miércoles, 16 de septiembre de 2015

Leonor Villegas de Magnón enfermera para todos.



Autodenominada como rebelde, Leonor es un ejemplo de una mujer comprometida en su propia medida con la causa de la Revolución.
Armando Enríquez Vázquez
Durante la revolución los activistas, rebeldes y combatientes tuvieron muchas caras y diferentes frentes en los que pelear y hacer la diferencia, así es la historia de Leonor Villegas una mujer de la clase acomodada del Porfiriato que no tuvo empacho en criticar a las autoridades y oponerse al gobierno americano cuando este se alió con los enemigos de la revolución. Una mujer sobre la que han escrito más los texanos buscando sus raíces mexicanas, que los mexicanos que nos contentamos con una historia que tiene un puñado de superhéroes en pedestales.
Leonor Villegas nació el 12 de junio de 1876 en Nuevo Laredo, Tamaulipas, su padre Joaquín Villegas fue un español que vino a hacer la América y se casó con una rica heredera de Matamoros de nombre Valeriana Rubio, con el dinero de la dote, Joaquín fue capaz de hacer crecer negocios ganaderos y de minería. Cuando nació Leonor, un grupo de soldados en busca de rebeldes en la zona confundió el llanto de la bebe con algún ruido de un renegado escondido. Aclarado el punto Joaquín bautizó a su hija con el apodo de La Rebelde, mote que habría de marcar algunas de sus acciones en el futuro, pero que además daría nombre a la obra autobiográfica que escribió tras la guerra de Revolución de nuestro país. Leonor tenía otros tres hermanos Lina y Leopoldo que habían nacido en suelo de Estados Unidos y Lorenzo que como ella, nació de este lado de la frontera.
Su madre murió siendo Leonor una niña y su padre se volvió a casar, esta vez con una norteamericana que no quería tener a los niños de la primera mujer en la casa, por lo que de 1882 a 1885 Leonor estudió en el convento de las ursulinas en San Antonio y más tarde fue a otro convento en Austin hasta que finalmente fue enviada a Nueva York al convento del Monte de Santa Úrsula. Tras recibirse y conseguir un título de educadora, Leonor se casó en 1901 con Adolfo Magnón un empresario norteamericano de origen mexicano que tenía negocios en la Ciudad de México. Leonor llegó a vivir a la capital de Ciudad y pertenece a las clases de alto poder adquisitivo, en un México que comienza a resquebrajarse bajo los treinta años de dictadura de Porfirio Díaz. La década que Leonor vive en la Ciudad de México es la década de mayor opulencia entre la aristocracia mexicana y la del inicio del descontento en el país. La conciencia y ese destino que creía llevar en su apodo la hicieron leer los textos de los Flores Magón y a participar en las reuniones clandestinas de los antirreleccionistas en el Café Colón, donde conoció a Francisco I. Madero.  Entusiasmada y contagiada de las ideas de libertad. Leonor Villegas comenzó a escribir artículos en contra del gobierno de Porfirio Díaz que firmó con su nombre de soltera, pues su esposo no sabía del involucramiento de Leonor con las causas rebeldes del maderismo.
En 1910,  Leonor tuvo que marchar, junto con sus hijos, a Laredo, donde su padre se encontraba muy enfermo. Pero Adolfo permaneció en la Ciudad de México. En Laredo, Leonor Villegas abrió un kínder al que llamó Rebelde y fue uno de los primeros institutos bilingües la región, también conoció a Jovita Idár, una norteamericana comprometida con los mexico-americanos en ambos lados de la frontera y que escribía en un diario propiedad de su familia llamado La Crónica y que está influenciado por las ideas revolucionarias de México. Leonor publicó en el diario y su padre en el lecho de muerte le confesó a su hija que sus bienes han sido confiscados por el gobierno mexicano, debido a los artículos de  la mujer en contra del dictador. Poco después Joaquín murió.  Al estallar la Revolución en noviembre de ese mismo año Leonor continuó con su labor como columnista de La Crónica. Leonor se involucró y formó parte de la junta de gobierno revolucionario en Laredo y ayuda a muchos mexicanos a cruzar la frontera.



En marzo de 1913 una serie de combates se llevaron a cabo en Laredo y Leonor abrió las puertas de su casa y de la escuela en Laredo para que sirvieran como enfermería, cuidó a los heridos y cuando llegaron las autoridades norteamericanas buscando a rebeldes heridos, ella les proporcionó ropa a aquellos que estaban en la capacidad de huir a pie. Los menos afortunados fueron apresados en sus camas de convalecientes, por lo que Leonor se dio a la tarea de contratar un abogado para liberarlos. Incluso se entrevistó con el entonces gobernador de Texas Oscar B. Colquitt para apelar por los detenidos, reunión en la cual no tuvo éxito. Finalmente logro la liberación de los detenidos.
Tras estas labores de cruzar la frontera de manera altruista para ayudar a la causa rebelde, dio el siguiente paso y se unió a la causa de Carranza y viajo con él a Ciudad Juárez donde junto con Elena Arizmendi Mejía,  Leonor formó a un grupo de asistencia que se llamó la Cruz Blanca, a diferencia de la Cruz Roja, la institución de Villegas de Magnón nunca negó la atención a los rebeldes y trató a todos por igual. En su libro autobiográfico La Rebelde, Leonor describe con precisión los días finales de Carranza. Leonor fue una promotora de las enfermeras durante la Revolución y después de ella.  
Al finalizar la Revolución, Leonor se dedicó entre otras cosas a escribir sus memorias de la etapa de lucha, tanto en español como en inglés y luchó de manera infructuosa a lo largo de su vida por ver la obra publicada. Recibió cinco medallas de los gobiernos post revolucionarios reconociendo su labor y su valor.

A pesar de tener las memorias en versiones en español e inglés estas no vieron la luz hasta muchos años después de la muerte de Leonor, la que sucedió en la Ciudad de México el 17 de abril de 1955.

publicado el 7 de septiembre de 2015 en mamaejecutiva.net
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