miércoles, 28 de febrero de 2018

Sí estamos tan bien, ¿por qué estamos tan mal?



El discurso oficial del bienestar de la nación en un sexenio de corrupción, impunidad y de una justicia sesgada comienza a desmoronarse ante la realidad.

Armando Enríquez Vázquez

De acuerdo con las cuentas alegres y los datos vacuos que tanto presume Enrique Peña Nieto, la situación del país es perfecta, esa visión del fatuo político y su círculo de asesores es totalmente diferente para el resto de la ciudadanía. La percepción en Palacio Nacional y la realidad que vivimos el resto de los mexicanos y miden diferentes organismos nacionales e internacionales no son la misma, ni siquiera son parecidas.
El sexenio con mayor número de empleos, con reformas estructurales, con crecimiento, con inversión en salud y educación como lo presume el gobierno federal en cada uno de sus promocionales, tiene una realidad que nos regresa a ese traje invisible que a lo largo de seis años ha vestido Peña Nieto y al andar desnudo sonriendo estultamente, pidiendo aplausos como comediante barato de Televisa, la realidad lo rebasa, todos los días y cada vez que abre la boca.
Una reforma energética que lejos, muy lejos de lograr combustibles y energía más baratos ha demostrado ser un negocio del gobierno que va desde la venta de los paquetes de explotación, distribución y comercialización de los bienes de la nación. La alianza descarada entre el PRI y el sindicato de PEMEX que convirtió por seis años más a Carlos Romero Deschamps en un corrupto intocable. Y el incremento en los precios de gasolinas, gas butano y gas natural que han hecho que este sexenio sea también el de mayor inflación en los últimos 18 años y la reforma no haya beneficiado a la ciudadanía.
Una reforma educativa que la propaganda ha inflado, cuando la realidad de los resultados de las pruebas internacionales y en las estadísticas de la OCDE muestran lo ineficientes que son y el rezago de los estudiantes mexicanos. En cuanto a la educación superior del país la política y los recortes presupuestales impactan de manera directa en el nulo crecimiento en la base de admisión de alumnos en las universidades públicas que por otro lado engrosan una nómina sindical ineficiente y corrupta como sucede en la UNAM y el IPN, por poner el ejemplo de las dos principales instituciones educativas del país y que mejor ni hablar de las universidades estatales cuya situación es totalmente desastrosa. La reforma educativa es burocrática y administrativa básicamente y nada tiene que decir o aportar a la deficiente educación que sufren los niños en México tanto en escuelas públicas como privadas. Una reforma que no encara los problemas esenciales de la educación en los tiempos de Internet.
Una reforma en telecomunicaciones que al igual que la energética parece más un negocio que una política de estado y también fallida porque se debió hacer 12 años atrás, cuando la propuso Fox y el PRI la boicoteo.
En la calle, en las carreteras y ciudades del país el crecimiento de la inseguridad y la guerra sucia que continua de manera silenciosa y complice la política de Felipe Calderón ha alcanzado el mayor número de mexicanos muertos en la historia moderna del país. Un país donde ni siquiera el Estado Mayor Presidencial se compromete a brindar seguridad al presidente en uno de los estados de la federación, es un país que ha perdido el rumbo, un país sin liderazgo.
Mientras se propone resolver esa incapacidad del gobierno con el uso irracional de la fuerza del estado, un estado en el que el presidente alaba el papel de ejército y marina en la lucha contra el crimen organizado, y que al mismo tiempo carece de un sistema judicial, por los mismos intereses del presidente, un sistema que a lo largo de los últimos seis años ha puesto de vuelta en la calle a grandes capos del narcotráfico y a pequeños narcomenudistas sin que a la cabeza del ejecutivo esto parezca preocuparle. El círculo vicioso que esto implica nuevos esfuerzos por parte de las fuerzas armadas que se desgastan física e institucionalmente, pero sobre todo frente a los ciudadanos que comienzan a descalificar su actuar y su efectividad.
En el sexenio de Peña Nieto el valor adquisitivo de los sueldos se ha desplomado como desde tiempos de los últimos presidentes de origen priísta, de Echeverría a Salinas y el inicio de Zedillo, no se veía. El peso se ha devaluado y la pobreza extrema ha crecido a pesar de la gran cantidad de empleos creados, de lo contrario no quiero imaginar.
Un gobierno que ha abusado del ejercito y la marina, también ha sido incapaz de acabar con los feminicidios, la trata de persona y la desaparición de menores. ¿Entonces de que habla Peña Nieto cuando habla de seguridad? ¿A que se refiere cuando pretende presumir estabilidad?
Estamos muy lejos de estar bien, los problemas nacionales son en realidad consecuencia de malos gobiernos incapaces de ser gobierno. Las listas de organismos internacionales muestran a México en los primeros lugares de corrupción, impunidad, asesinatos de periodistas, uno de los países más violentos del mundo, incluidos aquellos que se encuentran en guerra y entre los últimos en materia de educación y bienestar.
El país esta muy bien y sólo se necesita de algunos pequeños ajustes, de reformas estructurales o del amor incondicional de un líder, de acuerdo con los políticos de Izquierda derecho y las dos combinadas. La vista gorda, minimizar los problemas, deslinde de responsabilidades y el mesiánico perdón incondicional tapizan el camino infernal que todos los mexicanos debemos soportar. Ese mismo que adoquinan día con día políticos en funciones y aspirantes a la presidencia, con el arrogante desprecio que tienen todos hacía la ciudadanía o en su defecto el paternalismo trasnochado de otros.

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