jueves, 19 de marzo de 2015

Fanatismo.



Cuando hablamos de fanatismo, vivimos el dicho de la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.


Armando Enríquez Vázquez.

Hace unos días sin darme cuenta cómo, de pronto me vi en medio de un berenjenal con un tema relacionado con la religión. Hablar de diferentes interpretaciones religiosas en el México del siglo XXI puede ser aun un tema ríspido, lleno de supuestas verdades absolutas incuestionables.
Si el tema religioso se puede volver álgido en una mesa de amigos. ¿Qué pasa cuando estos argumentos son esgrimidos desde el poder o detrás del cañón de un arma?
Lo sucedido en las últimas semanas con la destrucción de restos arqueológicos en Siria, es una muestra. Es preocupante y una barbarie, pero no es algo ni extraordinario, ni nuevo para la humanidad. Hoy el mundo condena los actos de ISIS, como no se atrevió a condenar la actuación del ejército de Estados Unidos en Bagdad en 2003 cuando el saqueo del Museo Nacional de Irak y la quema de manuscritos y libros de la Biblioteca de aquel país.
El daño que hoy hace el Estado Islamista al patrimonio de la Humanidad es tan grave, como en su momento lo fueron la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, La quema de documentos mayas en Yucatán por el sacerdote Diego Landa, o la quema de libros orquestada por el ministro de propaganda Nazi Joseph Goebbels el 10 de mayo de 1933, o en 2013 la destrucción de libros en Tombuctú en Mali por fuerza extremistas musulmanas.
La historia de la Humanidad está llena de ejemplos donde el fanatismo religioso o ideológico ha destruido no sólo valiosos e irreemplazables objetos o libros, sino que se ha encargado, en el más grave de los extremos, de exterminar a millones de seres humanos de las maneras más crueles, por el hecho de no comulgar con las mismas ideas.
La intolerancia y el fanatismo parecen ser una de las características de los seres humanos, ya sea en actos íntimos y mínimos o en la movilización de las masas para ejecutar al puro estilo de Fuenteovejuna.
Por más civilizados, educados, tecnologizados que estemos nuestro fanatismo e intolerancia están presentes. Las actitudes de los ciclistas en la Ciudad de México, de los negros en Estados Unidos, de los anglosajones en el sur de Estados Unidos, de católicos y cristianos en el mundo, de los judíos en Medio Oriente, de los Extremistas musulmanes en África, son todos niveles del mismo asunto.  
Somos capaces de insultar, denigrar, torturar y eliminar a cualquiera que no piense como nosotros; la Santa Inquisición, los progroms rusos, los campos de exterminio en Cambodia y las matanzas de Tutsis por parte de los Hutus en Ruanda son manifestaciones del mismo fenómeno, de la misma tragedia, del humanismo latente que corre por las venas de todos y cada uno de los Homo sapiens.
Estas afirmaciones parecen una justificación de la barbarie, una cínica capitulación a favor de las que celebramos en llamar voces irracionales, emisarios de algo que muchos definen como oscurantismo. Nada más alejado de ello esta reflexión intenta rescatar la idea de que la indignación por la destrucción de cualquier obra humana, jamás puede estar por encima del horror ante la supresión de la vida por el simple y sencillo hecho de pensar diferente, de creer en dioses, metas y objetivos diferentes, por ser la minoría o mayoría que no controla los elementos del poder, pero hay que ser cuidadosos porqué tampoco se puede llegar al otro extremo donde las minorías envalentonadas discriminen a la mayoría que reconoce y respeta sus derechos.
Creer es un acto de fe en el que la razón no tiene nada que ver y a pesar de ello en innumerables ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad la razón ha querido cuadrar con la fe y viceversa, porque los actos de fe se dan no solo dentro de las religiones sino dentro de las ideologías también. Se han creado sofismas casi perfectos donde la razón y la ciencia parecen coincidir, pero cuyas bases son tan endebles que fácilmente se tambalean y se pierden.
La voz popular y salomónica nos  dice, a Dios lo que es Dios y al César lo que es del César. A pesar de ello nos complicamos por ser y querer ser un mosaico de ideas y sentimientos empeñados en condenar, juzgar y pasar la sentencia en los actos de los demás como un rasero universal.
Muchos fanáticos son criminales; asesinos, terroristas, miembros de un estado o de una organización. Hombres y mujeres que torturan y violentan a sus semejantes. Hay otros muchos otros fanáticos que únicamente tratan de vivir a la altura de su fe sin ofender, ni lastimar a nadie.
Una vez más como grupo social quedamos frente a un dilema ético cuando señalamos a otros seres humanos por pensar diferente, no nos damos cuenta de nuestra hipocresía. El hecho de que Obama, Hollande o Rajoy se expresen de la manera en que lo hacen del extremismo musulmán al tiempo que olvidan o peor aún desconocen el papel preponderante que las acciones que sus países tuvieron y todavía tienen en el maltrato y denigración de las poblaciones musulmanas entre otras lo comprueba.
La democracia se convierte entonces en un pretexto para intervenir y obligar a los otros a pensar como los líderes del mundo están convencidos en su dogma que debe ser el quehacer y el deber ser de los demás pueblos, como en su momento lo fue la palabra religión en occidente y lo continua siendo en grandes regiones de nuestro planeta.

Hablar de religión y de utopías como decían las abuelas no son temas de sobremesa, pero a  final de cuentas, casi ninguno lo es.

Publicado por blureport.com.mx el 13 de marzo de 2015
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