domingo, 30 de agosto de 2015

Educación.



Durante la última década el discurso de la educación en nuestro país se ha centrado en la guerra que sostienen dos grupos sindicales y el gobierno. Los alumnos son lo de menos.

Armando Enríquez Vázquez.

Inicia un nuevo ciclo escolar y pronto, muy pronto diferentes razones, motivos y pretextos comenzaran a obligar a los alumnos a dejar pupitres y aulas vacías en todo el territorio nacional.
Durante la última década el discurso de la educación en nuestro país se ha centrado en la guerra que sostienen dos grupos sindicales y el gobierno. Un asunto de poder y dinero que inició el PRI en 1992 cuando el entonces gobernador de Oaxaca Heladio Ramírez López cedió la educación y el dinero destinado al gobierno a la CNTE. Claro, Ramírez López, como los líderes de la CNTE, vive en los lujos emanados de la corrupción y la incapacidad de gobernar, al igual que muchos de los gobiernos estatales, locales y federales emanados de ese partido.
Pero dentro del panorama real de la educación de niños y jóvenes mexicanos se escapa el verdadero asunto a resolver; la elevada deserción de estudiantes que año con año llena los hogares y calles de nuestro país de jóvenes sin estudios y sin vocación. Jóvenes que no encontraron en las escuelas una respuestas a sus inquietudes y otros muchos que por problemas de dinero tienen que abandonar las escuelas privadas, que muchas veces son caras y malas, instituciones que han funcionado a lo largo de décadas para eximir al estado mexicano de la obligación constitucional de dar a los mexicanos una educación gratuita y laica de calidad, y para tapar todos los complejos de inferioridad y clasismo de muchos padres mexicanos que decidieron en la décadas de los cuarenta del siglo pasado desconfiar del estado, para poner a sus hijos en manos de una educación privada que en ese entonces era muy elitista.
Seiscientos cincuenta mil jóvenes abandonan la educación media superior anualmente, lo que es sólo una consecuencia de la ineficacia de las políticas de gobierno en materia de educación. Casi dos millones de jóvenes en este sexenio de reformas estructurales se encuentran en las calles trabajando en el mejor de los casos en empleos que jamás satisfarán sus necesidades básicas. Jóvenes que en muchas ocasiones repiten círculos de pobreza, que en otras se unen al crimen organizado y al desorganizado. Jóvenes que se vuelven albañiles, jornaleros, operadores en maquiladoras a lo largo y ancho de un país donde la esclavitud aún existe y se propaga, donde la trata de personas está retratada a diario en los spots de la alerta Amber y los carteles de CAPEA y la PGR que vemos por montones en las estaciones del Metro y Metrobús.
A esos seiscientos mil muchachos y muchachas que abandonan la escuela hay que sumarle a los que lo hacen desde antes, que no concluyen la primaría y a los que lo harán después cuando las universidades e institutos de educación superior les nieguen la entrada solamente por el hecho de no tener cupo, cuando el gobierno no se ha preocupado a los largo de muchos sexenios en aumentar los presupuestos educativos en nuestra nación. Cuando el presupuesto destinado a educar, como muchos otros, se destina a pagar una ineficiente burocracia compuesta de personajes administrativos que nadie conoce o de maestros con dobles y triples plazas como ya ha sido demostrado por diferentes medios a lo largo de estos años.
Si bien es cierto que los maestros son una de las causas principales del problema, lo son tanto en el ámbito de la educación pública, como en el de la educación privada. La razón principal se encuentra en el rechazo a las actualizaciones, porque más allá del trillado asunto del apostolado educativo, los maestros tienen un profundo rechazo a actualizarse, a emprender acciones de educación y mejora continua, como lo tienen las autoridades federales y los directores y miembros de juntas directivas de las instituciones privadas de educación.
La reforma educativa planteada por el Peña Nieto, es una reforma burocrática llena de buenos deseos, una reforma que pretende por un lado que entre más permanezca un niño o un joven en una escuela, más aprenderá. Lo cual en su mismo origen no es más que una falacia, puesto que por más horas e interés que muestre el alumno en permanecer en la escuela, de nada sirve si el profesorado sigue siendo el mismo. Esa misma reforma no dice nada de la inversión que el estado debe hacer en educación, México es el país miembro de la OCDE que menos invierte en educación, curiosamente el gobierno anuncia en radio y televisión el apoyo económico a jóvenes emprendedores, y se gastan palabras huecas en discursos demagógicos hablando sobre el futuro de México y el de los jóvenes en un país que de otra manera no invierte y no cree  ni en sus jóvenes, ni en el futuro del país.
Muchos maestros, tal vez, están interesados en brindar la mejor educación a sus alumnos, pero nadie les ha advertido que los niños y jóvenes tienen intereses y herramientas nuevas en estas épocas, los maestros necesitan una educación continua que los ponga al tanto de las realidades virtuales que tienen al alcance de la mano y que como herramientas muchas de ellas han sido probadas con éxito alrededor del mundo. Internet no existe para enviar correos a los padres, ni guías de estudio exclusivas del plantel, como tampoco se limita a la visión de nota roja que se populariza en nuestro país y pretende con ello negar una realidad irreversible.
La reforma debe preguntarse ¿cómo mantengo a todos esos jóvenes y niños en los salones de clase?  ¿De qué manera se puede crear un sistema educativo que enseñe al alumno a ser proactivo y no a rechazar, todo aquello que sea conocimiento por el argumento que estudiar es aburrido? ¿Cómo impulsar la lectura y la investigación en los jóvenes?
Si la SEP cuenta con pedagogos, lo desconozco, pero supongo que los que emplea son el producto exacto de la educación actual en nuestro país, burócratas inmóviles que viven para tener un sueldo, que desconocen que pasa en las aulas de clases y en el mundo exterior a la burocracia y grillas políticas que también se dan en las dependencias gubernamentales.
Los esfuerzos de promoción a la educación de los mexicanos que fueron tan importantes para un grupo de hombres y mujeres antes, durante y en los primeros años después de la revolución. Impetuosos y optimistas que planteaban desde llevar a los filósofos griegos a los campesinos hasta crear instituciones tan importantes en nuestro país como el IPN, o las olvidadas y descartadas escuelas socialistas en el golfo y sureste de la República. Crear las suficientes escuelas técnicas para que en México todo mundo tuviera un oficio digno y redituable, hasta el esfuerzo de llevar la educación a todos los rincones del país con la Telesecundaria, se han desvanecido ante un asunto que se reduce a una pelea vil por el presupuesto.
Dar tabletas a los niños de quinto no es más que un negocio entre el proveedor y el gobierno, como lo fueron en sexenios anteriores e-México y otras ideas por supuestamente llevar la nueva tecnología a los salones de clase. 
Una vez más es un asunto en el que los ciudadanos debemos exigir acciones claras, legales y en beneficio de México. Los corruptos y avariciosos no están únicamente en el sindicato o la coordinadora, están en los pasillos de la SEP, donde la ineficiencia y la inactividad de funcionarios hacen que México permanezca en los niveles mundiales más bajos en materia de educación y competitividad.
El caminito de la escuela esta obstruido actualmente por buitres, hienas y otras sabandijas que se empeñan medrar con los recursos públicos en su propio beneficio, mientras que cientos de miles de mexicanos se enfrentan a un futuro nada prometedor porque sus salones de clase estuvieron desiertos en cuestión educativa.

publicado en blurepor.com.mx el 24 de agosto de 2015