lunes, 4 de febrero de 2013

Ver nuestra tierra con los ojos de otro.


 Viajar no solamente es una experiencia física y recorrer nuestros lugares, costumbres y calles con los ojos de otro es revelador.

Armando Enríquez Vázquez

El primer gran viaje que hice fue a los siete años, cuando mi abuelo puso en mis manos 20,000 leguas de viaje submarino. A esa edad crucé los océanos del mundo, persiguiendo a un monstruo que acababa con las embarcaciones y que resultó ser un submarino comandado por un melancólico en busca de su venganza contra los hombres y su tecnología.
Ahí iniciaron los viajes a diferentes lugares a través de los ojos de otros, viajé de la mano de Emilio Salgari a las selvas malayas e hindúes, surqué los océanos con el Corsario Negro y acompañé a  hombres que luchaban en las gélidas tierras del Yukón, donde aprendí  que la carne de oso era más delicada y sabrosa que la del puerco. Más tarde viajé a lomos de ganso por Suecia, acompañando a Nils Holgersson en su viaje de penitencia.
Pero nada como viajar a la misma Ciudad de uno a través de la mirada y los ojos de otro. Aquellos ojos de extranjero que describieron la Ciudad del México de la primera mitad del siglo XX. Esa ciudad que era moderna para mis padres y abuelos, que describían como la tierra prometida a su peregrinar que los trajo hasta acá en busca de nuevas oportunidades y futuro mejor. Confrontada por la óptica y perspectiva de aquellos que se toparon con un país ajeno, a veces parecido y en otras totalmente diferente al suyo.
Algunos como Graham Greene, corresponsales con una asignatura específica, descubrieron el infierno, otros como José Morena Villa, que no vino aquí, como el mismo lo escribió, sino que  lo trajeron las olas, y aquí siendo, sintiéndose extranjero, con la mirada del extraño que a diario lo descubre todo de nuevo, habría de morir. Atrapado y tratando de reconocer el país propio en éste que le dio asilo.
A muchos nos duele y molesta reconocernos, reconocer ese México que sabemos existe, descrito por una voz extranjera.  Una voz que no es empática con nosotros y por lo tanto nos describe sin tapujos y sin sentimentalismo. Ese México que en vano tratamos de ocultar y negar, de ahí que los libros de Graham Greene “Caminos sin ley” y de Evelyn Waugh “Robo bajo la Ley”, estuvieran prohibidos en nuestro país por décadas. Hablar de lo granuja que somos está bien si Lizardi nos satiriza en “El Periquillo Sarmiento”, pero es impensable cuando un escritor de otras latitudes lo hace con una pluma que no se burla, si no que anota, describe. La descripción de los tipos que fintan pelearse afuera del hotel de Graham Greene en la calle de 5 de Mayo, en los años 30, es tan cierta hoy como entonces y por eso nos enfurece. “Nos calienta” ser descritos como adolescentes sin acceso al Cielo. Y qué esperábamos, cuando lo que vino a investigar el inglés fue la persecución religiosa de la época. La intransigencia que tanto nos caracteriza. Nuestro racismo. Nos duele que hable como lo hace de Tabasco y las “innecesarias” comparaciones con África. Que nos cuente esa parte de nuestra historia que nosotros mismos tratamos de olvidar como un mal sueño: La de la persecución contra los católicos.
Graham Greene, no habla nada más de México, habla de los seres humanos, de la barbarie que es parte de nuestra naturaleza. Greene es ofendido no sólo en virtud de su religión, lo ofende el clima que lo mata, los insectos que le transmiten el paludismo. El niño que le dice que a los santos en tabasco se les degüella, y a los niños les gustan las historias de pastorcitos.  Greene se ofende porque tras los aires de modernidad de la Ciudad de México, se esconde la violencia y el fanatismo disfrazados de revolución social. Sin embargo Greene sabe que la penitencia tiene fin y siempre está consciente de su regreso a Londres. A casa.
Hay otras descripciones que no tienen ese juicio categórico del hombre que juzga al bárbaro o en el mejor de los casos al noble salvaje, es la del  hombre que llegó por azares del destino a nuestra tierra, huyendo de la guerra en la propia, que deslumbrado y hasta de forma inocente, nos parecería, se encuentra un país hermano en la lengua, pero de familia diferente en muchas otras cosas incluido el mismo idioma. Su visión fresca acerca de nuestras costumbres y nuestros lugares, nos obliga a ver dos veces aquello que siempre ha estado ahí y nos es tan común que hemos dejado de verlo. El color y sabor de un mamey o de un chicozapote, las tlapalerías y lo que en ellas acontece. A este hombre lo sorprende la toponimia de nuestro país, que usa nombres de la geografía española, pero los lugares son totalmente diferentes en un país y en otro. Ese hombre se llama José Moreno Villa, a pesar de sentirse un extranjero; un exiliado, podría decirse que reconoció la mexicanidad más que muchos de nuestros escritores de la época, porque supo ver la cotidianidad, el diario pasar de las cosas y de las nimiedades para tras el asombro y el conocimiento, describirlas y dejarnos textos importantes sobre el México de las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Con los ojos de Moreno Villa descubro y me asombro con aquello que no me sorprendería de otra manera. Sus dibujos de las manos de nuestros intelectuales y artistas de la época dejan en claro las obsesiones del español. Sus textos sobre el barroco atacan esa etapa de la vida de la nación que nadie se atrevía entonces a plasmar: La Colonia.
Las crónicas del escritor, filósofo y pintor español fueron publicadas en diferentes diarios de la capital y recopiladas por el Fondo de Cultura Económica bajo el título “Cornucopia de México y Nueva Cornucopia de México”, así como su autobiografía “La Vida en claro”.
Dicen que Kant podía describir Londres de manera perfecta, la sorpresa era que nunca había estado en la ciudad inglesa. ¿Cuántos de nosotros podemos describir nuestra Ciudad con los ojos del viajero extranjero que, para bien o para mal, se asombra ante ella?

Publicado en palabras malditas en Julio de 2012
Imagen: loc.gov