lunes, 1 de mayo de 2017

María Magdalena Dávalos y Orozco, tercera condesa de Miravalle.



Una de las colonias más populares de la Ciudad de México, está asentada sobre lo que fue una rica hacienda, su dueña fue una mujer que sobresalió en sus días, por su forma de manejar y administrar sus negocios.

Armando Enríquez Vázquez

La colonia Condesa se sitúa en lo que fueron los terrenos de la hacienda de Tacubaya, que no sólo se limitaba a la Condesa, sino que abarcaba, además, Tacubaya y la Roma. Esta enorme hacienda había sido parte de la herencia por parte de madre de una mujer extraordinaria para su época y cuya figura está rodeada de leyendas y mitos. Lo interesante es que la hacienda de Tacubaya no era la principal parte de la riqueza de la condesa, que esta estaba formada por las haciendas, propiedades y otros negocios de la familia del conde Miravalle, su padre.
María Magdalena Catalina Dávalos y Orozco nació el 2 de junio de 1701 en el palacio del conde de Miravalle, que aún existe en la calle de Isabel la Católica número 30, en el centro de la Ciudad de México. El título de conde de Miravalle otorgado por el rey Carlos II en 1690, el condado de Miravalle era una gran extensión de tierras que comprendían partes de los estados de Nayarit, Jalisco y que eran lo que durante la colonia se llamaba el reino de Nueva Galicia. Dentro del condado había una hacienda y una mina.
María Magdalena Catalina Dávalos y Orozco fue por parte de madre, María Antonia Francisca Orozco de Rivadeneyra y Horendain, una de las descendientes del emperador Moctezuma. María Magdalena quedó huérfana a los once años de edad y fue entonces internada en el convento de las Carmelitas Descalzas en Puebla de los Ángeles, por voluntad de un tío abuelo de la madre, pero las influencias de la abuela paterna lograron sacarla del convento y entonces fue criada por sus dos abuelas, en especial por su abuela paterna, la I condesa de Miravalle; María Catalina Espinoza de los Monteros Hijar y Horendaín, de la que aprendió a tener un carácter fuerte, a ser una mujer administrada y con don de mando, a tener como prioridad a su familia. La primera condesa había quedado viuda y se vio obligada a sacar adelante todas las propiedades de su hijo hasta que este pudo hacerse cargo de las mismas, además obligó a que todas las herederas del título de Condesa de Miravalle tuvieran que llevar el nombre de Catalina empezando por su nieta.
En 1717, María Magdalena fue recluida de nuevo en el convento de las Carmelitas Descalzas en Puebla de los Ángeles, pues aquel viejo cura tío abuelo de ella así lo había ordenado en su testamento. Un año pasó la joven enclaustrada, mientras su abuela paterna intentaba de manera infructuosa mover cielo y tierra para liberar a su nieta. Un año tardó en salir de aquel encierro que marchitaba a la futura condesa de Miravalle, pero dice la leyenda que fue el amor el que logró esto, la joven se enamoró de un joven soldado, al que entregó una carta pidiéndole ir ver a su abuela, el joven de nombre Pedro Antonio de Trebuesto y Alvarado, así lo hizo y esto ayudó para que María Catalina lograra la firmas necesarias para sacar a su nieta del convento ante el desagrado de las autoridades del mismo al ver perder la renta que implicaba el tener a María Magdalena como novicia.
En 1719, la futura condesa se casó con Trebuesto, quien afirmaba tener millones en España, el matrimonio duró quince años, Trebuesto murió, y la viuda con nueve hijos se hizo cargo de los bienes de la dote, que ya quedaban pocos, Trebuesto resultó un pésimo administrador, y hasta donde se sabe un embustero, pues nunca se comprobó que tuviera las riquezas que él afirmaba poseer, al morir dejó a María Magdalena con muchas deudas, mismas que provocaron que las autoridades de Compostela, en Nayarit, donde residía en ese momento la viuda, declarara la prisión domiciliaria para la mujer, a pesar de lo cual María Magdalena logró escapar con sus nueve hijos a la casa paterna en Ciudad de México.
Los siguientes nueve años y hasta la muerte de su padre ella vivió con él y junto con el II Conde de Miravalle administró las propiedades del mayorazgo de Miravalle.
En 1729, María Magdalena participó en un concurso de poesía que ganó, desafortunadamente la obra desapareció en la noche de los tiempos.
A la muerte de su padre, ocurrida en 1743, María Magdalena entró en posesión del título de Condesa de Miravalle que su padre le heredó en vida. Al igual que su esposo, su padre había resultado un pésimo administrador y cuando María Magdalena tomó posesión de su título y de sus propiedades tuvo que luchar el resto de su vida por sacar a flote sus propiedades y vivió entre litigios y demandas en contra de todos aquellos que quisieron despojarla de sus propiedades. Así como en una infructuosa batalla legal en los tribunales de España, tratando de recuperar la supuesta millonaria herencia de su esposo. Su carácter, sus influencias, pero sobre todo sus habilidades como administradora permitieron que redujera sus deudas. Además, creció la Hacienda de Tacubaya, la cual visitaba al menos una vez a la semana y cuya casa principal aún existe sobre la avenida Parque Lira y es conocida como la Casa de la Bola, actualmente es un museo. También, invirtió en las haciendas nayaritas y michoacanas, estas últimas, herencia de su madre, incluso trajo a un experto en caña desde cuba para mejorar el rendimiento de su trapiche en aquellas haciendas lejanas. También invirtió en la producción de ganado, de manera que buena cantidad del abastecimiento de la Ciudad de México, provenía de las haciendas de la Condesa de Miravalle.
Tal y como se lo enseñó su abuela, la I Condesa de Miravalle, María Magdalena puso a la cabeza de sus prioridades a su familia, en este caso a sus hijos. De los nueve, uno de ellos, el primogénito, murió a los 19 años, pero los otros ocho fueron cuidados y la condesa les dio lo más que pudo, incluso y a pesar de su rebeldía en contra de la vida religiosa, al menos una de sus hijas fue obligada por la condesa a llevar este tipo de vida. Mientras que su hija menor, María Antonia, se casó con Pedro Romero de Terreros, el exitoso hombre que explotó las minas de plata en Hidalgo y II Conde de Regla, título que le fue otorgado a su padre, Pedro María Romero de Terreros por el rey Carlos III en 1768.
Amiga de los Virreyes de las Amarillas y Croix, supo utilizar esas influencias para ayudarla en sus litigios. Fue también una hábil mujer que sabía manejar sus relaciones publicas y sobre todo aquellas con los poderosos en beneficio de su persona y de sus hijos. Algo que no era común en las mujeres de la época, porque no se les permitía el acceso a ciertos sectores políticos y sociales, sin embargo, ella en su condición de viuda tenía acceso y permiso social para hacerlo.
La inteligencia y capacidad administrativa de María Magdalena la convirtió en una muy importante aliada y ayudante de su yerno, lo que repercutió en mayor poder para la Condesa. Desafortunadamente, María Antonia murió diez años después de haber contraído matrimonio y poco a poco la relación entre Romero de Terreros y la condesa de Miravalle se fue distanciando y enfriando.
La condesa, además, conocía, o al menos eso pretendía de medicina y gustaba de recetar utilizando los conocimientos occidentales de la época con sus conocimientos de medicina tradicional mexicana. Además, a su alrededor se tejieron todo tipo de leyendas que sí era una belleza, o una mujer horrenda, de su persona no sobrevive ningún retrato. Que tenía amantes al por mayor, lo que contradice la figura real de una mujer de familia, algunas de estas fantasías populares la pintan como un ogro que gustaba de asesinar indígenas y esclavos, o la pintan amante al final de sus días de un sacerdote michoacano. Lo cierto es que muy poco se sabe de la vejez de María Magdalena Catalina, salvo que hasta el último día de su vida llevó la administración de sus propiedades y de su familia.
La condesa murió en 1777, en su hacienda de Tuxpan en Michoacán, y fue enterrada en la cripta familiar.

publicado en mamaejecutiva.net el 24 de abril de 2017
imagen: wikipedia.org