jueves, 9 de febrero de 2017

Catrinas publicitarias, nuevo icono del día de muertos.




Durante años la celebración del día de los muertos, una de las tradiciones más mexicanas que existen, era ignorada por la publicidad. Entonces surgieron las curvihuesudas Catrinas.

Armando Enríquez Vázquez

El término Catrín y por extensión el de Catrina, hacía referencia en tiempos de la Revolución a las personas presumidas y con dinero.
Hoy las podemos ver en películas de animación, en fiestas y desfiles y de unos años para acá hasta en la publicidad. Recuerdo unos promos de TV Azteca, la extraordinaria campaña de cerveza Victoria del año pasado, y ahora hasta La Costeña se sirve de mujeres maquilladas de calaveras para promocionarse en estas fechas, sólo por mencionar algunas catrinas memorables.
Durante años la celebración del día de los muertos, una de las tradiciones más mexicanas que existen, era ignorada por la publicidad, en el mejor de los casos estas fechas eran aprovechadas por las tiendas de autoservicio y los fabricantes de dulces para llamar la atención sobre la más comercial y redituable celebración del Halloween al estilo de Estados Unidos donde niños piden dulces a manea de soborno para no cometer un atentado contra la casa donde se piden los dulces.
La publicidad a la tradición nacional se daba dentro de los noticieros con diferentes notas de color o cobertura de lugares como Pátzcuaro o Mixquic. En el mejor de los casos en las vidrieras de las panaderías donde los dueños dibujaban calaveras en situaciones graciosas, al menos eso pensaban ellos, para promocionar el producto de temporada; el pan de muertos.
Pero dentro de la tradición mexicana por celebrar a la muerte y honrar a aquellos que se nos adelantaron en el camino, frase que siempre se me ha hecho una más de esas formalidades con las que los mexicanos tratamos en vano de suavizar hechos y actos de una manera servil anterior a todo eso que se llama políticamente correcto, sirve para compartir un espacio de meditación y convivio con nuestros fantasmas, aunque sean los mentales. En esa falta de respeto a la muerte que tanto se dice que tenemos los mexicanos, convertida en un acto que a pesar de lo colectivo permanece como momento de gran intimidad. Lejos del abrumante mundo de los vivos.
En algunos museos comenzaron a ponerse altares dedicados a ilustres y héroes locales a mediados de la década de los ochenta. La tradición comenzó a ser nuevamente algo que se veía orgullosamente como parte de nuestra cultura y no sólo algo que comenzaba a desaparecer como muchas otras tradiciones del México antiguo y rural que se despreciaban.
Hasta hace poco, la fecha carecía de una intención comercial. Pero hoy, más allá de la existencia a lo largo de casi todo el año de pan de muerto en diferentes establecimientos, gracias a la mirada siempre distorsionada y sorprendida de gringos y europeos, nuestra celebración comienza a tener tintes de una fiesta nacional de magnitud similar a la Independencia, sobre todo en ciertas zonas de la República. La Muerte que nos pela los dientes en el amplio y doble sentido de la frase, ha pasado del papel picado o de las tradicionales calaveritas de azúcar, amaranto o chocolate a convertirse en una nueva especie de producto mercadológico, como Santa Claus, sobretodo en la personificación y repetición de las Catrinas.  El extremo mayor lo tenemos cuando imaginamos a la muerte como una hermosa y curvihuesuda Catrina a la que con más que placer seguiríamos tratando de seducir y llevarla mejor nosotros a nuestros terrenos.



La primera Catrina y a la que siempre hacemos referencia es la del grabado de José Guadalupe Posadas, a la que el talentoso grabador hidrocálido llamó: La Calavera Garbancera, el personaje de Posadas llevaba ese nombre porque esa era la manera despectiva con la que se llamaba a los que renegaban de su origen mexicano y pretendían pasar por europeos, lo que en otras épocas se ha llamado nuevos ricos, o wanabees, esa parte de los mexicanos que tenemos todos, en mayor o menor grado y que describimos también como malinchismo. Muy probablemente lo de garbancera haya surgido de qué a diferencia de los muy mexicanos frijoles, los garbanceros preferían en ese afán de menospreciar lo mexicano, comer la leguminosa que los españoles trajeron a nuestro país.
Años después al pintar su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, Diego Rivera tomó al personaje de Posadas y cubrió la osamenta con elegante ropa, pero mantuvo el emplumado sombrero de principios de siglo que coronaba el cráneo de la calavera en el grabado de Posadas.
Hasta hemos visto finalmente a esa Catrina convertirse en especie de heroína y semidiosa en la película animada del animador mexicano Jorge R. Gutiérrez y producida por Guillermo del Toro El libro de la vida.



Creada hace ciento seis años, La Calavera Garbancera, calaca burlona y crítica que portaba un pretencioso sombrero de plumas, ha evolucionado hasta esas huesudas de apetecibles carnes de la Cerveza Victoria que llenaron los parabuses de la Ciudad de México el año pasado, en una muy inteligente y brillante campaña publicitaria.
Este año una tímida y sonriente catrina se asoma en los espectaculares de La Costeña, como si representara a la recatada y moralista clase media social, en oposición de los excesos de las catrinas que enseñaban parte del esternón y del fémur promocionando la bebida alcohólica. ¿No habría sido más congruente con la marca y menos patético, que La Costeña mostrara a una familia de catrinas y catrines sentados junto a una fosa compartiendo sus productos con sus vivos?
Las tradiciones mexicanas del día de muertos reviven y se reinventan, sincretizan la parte oscura del Halloween y han convertido la celebración mística en el carnaval y desfile que vivimos este fin de semana en la Ciudad de México. Lleno de catrinas de este y del otro mundo que amenazan con llevar la fiesta hasta el más allá.

publicada el 31 de octubre de 2016
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