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jueves, 4 de agosto de 2016

Una de policías.




Muchos horrores suceden en el transporte público...mientras el policía sigue lánguidamente viendo pasar gente frente a él o ella.

Armando Enríquez Vázquez

Entre los maravillosos textos de Jorge Ibargüengoitia, uno de nuestros mejores escritores, sobre nuestra cotidianidad, uno de mis favoritos es el del policía que atiende la caseta de entrada del condominio frente a la casa del escritor. Un policía dedicado y con su descripción de puesto muy clara, como lo presenta Ibargüengoitia; el hombre se limitaba a quitar y poner una cadena que permitía a los carros de los condóminos entrar o salir del conjunto residencial, sin importarle, ni intervenir en lo que sucedía a su alrededor, fueran robos, violaciones o situaciones de emergencia.
Después de casi cincuenta años después de escrita la crónica me sorprende como muchos de los policías siguen siendo fieles a cumplir al pie de la letra las órdenes que validan su existencia y su trabajo. Quienes acusan a los policías de cuadrados, de poco proactivos y creativos, todos aquellos que los marcan por su falta de improvisación olvidan que gracias a ser hombres y mujeres cuya misión y función les queda clara, no causan más problemas de los que ya son incapaces de resolver.
Teorizar sobre el asunto no parece justo para un policía que parado en una esquina conflictiva de la ciudad con su gorra y chaleco amarillo fosforescente a las doce del día cegando a los conductores mientras utilizan el silbato como si ocho millones de mexicanos los acosaran en un carro del metro. A simple vista se diría que está haciendo su trabajo.
Un policía de tránsito, con su chaleco amarillo, tiene como tarea la correcta circulación en la CDMX (Marca registrada) y es el único de todos los uniformados que pululan en nuestra ciudad, facultado para multar automovilistas. (Al menos en teoría, porque morder eso lo puede hacer cualquiera hasta con una cartulina enmicada de la secretaria de seguridad) Este buen oficial se limita a soplar en su silbato no sé cuántas horas al día y a mover brazos y manos. Lo que lo convierte, sin duda, en miembro de un cuerpo de elite en la policía capitalina al ser de los mejor ejercitados y con mejores pulmones de todo el cuerpo policiaco. Sin embargo, nunca he visto a uno de estos policías llamar la atención a un automovilista por detenerse sobre las zebras para peatones, obstruyendo el paso de los ciudadanos, como tampoco los he visto hacerle ver a un ciclista que la banqueta es para los peatones y mucho menos lo he visto levantar una multa, y eso es lógico, si están parados y no tienen patrulla alguna a su alrededor, no hay manera para que el amarillo agente pueda iniciar una persecución en caso de que el automovilista, motociclista o dueño de una bicicleta inicie una huida tras recordarle al policía que ya está grandecito para andar vestido de pollo radioactivo. Por más entrenados que tenga los pulmones después de ocho horas de sonar sin cesar el silbato difícilmente podrá correr mucho si lo que tiene ejercitado son los brazos y no las piernas. Por lo tanto, alegremente, conscientes de las limitaciones físicas y legales estos agentes se pasan su jornada laboral tratando de dejar sordos a miles de peatones que cruzan por las esquinas a las que ha sido asignados para agilizar el tránsito.
Sólo espero que los silbatos que el jefe de gobierno compró y reparte entre mujeres sean tan potentes como los de los policías, porque así, al menos el atacante de una mujer quedará sordo y aturdido el tiempo suficiente para que entre los demás pasajeros lo atrapen y lo entreguen al policía que escaleras arriba observa que nadie olvide como introducir el boleto para activar el torniquete.
Porque la misma dedicación y responsabilidad del policía amarillo la encontramos en los policías destinados a mantener el orden en las estaciones del transporte público. Por ejemplo, si uno ingresa a una estación del Metro existen tres elementos que están antes del torniquete que son infaltables; las taquilleras, la basura y los policías que lánguidamente ven a los pasajeros introducir el boleto en la ranura del torniquete, o presentar la tarjeta frente al lector y eventualmente abrir la puerta a todos aquellos que muestran su tarjeta de adulto mayor. Si escaleras abajo, en el andén hay vendedores establecidos con descomunales canastas de papas fritas, tablas llenas de donas o vagoneros que saltan de un convoy a otro, eso al parecer ya no entra dentro de su jurisdicción, como tampoco en la del jefe de estación que mientras simula monitorear cámaras de las estaciones a la vista de todos los ciudadanos que cruzan por los pasillos, romancea con una de la taquilleras que ha abandonado su puesto de trabajo, por lo que la otra taquillera ve horrorizada la fila de pasajeros que se va formando frente a su ventanilla, la gente mientras espera, limpia sus bolsillos en busca de cambio y tira la basura en el piso de la estación, mientras el policía sigue lánguidamente viendo pasar gente frente a él o ella.
Hace poco en el andén de la estación Coyoacán de la línea tres del Metro un indigente, de esos que han proliferado durante la administración de Miguel Ángel Mancera, estalló en un ataque alucinatorio y a gritos y mentadas de madre recorrió lo largo del andén tirando golpes y patadas al aire acto que lo llevó a quedar semidesnudo ante la mirada horrorizada de los usuarios que subieron sin importar como al siguiente convoy con tal de quedar a salvo del esquizoide personaje.
¿Dónde estaba el jefe de estación que monitorea las cámaras? ¿Había logrado su lúdico objetivo con la taquillera y por lo tanto bailaban horizontalmente escondidos de las cámaras? ¿El policía que mira pasar a los usuarios no escuchó los gritos desaforados del loco a tres metros de distancia? ¿Su jurisdicción termina donde acaban los torniquetes? Y una pregunta igual de importante ¿Por qué nadie barre la estación y recoge la basura?
Algo muy similar sucede en el Metrobús, donde la seguridad del usuario es todavía más precaria. Pero los policías muy disciplinados y sin importarle realmente su diámetro se paran junto a los torniquetes en los angostos pasillos de las estaciones convirtiéndose en una difícil prueba de obstáculos para muchos usuarios y más en horas picos que entran y salen mexicanos a la estación como si estuvieran comprando los juguetes de reyes en 5 de enero en las calles del centro o de Tepito. Algunos de estos policías deberían ser asignados al tránsito para que hicieran un poco de ejercicio.
Y no es que este mal que estén a la entrada cerciorándose que todo usuario pase la tarjeta, abriendo la puerta para todas la personas de la tercera edad o aguantando los insultos de aquellos y aquellas que pierden su dinero y la carga en la tarjeta porque no se tomaron la molestia de leer las instrucciones de uso de la máquina o porque son tan desesperados que creen que la máquina no sólo trabaja a la velocidad que ellos quieren, sino que tiene la obligación de adivinarlo y ha sido programada para hacerlo bajo ese concepto.
Pero el policía salvo que vaya a su locker, en el otro extremo de la estación a recoger sus cosas para dar por terminada su jornada de trabajo o a cobrarle algo al conductor de la unidad, no se digna a lo largo del día a recorrer esa distancia. Alguna vez me tocó ver a un grupo de mujeres indignadas bajarse de un Metrobús y manifestarse ante el policía de la estación, porque el clásico macho iba muy cómodamente sentado en la sección de mujeres. El policía de la estación se subió a la unidad ante el llamado de las mujeres y le pidió amablemente al individuo a que pasara a la parte trasera del autobús. Como respuesta el buen hombre disfrazado de policía recibió cualquier cantidad de mentadas de madre por parte del individuo, quien después de cansarse de insultar al policía le aplicó la ley del hielo a él y a las veinte mujeres enardecidas que escudándose detrás del uniformado que le gritaban que abandonara la sección de mujeres. El hombre no se cambiaba de lugar, el policía lo observaba impávido y las mujeres atrás le gritaban. En cualquier parte del mundo democrático y evolucionado, el policía agarra y le da dos garrotazos al individuo, lo saca esposado del transporte y el individuo se va directo a ser multado, mientras atrás las mujeres aplauden al recuperar su espacio en el autobús. En la Ciudad de México de Miguel Ángel Mancera, el chistecito costó más de media hora de retraso en la línea y setecientos usuarios en el andén estación esperando una unidad que los llevara a su destino y que, además, impedían el paso a otros setecientos usuarios que llegaban en el otro sentido de la estación y necesitaban abandonarla.
Pero más preocupante es que en las dos últimas semanas he sido testigo de situaciones que pueden terminar en tragedia en la línea 1 del Metrobús. La falta de lógica de quien coordine las corridas de las unidades y la falta de educación de los mexicanos provoca que lo que antes resultaba una broma al decir que el transporte público de la ciudad desafía las leyes de la física porque logra que más de dos o tres cuerpos puedan ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, se vuelve peligroso no solo por la masa de personas que esperando la llegada de la unidad se apelmazan en el andén y se empujan anticipando la llegada, lo que puede resultar en que alguien caiga frente a la unidad que llega y sea atropellado de mínimo.
No el peligro hacía adentro de la unidad es la presión que se ejerce en las personas que van paradas y que ya lo presencié provoca que las personas se desmayen por sofocación y la opresión que sufren. claro cuando la unidad llega a la siguiente estación por más que alguien grite; dejen bajar a esta persona que está muy mal. nunca falta el imbécil que se avienta hacía adentro del autobús y una vez adentro lance una sonrisa idiota de Ya ven como si entre, pendejos, o peor que se empujado al interior por otro que quiere entrar, pero no lo logra por estar demasiado atrás en la bola de personas.
El policía sigue su rutina y su trabajo viendo pasar el tiempo, la vida y a las personas por los torniquetes sin preocuparse porque la estación está cada vez más llena y sí puede ayudar en algo para lograr lo que los encargados de la logística de los camiones no entiende, ni sabe acerca estaciones y un transporte seguro. Entiendo y me queda claro que el policía no es culpable el sólo obedece ordenes, pues entonces, no estaría de más, que sus jefes les ordenen a crear situaciones seguras y a actuar como lo que son oficiales de la ley.
Es vergonzoso, cómo para las autoridades de la Ciudad de México, la vida humana es totalmente prescindible.

publicado en blureport el 29 de julio de 2016

jueves, 2 de junio de 2016

Silbatos inútiles, mujeres ejemplares.




Junto con el silbato de Mancera, el peor insultó que le podemos hacer a una mujer hoy es subestimarla, no reconocer su valorJunto con el silbato de Mancera, el peor insultó que le podemos hacer a una mujer hoy es subestimarla, no reconocer su valor.

Armando Enríquez Vázquez.

Nada más absurdo que ser parcial cuando se es autoridad. Nada más peligroso que en aras de defender a los llamados grupos vulnerables crear la posibilidad de empoderar sin evaluar a las personas.
En una vieja lectura de Jorge Ibargüengoitia encontramos el caso de una mujer que, en la fila del supermercado, accidentalmente o no se pone entre su compra unos chamorros que el escritor compró, al tomarlos el escritor. La mujer se limita a decirle que no se atrevería a hace eso si fuera hombre. A lo cual Ibargüengoitia en una de los más claros ejemplos de cordura se limita a irse del supermercado.
Hace tan sólo unas semanas al subirme al camión tomé asiento y mientras esperaba que este saliera de la base, observé subirse a otros pasajeros, entre ellos a una joven de amarillos audífonos que se sentó en los asientos delanteros del camión. Poco antes de que este iniciara la marcha ocupó el asiento contiguo un hombre mayor. Al poco tiempo la muchacha se levantó hecha una furia y maldiciendo. Caminó el pasillo del autobús y antes de llegar a la fila de los últimos asientos que era donde yo estaba sentado, le arrancó unas copias fotostáticas de la mano a una pasajera y me las aventó al grito de: ¡Ponte a leer!
No fue el interés de la mujer por mi instrucción lo que llamo la atención, sino que después de que se arrellanó en uno de los asientos pegados a las ventanas del autobús, se levantó y le arranco la pinza de pelo a la misma mujer que había sido sacada de forma violenta de su lectura y señalándome le gritó: ¡Defiéndete, que te está agrediendo!
Recordé entonces a Ibargüengoitia y viendo un asiento vacío al frente del autobús me cambié a él. Minutos después al bajarme en mi parada sopesé lo que podría haber pasado si hubiera contestado de cualquier forma a la mujer en cuestión o si no me hubiera cambiado de asiento. En una sociedad como la nuestra por lo menos me hubiera llevado un par de puñetazos de otros pasajeros que realmente hubieran creído en la palabra de la chica y en el peor de los casos ya veo al conductor del camión parando una patrulla con un final digno aquella historia de la infancia de Alfred Hitchock en que sin saber porque se veía detenido. Entendí la tragicomedia que vivió uno de nuestros grandes escritores en esto de la lucha de los sexos.
Hoy que el ingenioso Doctor Mancera, piensa que una de las mejores armas que puede dar a una mujer a punto de ser agredida o que en el peor de los casos ya lo fue, es un silbato, resulta perturbadora la idea de que una desquiciada como la que me topé aquel día pueda tener uno de estos silbatos que le da un poder sobre muchas situaciones y que en verdaderas situaciones de peligro casi puedo apostar que el silbato es tan inútil como llevar una caja de serpentinas.
Ya sabemos que Mancera piensa de una manera peculiar; salvar a gente de ser atropellada por autos que corren en la CDMX (Marca Registrada) a gran velocidad, para hacernos morir a todos ante los altos niveles de contaminación a los que nos enfrentamos durante este mes, es el más claro ejemplo de esta reducción al absurdo del pensamiento del Jefe de Gobierno.
Hace poco también vimos en redes sociales como una mujer golpeó al sujeto que intentó manosearla en el metro, lo cual, si no es loable, si habla del hartazgo de las mujeres ante la gandulería, falta de educación y prepotencia de muchos hombres que andan por la vida demostrando su estúpida mentalidad machista. Hoy en día a diferencia de la mujer del texto de Ibargüengoitia no hay ya una distinción de género para que a uno le partan la madre.
Y nos habla también de una mujer empoderada, que sale a trabajar a luchar y que a diario la vemos en las calles, las oficinas, las construcciones, taxis, universidades y otras actividades intelectuales y físicas demostrando una competencia a la par de cualquiera. Existen Millones de madres que levantan hogares y dan carreras a sus hijos a falta de un hombre que irresponsablemente las abandonó y se desentendió de su parte económica. De eso no hablan los políticos, que se creen los grandes protectores del sexo femenino promoviendo leyes fútiles para madres solteras. Con vergonzantes campañas como la del Partido Verde que parece promover a las jóvenes madres solteras, lo que fomenta el circulo de pobreza extrema y no una política de educación sexual y promoción del uso del condón.
Junto con el silbato de Mancera, el peor insultó que le podemos hacer a una mujer hoy es subestimarla, no reconocer su valor, pretender como lo hacen los partidos políticos que en el hablar de equidad de género están consecuentando con dádivas a la mayoría poblacional de nuestro país.
Mancera debería estar trabajando de la mano de Eruviel Ávila, en un problema tan grave como es la desaparición y asesinato de mujeres en el Valle de México, recordemos que hay más mujeres asesinadas en el Estado de México de lo que jamás hubo en Ciudad Juárez, en lugar de regalar silbatos que como le ha pasado a lo largo de su gobierno le puede salir más caro el caldo que las albóndigas.

publicado el 27 de mayo de 2016 en blureport.com.mx