanto gozaba de tertulias y obras de teatro. Leonor Carreto fue una de las Virreinas, de hecho, la segunda en la historia en morir en tierras de la Nueva España. La Marquesa de Mancera murió en 1673, una vez terminada la encomienda de su marido y cuando el matrimonio regresaba a España en la población de Tepeaca, Sor Juana le dedicó tres sonetos mortuorios a quien había sido su benefactora, durante sus exequias en la Catedral de la Ciudad de México. En sus obras Sor Juana la identificó como Laura.
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
 los afectos que en vano te desean,
 los ojos a quien privas de que vean
 la hermosa luz que a un tiempo concediste.

Muera mi lira infausta en que influiste
ecos que lamentables te vocean,
 y hasta estos rasgos mal formados sean
 lágrimas negras de mi pluma triste.

Muévase a compasión la misma Muerte,
 que, precisa, no pudo perdonarte;
y lamente el Amor su amarga suerte,

pues si antes, ambicioso de gozarte,
 deseó tener ojos para verte,
 ya le sirvieran sólo de llorarte

La llegada de un nuevo virrey y su esposa en 1680, siete años después de la muerte de la Marquesa de Mancera. Al igual que Leonor Carreto, la nueva virreina; María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, princesa de Mantua, onceava Condesa de Paredes y Marquesa de la Laguna, tenía un gran gusto por las artes y de igual manera que su antecesora se convirtió en mecenas de Sor Juana Inés de la Cruz, quien también le dedicó varios poemas y surgió una amistad entre la virreina y la monja escritora, en ellos también decidió ocultar el nombre de la virreina con otro nombre y utilizó el de Lysi. La belleza de la virreina parece haber impactado a muchos incluida la monja y las visitas entre ambas mujeres fue motivo de murmuraciones de la misma manera que lo fueron los poemas escandalosamente eróticos, para la época y la siempre mojigata sociedad de nuestras tierras. Lo que a veces se duda de Leonor Carreto parece haber sido claro en la relación de María Luisa Manrique y Sor Juana.

Mi rey, dice el vasallo;
mi cárcel, dice el preso;
y el más humilde esclavo,
sin agraviarlo, llama suyo al dueño.

    Así, cuando yo mía
te llamo, no pretendo
que juzguen que eres mía,
sino sólo que yo ser tuya quiero.

    Yo te vi; pero basta:
que a publicar incendios
basta apuntar la causa,
sin añadir la culpa del efecto.

    Que mirarte tan alta,
no impide a mi denuedo;
que no hay deidad segura
al altivo volar del pensamiento.

    Y aunque otras más merezcan,
en distancia del cielo
lo mismo dista el valle
más humilde que el monte más soberbio,

    En fin, yo de adorarte
el delito confieso;
si quieres castigarme,
este mismo castigo será premio.
Fragmento de Mi Divina Lysi.

María Luisa Manrique abandono junto con su esposo el Marqués de la Laguna la Nueva España en 1686, tres años después ya en Madrid María Luisa Manrique se encargó de la publicación del primer libro de Sor Juana, eso deduce Octavio Paz, pues el libro aparece editado por uno de los hombres de confianza del Marqués de la Laguna, pero no precisamente un amante del arte. El título del libro fue Inundación Castálida, haciendo referencia a la fuente al pie del Monte Parnaso y donde los poetas supuestamente bebían la inspiración. María Luisa Manrique murió en Milán en 1721.
Baste ahora con hablar de estas cuatro que por lo visto fueron polos opuestos entre ellas, en otra ocasión hablaré de otras virreinas novohispanas. De acuerdo con la investigación de Antonio Rubial García Las virreinas novohispanas. Presencias y ausencias, únicamente 28 virreyes trajeron consigo a sus esposas a la Nueva España. Por lo que en cerca de tres siglos sólo 28 mujeres ocuparon este cargo. 

publicado en mamaejecutiva.net el 27 de febrero de 2017

lunes, 6 de febrero de 2017

Doña María Bartola una historiografía en los inicios de la Nación.



Otra de las mujeres ejemplares que documentó Laureana Wright en su libro fue una nativa de México que escribió la visión indígena de la conquista.

Armando Enríquez Vázquez

Nadie nos enseña que tras la conquista existieron grandes cronistas indígenas de los acontecimientos, esa visión de los vencidos que ha sido tan poco difundida porque en muchas ocasiones la historia oficial no ha sabido integrar el proceso del nacimiento de la nación mexicana al maniqueo mensaje de que fuimos, en dolorosa remembranza, un imperio que tras ser subyugado renació de las cenizas con el supuesto sacrificio que en el falso altar de la patria realizaron Hidalgo y sus seguidores, y también en la gran mayoría de los casos porque los españoles se encargaron de borrar muchos de los vestigios y testimonios de los indígenas a fin de escribir una historia a modo de los vencedores, algo que sucede siempre.
A finales del siglo XIX, un gran movimiento que buscó las raíces de la Nación se dio entre los intelectuales, artistas y muchos mexicanos orgullosos de su país. Al igual que la lucha por la igualdad de las mujeres, la reivindicación de lo mexicano y la búsqueda de las raíces indígenas, se dio con mayor ahínco y naturalidad durante los años de Don Porfirio, que después, cuando los intelectuales revolucionarios buscaron una forma muy revanchista legitimarse culturalmente ignorando por conveniencia o desprecio todo lo que se había sucedido antes de la Revolución.
En ese caso y regresando al libro Mujeres notables mexicanas de Laureana Wright, escritora y periodista menospreciada por la historia de nuestro país, y peor por las llamadas mujeres liberales de México, descubrí el nombre de una indígena que narró la historia de la conquista. Laureana Wright, escribió sobre diferentes mujeres de gran importancia en la época prehispánica y de la Colonia. Entre este grupo de mujeres que sobresalieron en los momentos del nacimiento de la nación se encuentra Doña María Bartola.
De Doña María Bartola se desconoce no sólo su nombre indígena, si no el cuerpo de su obra, en tiempos de Laureana Wright no quedaba nada de su obra más que menciones. Por un lado, Wright y Francisco Sosa establecen que esta mujer, era descendiente directa de Cuitláhuac; su nieta y fue una mujer líder en Iztapalapa. El mérito de Doña María Bartola fue el hacer una crónica de las batallas de los mexicas y españoles, así como descripciones acerca de los chichimecas y de los toltecas, obras que al parecer conoció Fernando de Alva Ixtlixóchitl, quién menciona a la cronista indígena en su propia obra. Al parecer Alva Ixtlixóchitl convivió con doña María Bartola y gracias a diferentes pláticas que tuvo con ella enriqueció sus escritos en especial Las relaciones históricas.
La fecha del nacimiento de esta primera historiógrafa mexicana, Doña María Bartola, que escribió en náhuatl y español, se data alrededor del año 1500, por lo que la joven tendría un poco más de veinte años cuando la caída de la Gran Tenochtitlán. Otro escritor que utilizó los textos de Doña María Bartola fue Antonio de Saavedra Guzmán en su obra Peregrino Indiano, un poema épico acerca de la conquista española. De acuerdo con la Obra de Carlos Hernández, Mujeres celebres de México, editado en San Antonio, Texas en 1918, la vida de María Bartola fue un melodram; una mujer que nació en un humilde hogar y fue parte de una muy humilde familia. Hernández hace de la indígena un portento de virtudes que de manera autodidacta aprendió a leer y escribir en español. Una visión diferente a la que dan sus otros biógrafos. De acuerdo con este texto el libro que escribió Doña María Bartola y compila no sólo sus experiencias sino todas las experiencias de un gran número de indígenas que sobrevivieron a las batallas de la conquista se tituló: Historia de la conquista y entrada de los españoles a la Ciudad de México.
El afán de los españoles por acabar con los testimonios indígenas de la época, se encargaron de acabar con la obra de Doña María Bartola de la que sólo sabemos, básicamente por el historiador texcocano Fernando de Alva Ixtlixóchitl, su contemporáneo y por los mencionados intelectuales del siglo XIX y principios del siglo XX que rescataron su persona. Una vez después de la revolución, Doña María Barola, parece haber vuelto a perderse en la noche de los tiempos de la siempre despreciada historia de las mujeres mexicanas.

publicado en mamaejecutiva.net el 23 de enero de 2017

lunes, 19 de diciembre de 2016

Catarina de San Juan, la auténtica China Poblana.



Existe una popular leyenda acerca de esta mujer, los textos biográficos de la época narran la vida de esta admirable mujer que llegó a Puebla esclava de un capitán español.
Armando Enríquez Vázquez
Por lo general cuando escuchamos en la actualidad acerca de la China Poblana, en el mejor de los casos pensamos en cierto traje regional confeccionado con lentejuelas y los colores nacionales, verde, blanco y rojo. Algo más del folclor y tradiciones un tanto cuanto chabacanas de nuestro país, cuando la realidad las palabras se refieren a una enigmática y virtuosa mujer que habitó en la ciudad de Puebla de los Ángeles durante la Colonia.
La Colonia, La Nueva España y los trescientos años que encierran su historia nunca dejarán de sorprenderme ya que cómo mexicanos fuimos enseñados a negar este periodo de nuestra historia en el que se formó lo que hoy llamamos patria.
Afortunadamente algunos piensan en la riqueza y las historias que se dieron lugar en nuestro país en ese periodo que a la fecha resulta más más extenso en el tiempo que la existencia y vida del México independiente y nos dejan pistas de la época y las personas que la habitaron. Catarina de San Juan murió en la ciudad de Puebla de los Ángeles, hoy Puebla de Zaragoza, en enero de 1688, su vida que fue contada por tres diferentes clérigos de la época y es una historia de aventuras y desventuras.
Uno de los biógrafos de Catarina, fue el padre Francisco de Aguilera quien reconstruyó la vida de la mujer en el sermón fúnebre que le escribió, mismo que más tarde fue publicado por los vecinos y amigos de Catarina. Otras dos biografías sobre Catarina fueron escritas en la época, una larguísima en tres tomos cuyo autor fue el padre Alonso Ramos, ambos sacerdotes eran jesuitas y la tercera escrita por José del Castillo Grajeda. Los tres hombres conocieron y fueron contemporáneos de Catarina. Alonso Ramos y José del Castillo mantuvieron una relación directa con la mujer y frente a su caridad y lo extraordinario de sus obras, ambos decidieron hablar de su ejemplar vida.
Catarina nació en la India a principios del siglo XVII, según sus biógrafos fue una importante princesa de un reino lejano, que un día siendo aún una niña, paseaba por la playa de los dominios de su familia cuando fue raptada por piratas portugueses que la llevaron al puerto de Cochin, en la misma India, donde fue bautizada y vendida como esclava. De ahí fue llevada a Manila, donde un mercader portugués la compró y la trajo a la Nueva España cuando Catarina tenía poco más de diez años, ya en Puebla Catarina fue vendida en 1619 al Capitán español Miguel de Sosa, quien la empleó en la cocina de su casa. Catarina aprendió a escribir en español, a leer y según dicen los textos a hacer chocolate.
Por haber llegado al puerto de Acapulco proveniente de Oriente y sin importar su verdadero origen la mujer fue calificada como China, denominación que se aplicaba a todo aquel que procediera de oriente y entrara en la Nueva España por el puerto de Acapulco, el hecho de que habitara más tarde en la ciudad de Puebla, la convirtieron en la China Poblana. Su forma de hablar español se mantuvo como mala durante toda su vida. Algunos quieren aun adornar la leyenda del traje con la idea de que Catarina se vestía de manera exótica y sus ropas de seda llevaban lentejuelas, algo tal vez difícil de creer tratándose de una esclava.
Su amo murió en 1624 y tras la entrada de la viuda en un convento, la joven fue vendida a un sacerdote de nombre Pedro Suárez. El sacerdote la casó dos años después con otro esclavo de origen chino, pero Catarina se rehusó a tener cualquier tipo de contacto físico con él. Tal vez ella era más racista y orgullosa de su raza, pues de acuerdo con el texto de Ramos, Catarina era una mujer blanca, de ojos vivarachos y casi rubia platinada, además probablemente que Catarina era consciente de su noble origen. Aunque este hecho después sirvió a sus biógrafos para hablar de la pureza y castidad de Catarina.
Catarina acudió al convento de la Inmaculada Concepción y se entrevistó con una muy afamada y piadosa monja, La madre María de Jesús, quien en una de sus visiones le advirtió a Catarina: Ha niña. ¡Si supieras lo que has de padecer por Dios y por el mundo! Del mismo modo al parecer Catarina fue cercana en su momento al famoso Obispo Juan de Palafox y Mendoza quien mandaba alguna sobra de su mesa para la china.
Incluso cuando Palafox se enteró de la intención de Catarina por peregrinar hasta Cosamaloapan, donde había un templo dedicado a la Señora de la Soledad, Palafox le extendió una carta de recomendación y le dio dinero para ayudarla con los gastos de su empresa. Con el tiempo los esposos se separaron, el chino inició una vida de comerciante, mientras que Catarina sirvió en casa de una familia donde solo pidió un pequeño cuarto para dedicarse a la oración, paulatinamente Catarina comenzó a llevar una vida espiritual y piadosa de acuerdo con sus biógrafos.
 De acuerdo con los tres tomos que escribió Alonso Ramos sobre la vida de Catarina; La China Poblana fue una verdadera beata.
El día de sus exequias, miles de poblanos salieron a despedirla por las calles de la ciudad colonial.
A pesar de su extraordinaria vida y los hechos de bondad que realizó a lo largo de ella y que quedaron plasmados en las obras de sus biógrafos, en 1691 la Santa Inquisición prohibió la distribución y reproducción de la imagen de Catarina de San Juan y en 1696 la reproducción de las obras de sus biógrafos. Tal vez por eso para muchos al mencionar las palabras China Poblana lo único que viene a la mente es ese vestuario lleno de lentejuelas y colores un tanto cuanto naive.


publicado en mamaejecutiva.net el 5 de diciembre de 2016
imagen: preguntasantoral.es

lunes, 3 de septiembre de 2012

El nacimiento de la ciencia ficción en México




La primera historia de ciencia ficción en nuestro pais se remonta a la Colonia. A un sacerdote con ganas de viajar al infinito y más allá.
Armando Enríquez Vázquez

Viajar siempre ejerce una fascinación en los seres humanos. Viajar a tierras lejanas, exóticas, llenas de costumbres, seres y tradiciones ajenas a las nuestras. Aún cuando lo viajes sean de negocios, el ejemplo más claro es el descubrimiento de América, la sorpresa de hallarse fuera de lo cotidiano hace a los seres humanos querer plasmar esa experiencia, relatar lo ajeno, lo impactante de la nueva realidad y a veces a través de la ingenuidad del viajero volverla fantasía. Como las primeras descripciones de los gorilas del África que los pintaban como seres que tenían la cara y las fauces en el estómago. Los manatíes que eran sirenas.
Muchas veces no basta con las fronteras impuestas por la realidad y la atmosfera del planeta, entonces el hombre viaja a mundos lejanos donde sólo las leyes del escritor imperan. A veces basados en sus conocimientos tecnológicos y científicos, otras por el puro placer.
Los seres humanos hemos viajado a la Luna desde mucho antes de la década de los sesenta del siglo pasado. Luciano de Samosata en el siglo II después de Cristo escribió la Historia verdadera donde narra un viaje a la Luna, de la misma manera Ludovico Ariosto en 1516, Cyrano de Bergerac en 1657, Francis Godwin en 1638 de manera póstuma, entre otros. Pero lo interesante es que esta forma de escribir también llegó a la Nueva España y lo más curiosos es que el primer escritor de Ciencia Ficción en nuestro país fue un fraile franciscano que vivía en Yucatán. Su nombre era Manuel Antonio de Rivas, el cuento narra la historia de un hombre que construye una nave para ir a la Luna; Onésimo Dutalon es el nombre del viajero, habitada por doctos seres católicos que desprecian a judíos y musulmanes por igual. Onésimo  que es un admirador de Isaac Newton construye su nave y tras probarla en viajes alrededor del globo terráqueo,  decide encaminarse hacia  la Luna, donde es muy bien recibido por los habitantes  y durante cuatro meses se pasea por todo el satélite, del viaje no se nos cuenta nada a excepción de que a consideración de Onésimo  la Luna debe ser el Paraíso descrito en la Biblia.
El relato tiene un título muy largo: "Sizigias, y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna, y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha Ciudad, y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la Península de Yucatán, para el año del Señor de 1775". Y fue publicado en 1777.
Manuel Antonio de Rivas, del que se sabe muy poco, era ya investigado por el tribunal del Santo Oficio, pues era un fraile poco común, crítico, conocedor de la ciencia de su momento y lector de libros prohibidos por la Iglesia. Tras la publicación del libro se le acusó de hereje y fue juzgado por el  tribunal eclesiástico, al final no se encontró ninguna falta en su libro y fue liberado. Cómo un presagio  y una ironía en el relato, Onésimo Dutalon tiene que llevar a cabo los experimentos con su nave escondido en las Islas Carolinas para evitar el fuego de la hoguera de la Inquisición.  

publicado en la Reista ATM de marzo de 2012
Foto: planetsforkids.org