lunes, 11 de febrero de 2013

Esquinas con información



Son parte importante del paisaje urbano, de las mañanas y esperas para cruzar las esquinas de todos los chilangos.
Armando Enríquez Vázquez
Cuando por la mañana paso caminado por una esquina y me uno a aquellos que a vuelo de pájaro intentan informarse de las noticias del día anterior -noticias de todos colores-, además de aprovechar una miradita lasciva a la multitud de cuerpos semidesnudos, en las lluviosas mañanas de Junio, de desconocidas -por muchos conocidas-, lo hago más con ese espíritu de una vieja costumbre pavloviana que aprendí desde mi infancia al estar frente a un puesto de periódico, que por la necesidad de estar informado.
Mi abuelo paterno, todos los domingos llevaba a mi abuela a misa por la mañana. Mientras ella rezaba dentro de la iglesia, mi abuelo leía el periódico sentado al volante del carro. Mi hermano Gonzalo y yo en el asiento trasero leíamos comics del pato Donald, La pequeña Lulú, Pepita y Lorenzo, el conejo Serapio, que era Bugs Bunny, Andy Panda y el Pájaro Loco entre otros, que mi abuelo nos había comprado en el puesto de periódicos antes de llegar a la Iglesia. Era un rito familiar: Mi abuela a la iglesia, los hombres a cosas que no tenían que ver con ella. La única vez que me interesó la iglesia en aquellos días, fue porque en el transcurso de esa semana había leído en el periódico en casa, cómo en el interior del templo frente al que mi abuelo se estacionaba todos los domingos, a manera de escolta laico de mi abuela, se había suicidado una persona al estilo bonzo. Esa vez mi abuela se opuso a que entrara al templo.  Una semana después, los rezos de la abuela se trasladaron a otra Iglesia.
Unos años más tarde, los sábados por la mañana tenía que caminar al puesto de periódicos cercano a mi casa para comprarle el periódico a mi papá. Ahí me detenía por un momento, con avidez recorría los títulos de las aventuras en forma de comic; Joyas de la Mitología y otros similares que no eran de los superhéroes norteamericanos hoy tan valuados. Para eso estaba la televisión. Estaban también los fascículos coleccionables de animales salvajes; de las editoriales sólo recuerdo que una de ellas era Salvat, sin embargo eran españolas. Los fascículos salían a la venta cada semana y después de miles de años de compras semanales, cuando ya algunas de las especies mostradas en sus páginas habían pasado a la categoría de extintas, uno, finalmente, podía formar los trece tomos de una enciclopedia, recuerdo que había otra de deportes, con disciplinas tan practicadas y tan seguidas en nuestro país como la esgrima, el polo o el curling.
La revista Duda, cuyo lema era Lo increíble es la verdad, o algo por el estilo, fue mi primer acercamiento a la ciencia ficción de platillos voladores, extraterrestres y seres extraordinarios. Era una versión de esas revistas que hoy pomposamente se llaman Muy Interesante Quo, sin la pedantería de creerse información confiable. Todo lo que se publicó en Duda, era verdad por el simple hecho de estar publicado en sus páginas: La oquedad de La Tierra, los viajes interplanetarios, las abducciones, los monstruos en lagos, lagunas y charquitos, y sin embargo con el pasar de los años al parecer, Duda resultó ser más seria y contener más verdades que El Excélsior de Regino Díaz o El NacionalDuda era, orgullosamente nacional.
También entonces, con el tiempo de mi lado, descubrí el placer, culposo dicen hoy, en aquella época se llamaba simplemente morbo, de ver los titulares del Alarma. Cuerpos mutilados, vísceras en las banquetas, infantes con malformaciones abyectas, criminales de caras siniestras y siempre golpeadas, charcos de sangre y cuchillos manchados. Nada que hoy no podamos ver en la televisión en horario familiar.  En esos días, las revistas de ese tipo no estaban permitidas en las casas de “La gente decente”, que había estudiado; a lo mejor en las peluquerías sí.  Hoy se ven cosas más pornográficas en todos lados, como las revistas de chismes de la farándula.
Pasaron los años y entonces aparecieron, o mejor dicho ya estaban, ocultas a mi vista y mis intereses infantiles, las revistas porno; el Interviú, el Caballero que ofrecían las curvas y turgencias de los cuerpos femeninos y otras con nombres menos prestigiosos que ofrecían menos velos y más carne a la vista del “lector”. Esas que metí entre el colchón y la base de mi cama, para los momentos en que las hormonas adolescentes no me dejaban dormir. También vendían otros cuerpos más cubiertos en forma de poster como el de Farrah Fawcett que estaba en la puerta de mi cuarto.
Con el tiempo aparecieron nuevos periódicos, adornando los puestos, el Uno más uno y unos años despuésLa Jornada. Los primeros diarios en proponer formatos de tabloide al lector y no andar con las mil y estorbosas secciones  de dos metros de anchos que ni los brazos alcanzaban para abrirlas y que se leían compartidas en metro, camión y barras de restaurantes. Para cambiar la página había que cerciorarse primero si la persona de al lado ya había terminado de leer. Desaparecieron otros como el Novedades y El Nacional, éste último era el diario oficial del gobierno, como si la censura y las coerciones existentes entonces hicieran necesario un periódico del gobierno.
Los fascículos comenzaron a ser reemplazados primero por libros, extraordinarias y a veces sui generiscolecciones de literatura latinoamericana, de libros de historia, de filosofía; con los años aparecieron los dvd’s y cd’s, en el puesto de la esquina. Colecciones de ópera, ballet, los grandes de la música clásica en los puestos de periódicos de un país que difícilmente se aleja de sus mariachis y sus malos melodramas televisivos. Estampas de los álbumes Panini de los mundiales de futbol. Llegaron las crisis disfrazadas de la primera década del siglo XXI y más de un puesto de periódicos se convirtió en una versión entre el Oxxo más cercano y la tienda de la cuadra. Y como los chilangos hemos perdido la imaginación y la creatividad a fuerza de abstractas lecciones de economía y las impredecibles variaciones entre los grados de contaminación, la radiación solar y los encharcamientos como lagos, hoy los puestos de revistas y periódicos ofrecen junto a los ansiados, deseados cuerpos semidesnudos, a periódicos que difícilmente se venden, con tantos otros que se regalan y cumplen las funciones básicas de medio informar con la ventaja de no costar. A revistas de chismes baratos, libros, DVD; se ofrecen cientos de publicaciones de cocina. Desde las atractivas: Moles de México,  La cocina estado por estado, hasta aquellas que con sólo verlas se pregunta uno si alguien realmente las puede necesitar para cocinar: La Revista de los Jugos, Como preparar Gelatinas, hervir el agua. Claro, me imagino que después de leer el TV Novelas y otras similares hay que reaprender hasta como se exprimen las naranjas.
Los puestos de periódicos ahí están, repetidos, a lo largo y ancho de la ciudad, en todas las  colonias, en cada esquina a veces, al inicio y al final de la misma cuadra como exceso, compitiendo contra todos los demás, cualesquiera que sea el giro que tengan sus competidores; estanquillo, tienda departamental, tienda comercial. Los puesteros alegres y taciturnos atienden a su clientela, hoy en la mayoría hasta cigarros sueltos le venden a uno. Los puestos de periódicos, una estrella más de la Ciudad de los Palacios.

Publicado en palabrasmalditas.net en Septiembre de 2012