jueves, 8 de agosto de 2013

Cautivas de Comanches y Apaches.





Olvidados como la historia del norte del país, miles de mexicanos fueron cautivos de los grupos nativos de la región. Estas son dos historias de mujeres que vivieron entre los comanches.

Armando Enríquez Vázquez.


Nuestra historia tan centralista como el resto de los diferentes aspectos de nuestra cultura, se olvidó del Norte del México hasta el alzamiento de los revolucionarios a principios del siglo XX, es cómo si antes de eso nada hubiera pasado en esa zona del país que a los españoles parecía inhóspita y de no tantos recursos explotables, los enormes territorios que durante la colonia se conocieron como la Alta Pimeria, La Nueva Vizcaya, El Reino de León, La Alta y la Baja California, La Nueva Santander, Texas, Coahuila y Nuevo México fueron divididos en Estados con la llegada de la Independencia y después en dos países tan diferentes que ni el mismo idioma comparten. Muchas de las ciudades del norte de México y del sur de los Estados Unidos, que pertenecieron a España y a México independiente, fueron asediadas y destruidas constantemente por Apaches, Comanches, Mescaleros y Utes, entre otros.

Al atacar a las poblaciones mexicanas, los pueblos indígenas no sólo causaban muerte, si no que tomaban a civiles como cautivos. Pocas son las historias y relatos de estos hombres y mujeres a los que se les obligó a vivir con culturas diferentes a la materna. Durante el siglo XIX, un pastor metodista de nombre John Jaspers Methvin recopiló los testimonios de tres de estos cautivos, dos de los cuales pertenecen a mujeres mexicanas que vivieron cautivas de los Comanches.

De Francisca Medrano se sabe que fue raptada en 1835,  de la casa de sus padres en Nuevo México cuando tenía tan solo cuatro años de edad. En el ataque murieron todos los adultos que habitaban la casa, y Francisca junto con una hermana y un hermano fueron llevados a vivir con los comanches en  diferentes comunidades. Francisca jamás volvió a saber de sus hermanos. Los siguientes años fueron de arduas labores, Francisca fue tratada como una esclava; cargaba leña, agua y hacía diferentes labores. Después Francisca fue vendida a la etnia Kiowa, quienes la casaron con un guerrero y tuvo tres hijos. Tanto el marido como los hijos murieron y Francisca fue vendida de vuelta a los Comanches. Se casó por segunda vez, esta vez con un comanche, con quien tuvo una hija de la que únicamente se conoce el nombre: Margarita.

Treinta y cuatro años después de haber sido raptada Francisca llegó a Wichita, en Kansas, donde el gobierno de los Estados Unidos comenzaba a administrar las reservaciones para las naciones nativas. Pero dentro de las leyes americanas se contemplaba también la reinserción en la sociedad de aquellos y aquellas cautivos que quisieran regresar a la vida civilizada. Francisca fue una de las personas que se acogió a la amnistía para los cautivos. Renunció a las costumbres y religión de los Comanches. Su marido indígena quiso reclamarla, pero un joven desertor español de nombre Abilene, la defendió, para finalmente casarse con ella. Francisca tuvo otros tres hijos y quedó viuda en 1895 y murió a los 100 años en 1931.

Otro caso es el de una mujer conocida como Tomassa, que nació en México y fue raptada por comanches en territorio mexicano, se cree que Tomassa nació en 1841. Años después, Tomassa fue canjeada por sus captores y entregada a una familia rica, por el gobierno de nuestro país, en calidad de sirvienta al no ser reclamada por nadie. Pero Tomassa no aguantó los malos tratos y los trabajos a los que la familia la expuso y en compañía de otro niño que estaba en las mismas condiciones que ella, escapó en busca de su familia comanche. Se cree que en ese momento Tomassa contaba con unos doce años de edad. Los niños robaron un poco de alimentos y un caballo que a la postre les sirvió también para alimentarse en las zonas desérticas. Finalmente, Tomassa pudo encontrar a su familia comanche. Tomassa fue una mujer rebelde incluso dentro de la sociedad comanche y en su momento rehusó el matrimonio que le habían concertado. Tomassa se casó son un mestizo de sangre Cheroque, que se llamaba Joseph Chandler, dueño de un rancho y que pagó al padre comanche de Tomassa tres dólares y unas aves por la joven. Del matrimonio con Chandler, Tomassa tuvo cuatro hijos. Chandler murió y Tomassa se casó por segunda vez. Esta vez procreo a tres hijos. Con el tiempo se convirtió en defensora de los comanches, incluso de aquellos que no se sometieron a las leyes de los Estados Unidos. Aceptó la fe cristiana y sirvió al reverendo Methvin. Tomassa murió a los 55 años de edad y en su testamento pidió que se dejara descansar al caballo que había jalado por años de su carreta y que estaba cansado y viejo. Que se le alimentara de buena manera.

Estas dos historias contadas por Methvin omiten la parte de la vida en las comunidades comanches, las penurias y costumbres bajo las cuales las cautivas se vieron obligadas a vivir. Remarca la vida de mujeres que en algún momento de su vida decidieron reintegrarse a la vida de las que fueron secuestradas. Pero la realidad es que desde tiempos de la llegada de los españoles a territorio del norte de México y sur de los Estados Unidos, miles de seres humanos fueron hechos prisioneros por los pueblos de la región y su historia es muy poco conocida. Se sabe que también hubo quienes se integraron a las culturas que los secuestraron y adoptaron sus costumbres y formas de vida.

De cualquier manera Tomassa y Francisca Medrano, forman parte de una historia de nuestra nación que desconocemos y nadie nos quiere contar.

Publicado en thepinkpoint.com.mx el 5 dee Agosto de 2013
Imagenes:anthrocivitas.net