viernes, 6 de febrero de 2015

El voto ¿castigo o arma?



¿Cuál es el sentido de nuestro voto, su significado e importancia?

Armando Enríquez Vázquez

Durante la década de los noventa en México se habló hasta el cansancio del voto de castigo y la mayor parte de las veces los columnistas y políticos se referían a él como un manazo a los políticos, sobre todo a los del PRI por su mal desempeño, a manera de una irracional pero comprensible actitud de los ciudadanos el electorado votaba por la oposición. De esta forma un sistema que no ya no funcionaba descalificó a todos aquellos que votaban en su contra y desfachatadamente justificaban su incapacidad para gobernar y su corrupción desmedida.
Para estos ingenuos, la mayor expresión de este “voto de castigo” fue la derrota del me dijo mariquita Francisco Labastida por Vicente Fox. Las caras largas y el llanto tras bambalinas de aquel 4 de julio de 2000 culparon a esos malagradecidos mexicanos a los que habían robado y violentado por más de setenta años por castigar al PRI con su voto. De acuerdo con este criterio existen muchos, sobre todo priístas, que aún creen que las elecciones de 2000 y 2006 no las ganó la oposición, si no que las perdió el PRI.
El voto no es un castigo, es una decisión del elector. La posibilidad de deshacernos del cinismo político frente a la corrupción, la impunidad y los crímenes de estado. Desgraciadamente hoy en México las opciones para votar están reducidas a corruptos, cínicos y asesinos de todos colores e ideologías que sólo maquillan con demagogia utilizando aquello que creen que a los mexicanos nos gusta oír. 
Desde hace algunos años la idea de anular el voto se ha convertido en manzana de la discordia entre muchos sectores de la sociedad.
Lejos de fomentar el abstencionismo, ese silencio cómplice, para muchos el voto nulo tiene como objetivo el demostrar que no estamos de acuerdo con las opciones que los partidos políticos imponen en nuestras boletas. En México las precampañas son sólo una serie de genuflexiones al interior de los partidos políticos por parte de los aspirantes, sin tener en cuenta al electorado y mucho menos sondear su sentir, como se hace en las precampañas de otros países.
Las campañas se convierten en una carrera contra tiempo para terminarse el dinero asignado a cada campaña, en basura que se acumula en nuestras calles y por la que el partido Verde no ha pagado por las consecuencias de tanto plástico con los candidatos de su partido en el ambiente.
Para otros, anular el voto es una especie de capitulación, una extensión en casilla del abstencionismo, que permite a otros decidir por aquel que anuló el voto. Es una postura baladí entre la rebelión y la complicidad silenciosa.
La semana pasada recibí un correo-cadena promoviendo la anulación del voto bajo el argumento de que un veinte por ciento de las boletas de una casilla es de votos anulados, la votación en esa casilla se debe anular, con el veinte por ciento de las casillas anuladas se anula un distrito y con el veinte por ciento de los distritos anulados la elección a nivel nacional debe ser anulada. Sin embargo la nueva ley en materia electoral promulgada el año pasado a raíz de la reforma política, no dice nada al respecto. No existe mención alguna a la cantidad de votos nulos que pueden invalidar una elección.  Ni el INE, ni el Tribunal Electoral ponen un número de boletas anuladas como causal de nulidad. Si bien es cierto que el veinte por ciento de casillas anuladas en un distrito anula la elección en ese distrito, no se dice nada acerca del veinte por ciento en una casilla o a nivel nacional. Lo que resulta bastante lógico puesto que bastaría con que las elecciones del Distrito Federal y el Estado de México se declararan inválidas para anular la de todo el país.
Los diputados y senadores son ineptos, serviles, ambiciosos, mezquinos pero no son idiotas, jamás aprobarían una ley que de forma tan sencilla pusiera el poder en la ciudadanía. Que atentara en contra de su forma de vida. En México la democracia está secuestrada por un grupo de supuestos políticos y las instituciones desde las que afianzan su permanencia en el poder. Hoy de una manera por demás absurda es más difícil ser candidato independiente que fundar un partido político, lo que evidencia la falta de democracia en nuestro país y el circulo viciosos de corrupción que existe en el sistema. Recordemos que una vez reconocidos los nuevos partidos políticos el año pasado y habiéndoles otorgado el registro, el INE procedió a multar a uno de los nuevos partidos por comprar los votos para su registro. ¿No es eso más sospechoso que el hecho de que un ciudadano común y corriente quiera servir a su país sin tener que portar los corruptos colores de nuestra democracia?
El voto es la posibilidad legal, pacifica que tiene el ciudadano para elegir a sus representantes. Desgraciadamente los políticos mexicanos y los partidos a los que representan piensan que votar es un trámite molesto y engorroso para mantener su monopolio en el poder.
Se nos ha hecho creer que la llamada clase política tiene una manera diferente de ver y pensar del ciudadano de a pie, que surge de una instrucción, de una preparación. Hoy nos burlamos del futbolista que aspira a la política, o del ciudadano que trabaja como payaso, como si estos simples hechos los definieran como incapaces de tener una ideología. No hay que olvidar que si algún partido fue promotor de actrices y actores, de deportistas y comunicadores para convertirlos en mantas para ganar votos fue el PRI. ¿Quién nos hizo creer que personajes egocentristas y ávidos de hacerse de riqueza como Silvia Pinal, tenían un pensamiento político?
Dentro de ese juego perverso de complicidades en el que nos encanta quejarnos de los políticos llevados de la mano por casi todos los medios de comunicación y sus lectores de noticias, resulta paradójico que objetemos a todos aquellos que manifiestan sus aspiraciones políticas y que no están apoyados por uno de los tres partidos mayoritarios o presumen de una carrera politica.
El problema no es sí aquel que pretende sentarse en un escaño o curul, en la silla de un gobernador o del presidente de México, se ha dedicado a actividades diferentes a la política. Lo importante, lo relevante son las ideas y vocación para llevar el país a un mejor puerto.

El voto no debería ser visto como un castigo o como un arma. Es a final de cuenta un derecho y una obligación ciudadana. Como tal podemos ejercerlo votando por un partido, por un candidato independiente o anulándolo. Lo importante es que el resultado de ese voto no sea tomado a la ligera por aquellos que se creen políticos y ejercen desde puestos de elección popular. Es qué aprendan a escuchar a los 110 millones que representan, algo que como escribió The Economist la semana pasada no se dan cuenta de que no se dan cuenta.

publicado en blureport.com.mx el 30 de enero de 2015
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