martes, 7 de marzo de 2017

Cuatro virreinas de la Nueva España.




Estas mujeres acompañaron a sus maridos a la Nueva España, para bien o para mal, para honra o deshonra y así las recuerda la Historia.
Armando Enríquez Vázquez

En su extraordinario libro Virreyes y Virreinas de la Nueva España, Artemio de Valle-Arizpe se dedicó a describir en diferentes formatos narrativos el paso de aquellos que nombrados por el Rey de España y de las esposas que los acompañaron, a veces dejando una reputación envidiable entre aquellos a los que se suponía debían gobernar y en otras esa reputación no fue tan buena.
Por ejemplo, en septiembre de 1660 llegó a la Ciudad de México, con la encomienda de gobernar la Nueva España el Conde de Baños; Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, para representar al rey en estas tierras y con él como era de esperarse llegaron su esposa y sus vástagos. Resultó que el Conde era un verdadero mandilón, que no podía negarle nada a su media naranja que era una codiciosa y ambiciosa mujer de nombre Mariana Isabel de Leyva y Mendoza. Durante los cuatro años en que el Conde de Baños fue Virrey de La Nueva España, quien dirigió el destino, sobre todo en materia de impuestos, de la colonia fue la Virreina quien no solo buscaba incrementar la recaudación fiscal en beneficio propio, los abusos de este matrimonio, que incluía los negocios que la Virreina hizo con diferentes mercancías que ella se encargaba de vender y mandar a otras colonias, los hijos del matrimonio se divertían organizando escandalosas fiestas en el palacio virreinal, todo esto llegó a oídos del Rey Felipe IV quien molesto por el abuso del Virrey, mandó al Virrey una carta para abandonar el cargo y darle el título de Virrey al Obispo de Puebla. Pero Mariana Isabel se encargó de convencer al Virrey de destruir la correspondencia del Rey, haciéndose como si esta jamás hubiera llegado. Lo que sucedió en varias ocasiones hasta que no pudiendo ocultarlo más el Conde de Baños y temiendo la ira del monarca que amenazaba ya con castigos severos a su servidor, dio el cargo al Obispo de Puebla, al enterarse de la destitución del Virrey el pueblo se alzó en motines mostrando su desprecio ante la familia de Juan Francisco de Leyva y Mendoza y su descarada mujer que se enriquecieron a costa de los novohispanos, lo cual parece ser una pauta que se repite desde esa época fundacional de la nación. De acuerdo con lo escrito por Valle-Arizpe, la Condesa al llegar a España fue afectada por una enfermedad que casi la mató y al recuperarse entró a servir en un convento donde murió.
Pero no fue este la única virreina codiciosa, a finales del siglo XVIII y a pocos años del movimiento independentista llegó a México Don Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte, el 53 Virrey de la Nueva España nombrado por el rey Carlos IV, su esposa María Antonia de Godoy igual de codiciosa que el Virrey, quien se llevó de la Nueva España enormes cantidades de dinero y bienes para sus arcas particulares, burlando como tantos otros al rey y a los habitantes de la colonia. Para darse cuenta de esa codicia basta citar lo que Valle Arizpe cuenta de la codiciosa virreina quien al llegar a la Ciudad de México y ver la cantidad de perlas que exhibían las novohispanas en sus joyas, la mujer ideo la forma de despojarlas de ellas, organizó entonces una celebración para agradecer a la aristocracia de la Nueva España los diversos recibimientos que se habían hecho en su honor. La virreina acudió portando tan sólo corales como joyas y hablando de como en España las perlas habían pasado de moda y eran despreciadas por las damas de la corte, y de cómo la nueva moda eran los corales. Al día siguiente las novohispanas vendían sus perlas y compraban corales a agentes del virrey a los que se preparó para esta labor. Así la virreina y el virrey se hicieron no solo de las perlas de las novohispanas, sino que se adueñaron de su dinero al venderles corales a precio de oro.
Otra afamada virreina, con una actitud totalmente diferente, fue Doña Leonor Carreto, Marquesa de Mancera, esposa de Antonio Toledo y Salazar Marques de Mancera, quién curiosamente fue nombrado Virrey cuando aún estaba aún en el poder el malandrín de Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, en 1663. El Virrey Toledo llegó a la capital de la Nueva España en 1664. La fama de la Virreina se basa en que amante de las artes y de una vida de cultura, la Marquesa de Mancera fue mecenas de nuestra Sor Juana Inés de la Cruz y muchos incluso la quieren hacer su amante. Leonor Carreto hija del embajador alemán Marqués de Grana, fue parte de la corte de la reina Mariana de Austria y por tanto gozaba de tertulias y obras de teatro. Leonor Carreto fue una de las Virreinas, de hecho, la segunda en la historia en morir en tierras de la Nueva España. La Marquesa de Mancera murió en 1673, una vez terminada la encomienda de su marido y cuando el matrimonio regresaba a España en la población de Tepeaca, Sor Juana le dedicó tres sonetos mortuorios a quien había sido su benefactora, durante sus exequias en la Catedral de la Ciudad de México. En sus obras Sor Juana la identificó como Laura.
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
 los afectos que en vano te desean,
 los ojos a quien privas de que vean
 la hermosa luz que a un tiempo concediste.

Muera mi lira infausta en que influiste
ecos que lamentables te vocean,
 y hasta estos rasgos mal formados sean
 lágrimas negras de mi pluma triste.

Muévase a compasión la misma Muerte,
 que, precisa, no pudo perdonarte;
y lamente el Amor su amarga suerte,

pues si antes, ambicioso de gozarte,
 deseó tener ojos para verte,
 ya le sirvieran sólo de llorarte

La llegada de un nuevo virrey y su esposa en 1680, siete años después de la muerte de la Marquesa de Mancera. Al igual que Leonor Carreto, la nueva virreina; María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, princesa de Mantua, onceava Condesa de Paredes y Marquesa de la Laguna, tenía un gran gusto por las artes y de igual manera que su antecesora se convirtió en mecenas de Sor Juana Inés de la Cruz, quien también le dedicó varios poemas y surgió una amistad entre la virreina y la monja escritora, en ellos también decidió ocultar el nombre de la virreina con otro nombre y utilizó el de Lysi. La belleza de la virreina parece haber impactado a muchos incluida la monja y las visitas entre ambas mujeres fue motivo de murmuraciones de la misma manera que lo fueron los poemas escandalosamente eróticos, para la época y la siempre mojigata sociedad de nuestras tierras. Lo que a veces se duda de Leonor Carreto parece haber sido claro en la relación de María Luisa Manrique y Sor Juana.

Mi rey, dice el vasallo;
mi cárcel, dice el preso;
y el más humilde esclavo,
sin agraviarlo, llama suyo al dueño.

    Así, cuando yo mía
te llamo, no pretendo
que juzguen que eres mía,
sino sólo que yo ser tuya quiero.

    Yo te vi; pero basta:
que a publicar incendios
basta apuntar la causa,
sin añadir la culpa del efecto.

    Que mirarte tan alta,
no impide a mi denuedo;
que no hay deidad segura
al altivo volar del pensamiento.

    Y aunque otras más merezcan,
en distancia del cielo
lo mismo dista el valle
más humilde que el monte más soberbio,

    En fin, yo de adorarte
el delito confieso;
si quieres castigarme,
este mismo castigo será premio.
Fragmento de Mi Divina Lysi.

María Luisa Manrique abandono junto con su esposo el Marqués de la Laguna la Nueva España en 1686, tres años después ya en Madrid María Luisa Manrique se encargó de la publicación del primer libro de Sor Juana, eso deduce Octavio Paz, pues el libro aparece editado por uno de los hombres de confianza del Marqués de la Laguna, pero no precisamente un amante del arte. El título del libro fue Inundación Castálida, haciendo referencia a la fuente al pie del Monte Parnaso y donde los poetas supuestamente bebían la inspiración. María Luisa Manrique murió en Milán en 1721.
Baste ahora con hablar de estas cuatro que por lo visto fueron polos opuestos entre ellas, en otra ocasión hablaré de otras virreinas novohispanas. De acuerdo con la investigación de Antonio Rubial García Las virreinas novohispanas. Presencias y ausencias, únicamente 28 virreyes trajeron consigo a sus esposas a la Nueva España. Por lo que en cerca de tres siglos sólo 28 mujeres ocuparon este cargo. 

publicado en mamaejecutiva.net el 27 de febrero de 2017