jueves, 8 de octubre de 2015

Democracia a la mexicana, eufemismos y falacias.



La democracia en México ha forjado memorables eufemismos para tapar su ineficiencia y su poco interés en los ciudadanos.

Armando Enríquez Vázquez

De acuerdo con el informe conocido como Latinobarómetro, México se encuentra en el último lugar entre los países del continente en cuanto a la satisfacción con el sistema democrático. Con una aprobación de tan sólo el 19%, los mexicanos somos quienes menos creemos en el sistema político que rige nuestras vidas.
La cifra no puede sorprendernos, lo que asombra es porque no se ha desmoronado la mascarada en la que vivimos. Existen muchas razones para esto, pero la principal se encuentra en la sólida trama que ha tejido la partidocracia y las falacias y eufemismos que han forjado y como nos hemos adaptado a vivirlos.
No es de sorprender nuestra desconfianza en eso que nos quieren hacer ver como democracia cuando el Presidente Peña Nieto habla en la ONU en contra del populismo y al otro día en un acto populista anuncia ante decenas de acarreados chiapanecos la creación de zonas especiales de desarrollo en el país.
Cuando el presidente del PAN Ricardo Anaya, anuncia una iniciativa de apoyo a las candidaturas independientes pero el voto de los miembros de su partido en los congresos locales ha demostrado su nula tolerancia a los independientes y a la competencia política. Ni que decir de una Izquierda que se ha encargado de vender de la manera más capitalista y corrupta posible cualquier cosa que pueda en la Ciudad de México.
Cuando el Gobernador del Estado de México habla de resultados mientras decenas de mujeres desaparecen en tierras mexiquenses y existe la sospecha de una asesina serial de la que nadie parece querer hablar.
La democracia en México ha forjado memorables eufemismos para tapar su ineficiencia y su poco interés en los ciudadanos, desde el clásico llamar encharcamientos a las cíclicas inundaciones en zonas de la Ciudad de México y municipios conurbados, con lo que se libran de crear un plan hídrico para la capital del país, pasando por ese estado de derecho que permite a un partido político violar las leyes en materia electoral, así como la Constitución sin que realmente se le apliqué castigo alguno. Un país en el que impúdicamente un procurador de justicia de la nación llama Verdad Historica a un informe construido con toda la intención de que uno de los crímenes más atroces en los que se ha visto envuelto el estado se olvide, se justifique. Una verdad que es un eufemismo de carpetazo, un sinónimo de los ciudadanos y sus demandas no importan.
De acuerdo con el Latinobárometro que cumple 20 años de llevarse a cabo, las cifras de aprobación de los presidentes en nuestro país desde 2002 tuvieron su punto más alto entre 2006 y 2007 cuando la aprobación del presidente fue del 60%, hoy sólo alcanza un 35%. El desencanto de los mexicanos con el sistema es evidente y cada día es mayor. Pero políticos, partidos e instituciones son sordos a las demandas ciudadanas actuando como sabemos de la manera menos democrática posible.
Las respuestas de porque no creemos en la democracia nos son claras a todos: corrupción, nula transparencia, impunidad y sobretodo demagogia y populismo. En México hemos utilizado durante décadas el termino dictablanda para describir el tipo de gobierno ejercido por el PRI. Andrés Manuel López Obrador y su mundo de conspiraciones llamó PRIAN a la alianza que se opuso a él y al PRD y hoy habla de una asociación entre al menos cuatro partidos para secuestrar eso que utópicamente él llama democracia (PRI, PAN, PRD y VERDE). No le falta razón, pero la fotografía completa lo incluye a él que fue miembro de ese PRI y de ese PRD a los que hoy desprecia, al igual que muchos de sus acomodaticios correligionarios como Manuel Bartlett, uno de los principales enemigos de la democracia, y que jamás han pertenecido realmente a la Izquierda.
Tristemente hay que reconocer lo mucho que ha dañado a la idea de democracia el INE; una simple burla de aquel IFE que encabezó en su principio José Woldenberg. Hoy la institución encargada de dar certeza a los mexicanos sobre la validez de los procesos electorales al igual que los tribunales electorales estatales y federal son sólo órganos corruptos al servicio de la partidocracia en el poder.
Y si bien es cierto que lo mexicanos no creemos en la democracia, y mucho menos en la que rige a nuestro país tan llena de eufemismos, falacias y chapucerías, lo cierto es que la participación ciudadana a través de las redes de sociales, la aparición cada día mayor de periodistas ciudadanos libres de los intereses de los dueños de medios, unidos a la voz de aquellos periodistas vetados y censurados por el democrático gobierno de Enrique Peña Nieto y que hoy están en Internet nos habla de un interés por hacer valer la democracia, no la oficial dictada desde Los Pinos, las curules y escaños, los asientos de los consejeros del INE, sino la democracia utópica en la que fuimos educados.
Hoy la voz de esa minoría que tenderá a volverse mayoría con el acceso a Internet, ha podido lograr resultados presionando al  gobierno federal, logrando desde principios del sexenio deponer a un procurador del consumidor que únicamente dejaba ver esa prepotencia priísta que tan bien conocemos muchos. O a obligar a un presidente ególatra a sentarse con los padres de las victimas de una entidad infiltrada por el crimen organizado, en todos sus niveles.

La apertura y el ambiente verdaderamente democrático que existe en Internet, ayuda a la inclusión de todas las voces, a los radicalismos y a los sinsentidos. Nos rasa a todos y nos da voz y voto.  Así como las nuevas plataformas han desplazado a ciertos medios tradicionales de comunicación, en unos años, estoy seguro, que gracias a las sociedades abiertas y participativas que permite Internet, la democracia evolucionará hacía algo más cercano al ideal occidental del término. De otra manera, seguirá siendo ese modelo de gobierno corrupto que el mismo Platón despreciaba ya en siglo V a.c.

publicado en blureport.com.mx el 2 de octubre de 2015.