lunes, 3 de abril de 2017

Madame Calderón de la Barca la mujer que vio a México desde los ojos de una extranjera.




El más importante libro de viajeros en México del siglo XIX fue escrito por la esposa de un diplomático español cuya visión nunca dejó de sorprenderse con lo que vio en nuestro país.
Armando Enríquez Vázquez.

El descubrimiento de un nuevo país, de una nueva realidad, sobre todo cuando se habita por temporadas largas es algo que queremos compartir con familiares y conocidos, incluso hay quienes vuelven estas impresiones de viaje libros de viaje. Inevitablemente se comparan los usos y las costumbres propias con aquellas del país o territorio que es por una temporada, incluso para siempre, nuestra nueva casa. Esa mirada virgen invita o prejuicia a los lectores de aquellos lugares, mientras nos refresca y descubre aquello que para los ojos extranjeros resulta exótico, para nosotros es totalmente invisible por su cotidianidad; ese redescubrimiento de nosotros a través de los ojos de otro nos hace valorar o criticar lo que hacemos.
No cabe duda que una de las obras más importantes sobre la vida cotidiana en México durante el siglo XIX y posterior a la Independencia es el libro que Madame Calderón de la Barca publicó seleccionando algunas de las cartas que escribió a sus familiares a lo largo de su estancia de dos años en México. Esposa del Ministro plenipotenciario de España en México: Ángel Calderón de la Barca, la marquesa vio a México desde un lugar privilegiado.
Pero, ¿quién era esta marquesa de la aristocracia española? Curiosamente Madame Calderón de la Barca no era española, nació en Edimburgo, Escocia el 23 de diciembre de 1804 y su nombre era Frances Erskine Inglis. En la introducción a la edición de Porrúa, Felipe Teixidor argumenta que el nacimiento de Frances ocurrió dos años después, comparando la fecha en su acta de defunción y la edad que Madame Calderón de la Barca tenía al momento de su muerte. El padre de Frances murió en 1830 en medio de innumerables deudas. La familia entonces migró a Estados Unidos. En Boston la madre fundó una escuela para señoritas, cuya característica principal era el ser dirigido y atendido por puras mujeres. El colegio cobró gran popularidad y los mismo sucedió con las señoritas Erksine y su madre, que pronto hicieron buenas amistades dentro de los círculos de alta sociedad y de la intelectualidad de la ciudad. Entre las amistades de Frances estaba el historiador William H. Prescott quien fue el responsable de presentar a Frances con el español Ángel Calderón de la Barca, con el que Frances Erskine se casó en 1838.
Ángel Calderón de la Barca, era un diplomático liberal del gobierno español que, en 1839, fue nombrado ministro plenipotenciario en México. A finales de noviembre la pareja embarcó en Nueva York con destino a México y después de llegar a La Habana y pasar unos días en la capital cubana. El 18 de diciembre de 1839, los Calderón de la Barca desembarcaron en el puerto de Veracruz. Poco más de dos años después, el 8 de enero de 1842, la pareja se embarcó en Veracruz y regresó a Estados Unidos.
Durante su estancia en nuestro país Madame Calderón de la Barca mantuvo una abundante correspondencia con su familia, en especial con su madre, de la que en 1843, Frances o Fanny como dieron después en llamarla los españoles, seleccionó 54 cartas para crear uno de los libros más detallados y claros sobre el México cotidiano del siglo XIX, al que tituló: La vida en México durante una residencia de dos años en ese país.
El libro de la marquesa no sólo describió la Ciudad de México las costumbres, tradiciones y lugares de interés, también hizo retratos de muchos de los hombres de la vida política y social de México, como Lucas Alamán, Antonio López de Santa Anna, de quién pudo ver la transparente ambición y sus eternas ganas por tornar a la presidencia, Anastasio Bustamante y otros políticos y militares importantes en los libros de historia del país. Personajes como Bernardo Gaviño, el torero ídolo de la afición mexicana, mucho antes de que el futbol soccer llegara a tierras mexicanas. También escribió de otras zonas a las que viajó; Cuernavaca, Yautepec, Puebla, Tulancingo, Real del Monte, la hacienda de Tepenacasco y Huesca en lo que es hoy el Estado de Hidalgo, entre otros.
Los ojos de Madame Calderón de la Barca también se fijaron en los indígenas, en su forma de ser y en muchas cosas que por cotidianas pasaban desapercibidas a los ojos de los escritores mexicanos de la época:
“…una de las frutas más refrescantes, la tuna, que se da silvestre y en abundancia por todo el país. La primera vez que, descuidada, quise arrancarla de la planta, se me llenaron los dedos con las innumerables espinas que recubren su piel, y las cuales son muy trabajosas de sacar. Los indios son muy diestros en cogerlas y pelarlas. Hay la tuna verde y hay la roja; la última más agradable a la vista, pero ni la mitad tan sabrosa como la primera.”
En otra carta hace una lista de animales ponzoñosos de la zona de Morelos, desde alacranes y serpientes como la coralillo y la chicalina, hasta arañas:
“Hay además una hermosa araña roja y negra, llamada chinclaquili, cuya picadura produce dolores en todos lo huesos…existe también la tarántula y la casaempulga. La primera es una araña muy repugnante, de una gordura blanda, cubierta de una pelusa negruzca, y se cree que el caballo que la pisa pierde inmediatamente el casco, más esto requiere confirmación.
Y también describió especies que la maravillaron como los colibríes:
Estos pajaritos son de verde oro y púrpura, y tan mansos que, mientras escribo, se han posado dos de ellos en mis hombros y uno está parado sobre el filo de un vaso, sacando su larga lengua en solicitud de azúcar y agua,”
Criticó a la servidumbre indígena, los tachó de sucios, mentirosos y ladrones, pero fue más dura con los sirvientes extranjeros, quienes recién llegados a México, de acuerdo con el texto de Calderón de la Barca, anteponían el Don a su nombre y se sentían superiores a los mexicanos, algo que aun vemos con ciertos extranjeros llegados a nuestra patria. Incluso dedicó unos renglones a cosas tan nimias como el rebozo:
El rebozo mismo, tan gracioso y adecuado, tiene el inconveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos.”
Tras la estancia en México, el matrimonio regresó a Estados Unidos. En 1843, Madame Calderón de la Barca publicó su libro La vida en México. El libro fue menospreciado y maltratado por los intelectuales mexicanos.
Después de nueve años de residir en Washington, Ángel Calderón de la Barca, junto con su esposa, regresaron a España. Ángel Calderón de la Barca sirvió como ministro de la reina Isabel II, con el surgimiento de la Primera República, los Calderón se vieron en el exilio en Francia, es entonces cuando la marquesa se da tiempo para escribir un segundo libro, mucho más desconocido y olvidado, que La vida en México, al que título El agregado diplomático en Madrid, o escenas de la corte de Isabel II, que se publicó en 1856 en Nueva York y se atribuyó a un joven diplomático alemán que prefirió mantener el anonimato. La marquesa tenía que ser muy cuidadosa de no dar a conocer su identidad frente a los lectores, por no comprometer a Ángel Calderón de la Barca con sus puntos de vista de España y de la corte española.
En 1858, los Calderón regresaron a España y Ángel fue nombrado senador. Ángel Calderón de la Barca murió en 1861, y Frances convertida al catolicismo, unos años antes, se recluyó en un convento Bernardino en Anglet, de donde fue llamada por la reina que la nombró institutriz de la Infanta Isabel Francisca de Borbón, junto con la familia vivió las desventuras y andanzas de la familia real en el exilio y su regreso al trono español. En 1876, el rey Alfonso XII le otorgó el título de Marquesa.
Murió en Madrid el 6 de febrero de 1882.  La Marquesa Calderón de la Barca tenía 77 años de edad.




Todas las citas provienen de la edición de Porrúa de La Vida en México, traducido por Felipe Teixidor.


publicado el 27 de marzo de 2017 en mamaejecutiva.net
imagen: komoni.mx