miércoles, 28 de enero de 2015

Leer en el metro.



Una edición para que los usuarios del metro lean de boleto en los intolerables trayectos del sistema es una de las promociones más acertadas e ingenuas de las autoridades.
Armando Enríquez Vázquez
Desde el triunfo de la Revolución uno de los anhelos de los gobernantes es que los mexicanos lean. Desde la tiránica y arrogante visión de José Vasconcelos que pretendía que los campesinos mexicanos pasaran del analfabetismo a leer sin decir agua va a Platón y Aristóteles, hasta los muy importantes esfuerzos envueltos en esa inocencia que raya en lo absurdo de los compiladores de los libros de texto gratuitos de español que en su afán paraque los niños aprendieran a leer, estoy hablando de hace más de treinta años, olvidaban poner en contexto al autor, lo que hacía que en nuestra infancia supusiéramos no sólo qué Espronceda y José Juan Tablada estaban vivos, sino que eran vecinos de cubículo en las oficinas donde se redactaban los libros. Algunos lo seguirán pensando.
Ferias del libro van y vienen. Cada año se regalan libros en el día internacional del libro, campañas de promoción de la lectura y la verdad es que, al menos en la ciudad de México, la gente cada día lee un poco más. Muchos mexicanos leen en el transporte público, en los parques.
La tradición de editar desde el gobierno ha continuado, la SEP cuenta con una dirección de publicaciones. Qué muchas veces carece de la difusión de otras áreas del gobierno federal, pero que lleva a cabo una labor importante. Pero el gobierno del Distrito Federal desde la llegada de los perredistas hace casi veinte años se ha preocupado por promover la lectura, editando y regalando libros.
Recuerdo durante los años de Cuauhtémoc Cárdenas, largas filas en el Zócalo para hacerse de una copia de obras de John Reed y José María Remarque. Alguna vez encontré en Internet una serie de libros electrónicos que se publicaron bajo la supervisión de Paco Ignacio Taibo II auspiciados por el gobierno de López Obrador.
Ahora parece que para sobreponerse a esa experiencia traumática y engorrosa que es moverse en nuestra ciudad en Metro las autoridades del Distrito Federal y el nefasto director del Sistema de Transporte Colectivo Metro han decidido promover la lectura.

Hace unos cuatro meses en una de las estaciones de la línea 12 un grupo de jóvenes con chalecos del GDF repartían un singular cuadernillo que contenía un poema de César Vallejo. Mas diseño que material de lectura, la tira con el poema de Vallejo era repartido por los jóvenes a todos los usuarios del Metro. Ya en los vagones la gente se olvidaba de la curiosa tira de papel y la guardaba más como una curiosidad que como material de lectura. 
La semana pasada al entrar al Metro en una estación de la línea 3, descubrí por primera vez en un librero, más bien una estantería plana, con muchos libros esperando que los usuarios los tomaran para leer durante su viaje en Metro. El libro editado en el peor papel del mundo se titula: Para leer de boleto en el metro y al parecer es el segundo volumen. Un joven parado frente a la estantería invitaba a tomar un libro leerlo y devolverlo antes de salir de la siguiente estación para que un nuevo usuario del metro pudiera leer durante su vía crucis en los túneles del Metro. Una vez tomado el libro, el joven obsequiaba al usuario un separador de hojas, lo que resulta contradictorio con la idea comunitaria e itinerante del libro.
La propuesta es loable, desgraciadamente ingenua. Lo más interesante del libro es que es una antología básicamente de autores contemporáneos importantes y muy atractivos para el lector; Jorge F. Hernández, Elmer Mendoza, Gerardo de la Torre, Cristina Pacheco, Luis Humberto Crosswhite, entre otros. Nada de autores pretenciosos que ahuyenten al lector.
Los textos breves cumplen la promesa del título y se leen muy a gusto durante el trayecto, siempre y cuando, se encuentre un sitio para sentarse, no tenga uno al lado uno de esos vagoneros que más que ciegos parecen sordos con su bocinita a todo volumen tocando a Leo Dan, Narco corridos o los éxitos del Rock. Si uno es buen lector puede terminar el libro en un solo viaje, gracias a las paradas eternas y constantes de los convoys.



Pero, aquí viene lo interesante, al terminar mi trayecto no encontré una estantería en la estación que marcó el fin de mi recorrido. Al parecer no todas las estaciones la tienen. Así que el libro me acompañó por a lo largo del día en mis actividades. De esta manera puedo imaginar muchos libros viajan hasta la casa del usuario y ahí se quedan.
De regresó a mi punto de partida noté que no había ningún libro ya en las estanterías y en cuanto dejé el ejemplar que traía en ella, un hombre lo tomó, sonrió y se dispuso a disfrutarlo. No he vuelto a ver un libro en las estanterías, lo que quiere decir que la gente se lleva el libro a casa. No está mal, siempre y cuando lo lean y no lo tomen porque sea gratis aunque lo arrumben en un rincón.
La idea de que los capitalinos podamos compartir libros en una de las peores experiencias que tenemos a lo largo del día es buena, ahora habrá que acostumbrarnos a compartir. Lo ingenuo también es que se imprimieron 200, 000 ejemplares del libro, lo que sí bien nos dice que por deafault es ya un best seller, en México las ediciones por lo general son de 5,000 ejemplares. Pero el número resulta ridículo para la cantidad de personas que utilizan el metro, el cual se calcula en más de cuatro millones y medio de viajes al día.

publicado el 19 de enero de 2015 en thepoint.com.mx