lunes, 24 de abril de 2017

Juana Catalina Romero la empresaria mexicana del siglo XIX.




En el Istmo de Tehuantepec a mediados del siglo XIX surgió una importante empresaria que se forjó a si misma y que hoy es casi desconocida.

Armando Enríquez Vázquez

La historia oficial de México está construida y narrada a través de la sangre de hombres y mujeres que lucharon ciegamente para levantar y construir una patria, como si esa fuera la única forma de construir una nación; a partir de confrontaciones. Una historia de la que a muchos historiadores oficiales gustan de hacer un verdadero martirologio y en el que se resaltan únicamente las acciones de políticos, militares y licenciados corruptos, ávidos por el poder y capaces de saquear una y mil veces las arcas de México. Pero pocas veces cuentan las historias de éxito individual y mucho menos si estas son protagonizadas por mujeres y mucho menos si estas mujeres tienen un origen humilde como la mujer de la que me dispongo a escribir.
Poco se sabe del origen de Juana Catalina Romero, según fuentes basadas en el testimonio familiar, sin que esto sea comprobable con documentos, Juana Catalina nació en noviembre de 1837 en Tehuantepec, en Oaxaca. Sus padres se llamaron Juan José Romero, agricultor y quien murió siendo Juana aún una niña, y María Clara Egaña que se dedicaba a enrollar cigarros perfumados para su venta, actividad que tras la muerte de su padre Juana Catalina aprendió.
Cuando Catalina era una joven de cerca de veinte años, su belleza, garbo y personalidad eran legendarias; mestiza, con sangre zapoteca, parece haber llamado la atención de todos los hombres locales y fuereños. En plena intervención francesa, vendía sus cigarros entre las tropas de ambos bandos, que en diversas ocasiones ocuparon la plaza, pero en la medida de lo posible sirvió como informante de las fuerzas de la República. En esos años conoció a un joven militar destacado en Tehuantepec, llamado Porfirio Díaz.
La leyenda y la historia cuentan de la relación amistosa y amorosa que mantuvieron a lo largo de la vida ambos personajes y se dice que Juana Catalina en alguna ocasión prestó dinero al joven oficial republicano para pagar el sueldo de las tropas. Otras leyendas dicen que ya siendo Díaz presidente de la Nación, se preocupó por que el trazado de las vías del ferrocarril pasara exactamente por la casa de Juana Catalina, para facilitarle sus actividades comerciales. Algunos historiadores minimizan esta relación y sólo ven en ella una amistad que duró toda la vida de ambos personajes. Pero el poco tiempo que Díaz permaneció en la zona y lo perdurable de la amistad parecerían demostrar lo contrario. Entre otras historias y mitos locales sobre Juana Catalina se pensaba que era bruja, curandera y yerbera.
La venta de cigarros y otros artículos, junto con el ahorro de la mujer, le permitió abrir una pequeña tienda alrededor de 1867.  Gracias al obispo José Mora, Juana Catalina Romero, aprendió a leer, escribir y lo básico en materia de aritmética para administrar de manera correcta su pequeño negocio. Asimismo, los consejos y préstamo de un hombre llamado Juan Avendaño, que era juez y dueño de varios negocios en el pueblo impulsaron al crecimiento empresarial de Juana Catalina. Juana comenzó a llevar desde Veracruz tinte de añil, azúcar, piloncillo, entre otros productos, comerciando a su vez productos locales del istmo como el camarón y pescado seco.
Juana Catalina Romero era una mujer extremadamente inteligente y con el tiempo no sólo aprendió a comerciar con bienes y productos, su primer viaje más allá de las fronteras mexicanas fue a Cuba, su interés principal no era conocer la isla, ni su capital, era aprender sobre los desarrollos que los cubanos habían hecho en su cultivo de la caña de azúcar para implementarlos en México y de esta manea obtener azúcar de mejor calidad.
Obviamente su negocio había prosperado de tal manera que no se limitaba a una enorme tienda, si no a tierras donde Juana Catalina cultivaba su propia caña de azúcar. En cuanto a su tienda, no se limitó a llevar al istmo productos de los estados cercanos, sino que llevaba a Tehuantepec mercaderías desde la capital del país, incluso extranjeras. En sus tierras puso en práctica lo que aprendió en la isla caribeña, de donde además se había traído algunos brotes de caña habanera, lo que le permitió una mejor calidad en la producción de azúcar y aguardiente para comerciar.
Los esfuerzos de la empresaria se vieron recompensados también en el extranjero; en 1904 ganó una medalla de plata en la exposición mundial Purchase Exposition en San Luis Missouri por la calidad de su producto. En 1908 ganó el primer lugar en la exposición mundial de azúcar celebrada en Londres.
Además de su crecimiento como mujer de negocios, Juana Catalina Romero se preocupó por la educación de niñas y niños, financió de su propio de dinero un par de escuelas dirigidas por monjas y sacerdotes católicos, que no sólo sobrevivieron a su benefactora, sino que lo hicieron también a la revolución siendo parte de un legado, olvidado por la mayor parte de las autoridades e historiadores.
Juana Catalina Romero, a la que muchos en un principio llamaban Juana Cata, decidió conforme su importancia y capital fueron creciendo cambiar la forma de escribir su nombre por uno mucho más empresarial y moderno: Juana C. Romero. Murió el 19 de octubre de 1915, en la ciudad de Orizaba, Veracruz, mientras realizaba un viaje a la Ciudad de México para consultar a médicos sobre su salud. Tenía alrededor de 78 años.
Juana Catalina Romero fue sin duda una mujer ejemplar, que podría haberse utilizado como modelo para las generaciones posteriores, sin embargo, un pésimo ejemplo para una revolución fracasada que encumbró a hombres cuya única expectativa ha sido y es enriquecerse de los mexicanos a base de su ignorancia y dependencia de las dádivas que ellos les quieren dar. Pareciera que sólo su pueblo, Tehuantepec, recordó su existencia a lo largo del siglo pasado y una estatua de ella se encuentra en el centro del pueblo. Apenas en el centenario de su muerte los diputados locales de Oaxaca decidieron nombrar a Juana Catalina Romero como benefactora de Tehuantepec. Un reconocimiento muy menor para la gran mujer y el ejemplo para mexicanas y mexicanos que es esta gran oaxaqueña.

publicado el 18 de abril de 2017 en mamaejecutiva.net
imagen: mrtravelbymexico.com