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miércoles, 23 de abril de 2014

Ciclovía, peatones y amas de casa desquiciadas.





La falta de una verdadera cultura vial en la ciudad hace que en percepción de cada uno de los ciudadanos sólo él tenga la razón.

Armando Enríquez Vázquez

Desde hace ya más de una década los diferentes gobiernos del Distrito Federal y delegaciones la entidad federativa, se han preocupado por promover el uso de la bicicleta en una ciudad en la que para muchas situaciones el uso del automóvil es un absurdo. Y el del transporte público una utopía, gracias a la pésima logística existente en los diferentes transportes públicos y concesionados. Además, en el caso de los microbuses son, por más lugar común que suene, un imperio de la impunidad permitido por todos los regentes y jefes de gobierno desde que tengo uso de razón.
Promover el uso de la bicicleta a través de carriles de uso exclusivo o por medio del sistema de la ecobici,  cuando se trata de ciertas distancias o en los famosos paseos dominicales instaurados por el GDF, han sido en general muy bien recibidos por la población y sobre todo por jóvenes.
Además de incentivar el abandono del automóvil, este tipo de medidas promueve el ejercicio tan necesario en la población en general. Desgraciadamente a todo acto de gobierno corresponde uno de protesta y otro de prepotencia por cada uno de los que se siente afectado.
Hace unas semanas en la Delegación Benito Juárez se implementó un carril para bicicletas a lo largo de algunas calles de las colonias Del Valle y Nápoles. La calle en la que vivo fue una de las elegidas para esta ciclovía.
Más tardaron los trabajadores de la delegación en señalar el carril para las bicicletas y marcar los nuevos cajones de estacionamiento que la vecina de un edificio nuevo colgar una manta a lo largo y ancho de las puertas de su estacionamiento:
Señor Delegado: La ciclovía no sirve para nada; no pasa ni una sola bicicleta, nos reduce un carril de automóviles y no puedo sacar mi camioneta de mi estacionamiento.
Por un momento me quede preocupado por la capacidad y habilidad de esta mujer para conducir y como habría conseguido una licencia para manejar, porque he visto pipas de Pemex y camiones de bomberos dar la vuelta sobre esta calle sin mayor problema, aunque por otro me quede pensando si no tendría como medio de transporte un clon de la limousine llamada La bestia del presidente Obama. ¿Por qué la señora y su camioneta son más importantes que el vecino de al lado y su bicicleta? Si bien es cierto que ha tomado tiempo el que los ciclistas encuentren la ruta que les fija la delegación, esto ha sido gracias a la nula información de un delegado que al parecer no sabe ni siquiera promocionar su obra. El problema es que como siempre muchos ciclistas hacen lo que quieren porque así es como se debe hacer.
Recuerdo hace un par de años cuando un grupo de ciclistas más furiosos que nazis frente a judíos leyendo la torah frente a un templo católico, decidieron bloquear la entrada de una estación de radio en Polanco, simplemente porque uno de los conductores se atrevió a decir que los ciclistas no tenían educación. Y la verdad es que los ciclistas no tienen educación, como no la tienen los automovilistas, los motociclistas, los peatones o los conductores del transporte público.
Tan irresponsable es el chofer de una pesera que juega carreritas por el pasaje, como el ciclista que va en sentido contrario o sobre la banqueta.
Los mexicanos somos especialistas en pedir que se haga justicia en los bueyes de nuestro compadre, o en mirar la viga en el ojo ajeno, cuando en el propio existe una construcción de 52 pisos. Los ciclistas no merecen ciclovías porque atentan contra los automovilistas, los peatones son felices con la ciclovía porque ahora ya tiene una extensión de la banqueta por la que pueden caminar,  los ciclistas tienen la ciclovía para circular en el sentido que les venga en gana y no de acuerdo con el sentido de la calle, los conductores de peseras tienen un carril más para rebasar sin preocuparse que vaya a venir un carro por él y así todos agradecen el beneficio que el aparentemente carril vacío les ofrece. Claro, todos menos la vecina que no puede sacar su camioneta.
La educación vial es nula. Los automovilistas creen que porque su inversión en el vehículo es mayor que la de los demás, se le deben otorgar todas las concesiones habidas y por haber, jamás ceden el paso al peatón cuando doblan en una esquina, creen que se pueden estacionar sobre los carriles destinados a transporte público. En doble, triple y cuádruple fila. Creen que tocar el claxon los convierte en una especie de patrulla o ambulancia ante la que todos deben abrir el paso, cuando lo más probable es que el señor, la señora o mozalbete al volante, se haya despertado 20 minutos tarde y aun así quiera llegar a tiempo al trabajo o la escuela.  
El motociclista cree que la ventaja de la moto es que puede ir zigzagueando, o en vías rápidas en las que su vehículo no tiene permitido circular. A muchos ciclistas les gusta circular sobre las banquetas, porque así se evitan el peligro de ser atropellados, y  muchos jóvenes irresponsables andan en la ciudad con sus bicicletas que no tienen frenos porque agregando nuevos elementos a  la aventura de un deporte extremo. El Transporte concesionado hace la parada donde se le da la gana y peatones piensan que se puede cruzar cualquier vía, no importa si trata de una calle sin tráfico o del periférico, por la mitad y en el momento que quieran.
Y como cereza del pastel están los camiones recolectores de basura deteniéndose donde mejor se les da la gana sin preocuparles entorpecer el tráfico de mediodía para esperar que toda la colonia, llegue arrastrando sus tambos de basura orgánica e inorgánica, cuando el servicio de basura debería, como en muchas ciudades del mundo, e incluso del país, operar únicamente en las madrugadas.
Todos al tomar la calle, sin importar de la manera en que lo hagamos,  somos unos cafres. Cuando hablamos de maneras de mejor convivencia en una ciudad, ya de por sí conflictiva, nos olvidamos que entre las muchas carencias educativas de nuestro país, esta la educación vial y los servidores públicos que hagan valer esas reglas. Porque eso sí, inevitablemente veremos que los primeros en romper todas las reglas de la educación vial son los funcionarios públicos que junto con sus autos llenos de escoltas se pasan altos y rebasan por la derecha que da gusto y jamás frenan frente al peatón. Policías estacionados en lugares prohibidos o transitando en sentido contrario, Ambulancias y patrullas que utilizan la sirena para abrirse paso en  los congestionamientos viales, no para llegar a atender una emergencia, si no para poder llegar rápido a comer. Autoridades faltas de criterio común y de autoridad para crear normas que eficienten las vialidades durante las horas del día.  
Espero que mi vecina aprenda a sacar su camioneta con el espacio menor que tiene o que tenga el sentido común de comprar un auto mucho más pequeño que la ayude a circular de manera más rápida por las calles de la ciudad. Claro que siempre queda la posibilidad de que lo que a ella le guste sea echar lamina, para que nadie trate de agandallarla en las horas pico de tráfico.

publicado en blureport.com.mx el 16 de abril de 2013
imagen ciudadanosenred.com.mx

jueves, 14 de febrero de 2013

El porno por todos tan temido (en los setenta)



Cómo veíamos la pornografía los adolescentes en los setentas o como no la veíamos.
Armando Enríquez Vázquez
Hace un mes murió Sylvia Kristel, todo el mundo escribió sobre el asunto y habló de las míticas películas deEmanuelle que allá por mediados de los años setenta llenaron las entradas de las salas cinematográficas de la Ciudad de México de adolescentes de hormonas en efervescencia, que nos quedábamos solamente viendo los posters y los stills de la película, que como los vestidos de la época de nuestras abuelas dejaban todo, absolutamente todo, a la imaginación. En esa época, el control de entrada en los cines era más estricto y no se podía de manera sencilla entrar a ver las películas que ostentaban una clasificación D: “Estrictamente para mayores de 21 años”. Aquellos que entraban a lo que entonces parecía el acceso al Paraíso, ante nuestra envidiosa mirada, eran jóvenes que estrenaban la mayoría de edad ingresando al Cine Palacio Chino a ser parte de ese mundo “sucio” que era entonces la “pornografía”, y adultos de “mentes muy abiertas” o de soledades atroces de la clase media y otros que gustaban de ver “güeras encueradas”. Algo a final de cuentas, como quiera verse, resultaba aspiracional.
El soft porno había llegado a las pantallas de la Ciudad de México y en la Ciudad nos comportábamos a la altura de la situación, es decir, todos se parecían a los preadolescentes precoces que éramos mis amigos y yo. En las casas de la clase media, las madres se santiguaban, junto con las tías solteronas y utilizaban esa clásica frase: No es que uno se espante con esas cosas, pero es el colmo que estén a la vista de cualquier muchachito educado que pase frente a las puertas de un cine.
Para nosotros el sexo era una quimera llena de mitos, ritos, exageraciones e ingenuidades. Pero saber que sólo un boletero de sala de cine se interponía entre nosotros y la verdad desnuda, no era cosa que realmente nos preocupara, la pornografía real y el sexo estaban en otras muchas partes que aprobaban sin querer o sin saber nuestros padres, con sus prejuicios de buenas conciencias mexicanas de los sesenta y setentas.
La lectura, una vez más, bendita lectura, por ejemplo. Mi abuelo me inició en la lectura y gracias a él conocí a Verne. Con el tiempo cada visita a casa de mis abuelos se convertía en un viaje a la librería de Liverpool o de un Sanborn’s en compañía de mi tía que siempre me compraba un libro. Un best seller, por lo general, pero un libro al final de cuentas. Lo que aprendí de los betsellers de los 70 fue más de lo que cualquier película soft porno que se exhibiera en la Ciudad pudiera mostrar. Un ejemplo claro era un librejo que escribió un dizque biólogo marino que llenaba las pantallas de la televisión nacional y que se había hecho famoso por descubrir a unos tiburones durmientes en las costas de la península de Yucatán, su nombre era Ramón Bravo. En plena fiebre de Tiburón, libro, película y demás parafernalia, este buzo escribió un libro llamado Tintorera, que hasta donde recuerdo poco tenía que ver con la especie de tiburón conocida con ese nombre y más con una serie de aventuras sexuales que el buzo a través de sus personajes describía de manera muy detallada. Obviamente ese libro siempre estaba al alcance de mi mano.
Pero también uno podía hojear en las estanterías de las librerías aquellos libros de Xaviera Hollander que explicaban cosas que en ese entonces sonaban incomprensibles pero cumplían la función de llevarme a imaginar lo que quisiera antes de dormir como si fueran una palabra en un idioma poco conocido y a la que por asociación de ideas yo le daba un significado.
No faltaban los amigos y conocidos que se hacían de los Playboy, Penthouse o Oui de sus hermanos mayores o familiares y de esa manera íbamos descubriendo la verdadera anatomía de las mujeres. Otras revistas más anónimas y clandestinas eran realmente cuasi tratados ginecológicos que acabaron con cualquier idea errónea acerca de los genitales femeninos y de cómo se llevaban a cabo las relaciones sexuales.
A pesar de la mojigatería mexicana en nuestras casas y de las fantasías de adolescencia, había quien en sus sueños húmedos y precoces de adolescente calenturiento no solo afirmaba haberse tirado muchas mujeres sino que insistía en haber visto por obra y gracia del espíritu santo Deep Throat, y todas las versiones deEmmanuelle y el otro mito: El Último Tango en Paris, en una época en la que ni siquiera soñábamos que algún día existirían reproductoras de video cassettes VHS y Betamax, que llevarían la magia del cine a nuestras casas. Deep Throat, era un mito mucho más atractivo que Emmanuelle porque, al menos en mi caso, además del porno por todos tan deseado, contaba una historia que iba más allá del chico que entregaba pizzas para terminar en una desenfrenada orgía. Linda Lovelace estaba a la altura de María Schneider y El Último Tango en Paris. En ese entonces para los adolescentes voyeurs no existía esa línea que diferenciaba al arte del las ganas de ver sexo, creo que ahora tampoco, pero son los puristas los que quieren trazar y encajonar diferentes visiones acerca de lo mismo. Aunque alguna vez, por esos años, un maestro de estética nos dio una clara definición entre arte y arte implicado: “Si se te para la verga es arte implicado, si no es arte”.
La pornografía era emocionante por la clandestinidad con la que la portábamos y comentábamos. El cine pornográfico era la emocionante promesa de ponerle movimiento a aquellas fotografías y volver carne las fantasías leídas. Pero había que esperar a la mayoría de edad para poder entrar a las salas de cine.
Finalmente llegaron los ochenta, la mayoría de edad y la hora de cerrar las asignaturas pendientes, vi Emanuelle treinta mil en tercera dimensión, en el Cine Palacio Chino, a media película era más divertido quitarse los lentes y ver las figuras en triple silueta que la película; vi Deep Throat, que resulta una película divertida sobre todo porque sólo dura una hora; vi El Último Tango en Paris y me pareció lenta, aburrida y pretenciosa. Sylvia Kristel fue un mito en la mente calenturienta de aquellos adolescentes de los años setenta y por lo tanto su muerte es parte de la muerte de nuestros sueños húmedos, como lo fueron las de Linda Lovelace y María Schneider.
Hoy que la pornografía se ha vuelto tan aséptica que podemos ver películas y programas que van más allá de lo que hace cuarenta años se consideraba soft porno desde la comodidad de la sala de la casa, eso sin contar que el hardcore se puede comprar en cualquier establecimiento que venda DVD y Blu-Ray, para verlo una y otra vez desde la cama de la recamara sin problemas; con actrices de nombres absurdos que buscan la eterna fama,  para sólo regresar al anonimato 15 minutos después; se añoran los tiempos en que un simple nombre: Linda Lovelace, Sylvia Kristel, María Schneider, eran capaces de hacerte tornar la mirada y poner los ojos en blanco.

Publicado en Palabras malditas.net en Diciembre de 2012
Imagen:bank.mayfairthear.caer

miércoles, 13 de febrero de 2013

Caminar Reforma



¿Caminar porque es sano? ¿Caminar es ecologista? ¿Caminar por necesidad? No, la verdad, caminar por el puro placer de hacerlo, por tomar el tiempo de ver, disfrutar, de sorprenderse y recordar. De reconocer que nuestra ciudad es digna de orgullo.
Armando Enríquez Vázquez
Hace unas semanas me di la oportunidad y el placer de caminar a lo largo de Paseo de la Reforma desde Avenida Juárez hasta Mariano Escobedo. Lo primero fue admirar la grandeza de nuestra ciudad, esa, que todos sabemos está ahí, a pesar de los vituperios y de la mala leche de los provincianos. Esa de la que todos debemos sentirnos orgullosos. La que va más allá de políticos y problemas de tránsito, la seguridad o las trivialidades del día a día. Nuestra Ciudad de los Palacios. Darnos la oportunidad de caminar el Paseo que Maximiliano hace más de un siglo mando construir, un día cualquiera de la semana.
A la vista y la mía en particular, quedan los grandes cambios que el paisaje urbano ha sufrido desde los años setenta cuando por primera vez recuerdo haber caminado por la gran avenida. Cambios que intentan desaparecer pedazos de mi vida y de la de otros y obligan a ahondar en la nostalgia. Muchos son parte de la historia, no sólo de la personal, sino de nuestra ciudad, de México.
Sin haber vivido por mucho tiempo en el Centro, la Juárez, Cuauhtémoc, o en cualquiera de las colonias aledañas, menos de un año fue el tiempo que viví en la calle de Tiber, a principios de los ochenta, puedo mencionar momentos y recuerdos precisos en Paseo de la Reforma a lo largo de mi vida.
A mediados de los años setenta cerca del cruce de Insurgentes y Reforma estaba el Cine Roble. El Roble era uno de esos cines que parecían estadios;  varios pisos, cientos de butacas, balcones. Una de las viejas glorias de los tiempos cuando los cines tenían el poder de aglomerar a las masas de una manera religiosa. Para mediados de los setenta El Roble estaba herido de muerte, y sólo el glamur de la Muestra Internacional de Cine lograba el regreso de las multitudes a sus asientos. Así lo conocí. Siendo un estudiante de secundaria, que con sus ahorros había comprado un abono para la Muestra de Internacional de Cine y todos los días al salir de la escuela me iba de Mixcoac a Paseo de la Reforma para comulgar en el cine. El terremoto del 85 le dio la estocada final, como a tantos otros edificios. Hoy en el lugar donde estaba el cine se encuentra otro centro de espectáculos, eso sí de peor calidad tanto en el entretenimiento como, en la arquitectura: la Cámara de Senadores.
Recuerdo que un día, al salir de El Roble, tenía que ir a la oficina de mi padre, que se encontraba frente a la Columna de la Independencia, pues tenía cita con el dentista que estaba en Satélite, lo cual era una excursión porque nosotros vivíamos en el sur de la Ciudad, pero el dentista era muy amigo de mi padre por lo tanto él era siempre el encargado de llevarnos. Al llegar a la oficina y mientras esperaba a mi padre, comencé a hojear mi programa de la Muestra, entonces, con horror, me di cuenta de que había perdido el abono. Lo busqué por todos lados. Revolví la oficina de mi padre sin encontrarlo, finalmente, decidí regresar sobre mis pasos en Reforma hasta el Cine esperando un milagro. Y bajo la mirada de esa Victoria Alada, a la que siempre hemos llamado Ángel, el milagro se concretó; a la mitad del trayecto sobre el ancho camellón descubrí mi abono bocabajo, pisoteado.

En aquellos días, Paseo de la Reforma estaba lleno de cines majestuosos y legendarios; el cine Chapultepec, donde está hoy la Torre Mayor y en donde una ocasión escuché a un burócrata decirle a otro que lo increpaba a ver alguna de las películas de Rocky.
-No, porque no me gusta que le peguen a Rocky.
Para entrar a la sala había que subir una escalinata semicircular, que asemejaba la de un palacio, o  casa de las Lomas, esas que el cine mexicano reconstruía en sus sets. Aquellos cines de principios y mediados del siglo XX tenían siempre una escalinata, ya fuera para entrar al cine, como El Roble, o como en el caso del Cine Chapultepec antes de entrar a la sala que le daban esa idea del templo al cual se entra para la comunión. Al menos siempre me pareció así.
El Cine Diana, frente a la fuente de la diosa romana, hoy convertido en un complejo de muchas salas pequeñas. Alguna vez me tocó ir a una entrega de Arieles, esos con los que los cineastas nacionales se hacen el chaca- chaca mental de estar recibiendo el Oscar. El Cine Diana ya estaba entonces muy maltrecho y las incómodas butacas pintadas de verde pistache, descarapeladas y con asientos y respaldos de vinipiel rojo, en algunos casos rotos, daban el marco perfecto para lo que se celebraba; la patética industria cinematográfica de México.
El Cine Latino, uno de los más modernos en los setentas, era el lugar donde se exhibía la última de las películas de la Muestra, por lo general lo que hoy conocemos como un blockbuster, y entonces se llamaba una superproducción norteamericana. En su enorme pantalla vi por primera vez, Alien y Apocalispsis Now. Mi abuelo materno murió en las butacas de este cine. Hoy sólo ruinas permanecen con la cortina metálica abajo. Los cines Paris y Paseo antes de llegar a Avenida Juárez, uno de cada lado de la avenida. Más modestos pero completaban el circuito cinematográfico de Paseo de la Reforma.
Alguna vez crucé Reforma inundada a la altura del Cine Latino con el agua arriba de los tobillos cargando a mi ex esposa para evitar que se mojara, entre los aplausos de algunos automovilistas y lo claxonazos de otros. El hecho se volvió parte de la leyenda familiar y muchos años después caminé por un Paseo de la Reforma con tanto granizo que simulaba haber nevado. Después de haber visto cientos de aves de origami afuera de la embajada japonesa en honor de las víctimas del tsunami que arrasó Fukushima.
Pasando Lafragua, caminando hacia el norte y antes de llegar a Juárez había un enorme edificio habitacional, hoy lujosos hoteles ocupan su lugar, con una entrada formidable, obra de la arquitectura de principios del siglo pasado,  tenía como en el caso de los cines una escalinata maravillosa para dar paso al futuro prometedor del siglo XX. Cuando lo conocí la fachada estaba pintada de un tono ladrillo, ese edificio que me enamoró, como tantos otros de la zona que ya no existen, me sirvió como locación en una de las escenas de uno de mis ejercicios cinematográficos de la escuela de cine.
Años más tarde sobre esa misma cuadra un conocido abrió una librería que visitaba de vez en cuando. También sobre esa cuadra en uno de los hoteles, no recuerdo en cual, llevé a cabo mi primera transmisión en vivo. Unos premios de una revista de publicidad.
La esquina de Juárez y Paseo de la Reforma fue durante meses punto de encuentro matinal, para desayunos memorables.  Así como punto de partida, una funesta noche de abril, en que la cena terminó como no debía; en dos taxis yendo en sentido opuesto. Por un lado veo “El Caballito” de Sebastián, al que Valentina, mi hija, describió como “El Rey León”, cuando tenía cuatro años. En contra esquina, Excélsior, el periódico de la vida nacional, de la ignominia, de la corrupción y la mediocridad. La primera vez que entré en sus instalaciones fue a mediados de los setenta. La ruin traición de Regino Díaz y sus secuaces no se había perpetrado, y recuerdo la sorpresa y maravilla que me produjo asomarme en las entrañas del periódico que se leía en casa. Unos cuantos años más tarde, Ernesto Priani, amigo de la secundaria me acercaría al libro de Leñero y su madre contaría la historia de cómo Regino Díaz sacrificó a la cooperativa por ser director del Periódico. También conocí a los hijos de Regino y de la prepotencia que su padre les inculcó. Ésta esquina de Reforma se vincula con mi vida de más formas de las que quiero creer. Años después conocí a los autores del tiro de gracia que acabaría definitivamente con la cooperativa, auspiciados por el gobierno de Fox, desmantelaron la cooperativa para levantar un periódico de pésimos contenidos, pero lleno de premios por su diseño. Así de absurdo como se lee.
Desde mi primera infancia, recuerdo Paseo de la Reforma, mi padre nos llevaba a su oficina que estaba frente a la columna de la independencia los 16 de Septiembre y desde las ventanas de un tercer piso que en realidad era como un sexto o séptimo, veíamos el desfile militar. Después, en ese mismo edificio inicié mi vida laboral durante unas vacaciones de verano, aun siendo un estudiante de secundaria.
A mediados de los años noventa tenía que visitar frecuentemente dos edificios en los que se encontraban las oficinas de algunos clientes. El primero ya no existe, estaba en contra esquina de la Bolsa de Valores en la glorieta de la Palmera, el edificio, un corporativo de varios pisos ha desaparecido para dar paso a un enorme agujero que anuncia la construcción de un nuevo rascacielos en la zona. El otro en el cruce de Insurgentes y Reforma, a un lado de donde estuvo el Hotel Continental, una de las víctimas del terremoto de 1985. Reforma 156, alguna vez oficinas del Banco Internacional y más tarde de BITAL lucen vacías y cerradas, en las pequeñas escaleras eléctricas que llevan al lobby del edificio vi a “Resortes”, en sus años finales pero todavía luciendo el cabello negro azabache y un saco morado. En el fondo de ese Lobby había un gran mural de O’Gorman; hoy se encuentra en otro gran corporativo sobre el mismo Paseo de la Reforma.  Todavía en la azotea del alto edificio se ve una enorme antena cónica y dorada, donde el jefe de mantenimiento del banco se balanceó de un lado a otro durante el segundo temblor de 1985. Lo contaba con orgullo y cierto sentimiento de terror, doce años después. En la esquina, enfrente de la sucursal del banco, en la pequeña calle que desemboca a la semi glorieta que lleva a Reforma vendían en ese entonces los tamales callejeros más espectaculares que haya comido jamás.
Una mañana de 1998, mientras el país se preparaba a ver a la selección nacional en uno de sus encuentros del mundial de Francia, caminaba por el camellón esperando la hora de una junta de trabajo; Reforma estaba inusualmente vacía y comenzaban a llegar los policías encargados de cuidar el orden en caso de que la selección ganara. Caminaba cuando un camión lleno de escolares pasó por la avenida.
- ¡Adiós Lapuente!
Gritaron los estudiantes en referencia a mi gordura y la boina que llevaba calada.
Tiempo después, tuve otro cliente en Reforma, el edificio sigue ahí y se ve más prospero que hace algunos años. Recuerdo que a principios de los años setenta existían aún viejas casonas porfirianas sobre Paseo de la Reforma, hoy casi todas ellas han desaparecido, las que han corrido con mejor suerte han sido incorporadas a las fachadas de los edificios que las rodean hoy en día. Algunas se han vuelto carátula de enormes complejos de oficinas o centros comerciales y cines, otras sólo una curiosidad arquitectónica dentro del diseño contemporáneo de enormes edificios. Las que con peor suerte corrieron fueron convertidas en estacionamientos.
El edificio de la Cámara de Comercio del DF y algunos de los hoteles que se encuentran entre Juárez y la Glorieta de Colón son glorias del porfiriato, que pasan inadvertidas por los presurosos peatones.

Justo en la Glorieta de Colón existió durante mucho tiempo frente al hotel, un enorme edificio que albergaba las oficinas de la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Ahí trabajó durante toda su vida mi abuelo paterno. Hoy otro gran conjunto habitacional está siendo edificado en su lugar.
El camellón central ha sido modificado, alguna vez fue plano con los mismos mosaicos rojos de barro, que los camellones. Tenía jardineras rodeadas por una cerca de semicírculos de varilla metálica, hoy parece el lomo de un cocodrilo durmiente.  Lo imagino homenaje involuntario a Efraín Huerta y a la “del piernón bruto” que lo rebasó por la derecha. Pararnos en él, nos muestra si miramos al poniente, el Castillo de Chapultepec -cómo desde siempre-, desde que Maximiliano diseñó el Paseo en honor a Carlota, creyendo haber trazado la mejor ruta entre Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec. El camino ha cambiado muchas veces, desde que tengo memoria las aceras han sido modificadas, las bancas de cantera se hacen acompañar ahora de bancas “artísticas” algunas hermosas, otras, curiosas y las más para rellenar el camellón y estorbar al peatón. Algunas estatuas de próceres de la Guerra de Reforma han desaparecido, otras continúan ahí, invisibles al transeúnte. La Diana ha ido y venido paseando por Reforma y sus alrededores, como El Caballito, que hoy se encuentra lejos de su lugar. Alguna vez en la glorieta de la Diana, hubo una extraña fuente, eran como hongos geométricos de diferentes tamaños que celebraban cualquier tontería que al entonces regente se le hubiera ocurrido, cuando la Diana regresó a su glorieta, en más de una ocasión me tocó ver las aguas de la fuente espumeantes de detergente que algún bromista había dejado caer en la fuente causando un caos en Reforma y una maravillosa imagen en la mente de los que por ahí pasábamos; de espumas de colores rodeando la majestuosa desnudez de la Cazadora. Emulando a las strippers de los setenta, bañándose en sus copas de Champagne.
El trayecto terminó frente a la Puerta de los Leones, magnifica entrada a Chapultepec, hoy obstruida y minimizada por la construcción de la columna nueva del emperador, a la que la ya muchos llaman monumento a la Suavicrema, y que sólo los tontos no pueden ver su relación con los doscientos años de nuestra independencia, el cuarzo con el que se construyó es finlandés.
Reforma es más…, por un lado hasta la salida a Toluca, por el otro se funde con el camino a La Villa, pero esos son senderos que no caminé.
Caminar, y como diría Machado, “Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Podrá ser así, por la misma Reforma, no caminarás dos veces.

Publicado en palabrasmalditas. Octubre 2012
Imagenes:apmex.mx
              mexicomaxico.org

jueves, 7 de febrero de 2013

Y de pronto todos somos amigos



Esa extraña manía de llamar a cualquier hijo de vecina amigo.

Armando Enríquez Vázquez

Hace muchos años, cuando era estudiante de secundaria, un día mientras algunos compañeros exponían un tema en la clase de historia, un grupo de alumnos de la preparatoria entraron al salón y sin percatarse que en uno de los rincones estaba la maestra, una española de pocas pulgas y mucha edad, preguntaron:
-¿Disculpa podemos dar un anuncio?
Entonces, con la autoridad que daba la edad y la titularidad de la asignatura, la maestra se levantó con lentitud.
-¿Disculpa? Desde cuando comemos en el mismo pinche mesón para que me hables de tú.
Al reconocer a la temida maestra. La joven que encabezaba al grupo se puso pálida, ofreció mil disculpas y como si hubiera visto la encarnación de uno de los dioses innombrables de H.P. Lovecraft, salió del salón seguida por sus compañeros.
En la década de los setenta y ochenta, al conocer a los papás de mis amigos y compañeros de la escuela siempre me dirigí a ellos de usted, y lo mismo hacían mis compañeros al conocer a mis padres. Incluso, conocí personas que hablaban de usted a sus propios padres. La educación y el respeto se medían de esa forma, a los maestros mayores se les hablaba de usted, pero el cambio ya estaba en camino. A los maestros más jóvenes los tuteábamos, incluso un par de padres de amigos y compañeros se negaban al rígido usted y te pedían, casi suplicaban que los tutearas, tal vez tratando de recuperar el tiempo pasado o tal vez perdido.
La primera vez que alguien me dijo Señor, estudiaba todavía la preparatoria, pero sorprendido vi pasar 19 años como un tren y sentí el viento cruel del invierno de la vida. Sorprendido, y hasta tal vez aterrado, vi al pequeño de kínder que preguntaba algo.
Con el pasar de los años he visto esa falsa barrera de la educación construida a partir del usted derrumbarse, en una de las aventuras del chilango detective Héctor Belascoarán Shayne, escrita por Paco Ignacio Taibo II, uno de los personajes le pregunta a otro: “¿Le puedo hablar de usted?” “Si” responde el otro. “Pues entonces chingue usted a su madre”.
Hoy casi todo mundo se habla cotidianamente de tú, casi todos rompimos el turrón hace décadas y por lo general sólo le hablamos a alguien de usted o nos hablan de usted cuando no sabemos qué tan adusto es aquel que tenemos enfrente. O si las arrugas son ya demasiadas.
Pero de pronto desde hace algunos años tutuearnos resultó insuficiente para demostrar la igualdad entre los seres humanos.  A alguien se le ocurrió que se podía referir a cualquier semejante como amigo, y eso sí que no.
Mis amigos, pocos o muchos, los defino por muchas cosas. Son parte de mi vida, gamberros o no, como la canción de Serrat. Me son entrañables aunque no los vea a diario. Y caminan conmigo en las diferentes horas del día. Mis amigos son gente cercana a mis amores y desamores.  Dice el dicho dime con quién andas y te diré quién eres y eso, como escribe Bretón en Najda, hace que sea muy cuidadoso de mis relaciones y tremendamente consiente de ellas.
Por lo tanto, que cualquier mozalbete de esos que dan muestras gratuitas de pan en el súper, un mendigo, policía o jovenzuela  en busca de una calle se dirija a mí como amigo, hace que el estomago se me haga nudo. Inmediatamente lo ignoró y volteo a otro lado, porque obviamente si no conozco a la persona, mucho menos puedo ser su amigo. Por lo tanto asumo que no se está dirigiendo a mí.
El colmo fue una vez que lleve a mis hijas al museo Papalote y uno de los muchachos que trabaja en el lugar se dirigió a mí como “cuate”. No sé como habré mirado al chamaco pero decidió darse la vuelta y dirigirse mejor al “cuate” cincuentón al otro lado del museo. Me acordé entonces de la maestra de historia y me di cuenta de que la brecha generacional es amplia y generosa, afortunadamente.
Entiendo perfectamente hoy a todos aquellos que en el facebook se jactan de tener 600 amigos de los que no saben nada, probablemente ni siquiera el nombre de la calle donde viven. Tratan de llenar con “amigos” su carencia de habilidades sociales.
En lugar de llenar las páginas virtuales de la vida de uno con personas triviales, ¿no es mejor aquello de escoger con bien a los amigos y mejor a los enemigos? Tal vez el Facebook debería tener una entrada así: enemigos. Podríamos valorar mejor a los seres humanos que son nuestros amigos, a los que nos consideran enemigos, y más aún cruzar los datos de todos aquellos que solicitan nuestra “amistad” y poder ignorarlos de cualquiera de las dos listas.
Tristemente cuando amigo parecía haber rebasado los límites de la cordialidad, se pone de moda hoy llamar a nuestros semejantes güey, sin el menor pudor. De la amistad pasamos al insulto. Y como muchos jóvenes adoptan sin decoro esta vituperiosa forma de dirigirse a sus semejantes, no quiero ni pensar cuál es el siguiente paso en nuestro desarrollo del español para dirigirnos a nuestro semejante.

publicado en palabrasmalditas.net en Agosto de 2012
Imagen: kosas-k-hay-k-saber-y-ver.blogspot.mx

martes, 8 de enero de 2013

Perros ferales en el Distrito Federal.



Con la captura de una jauría de perros que al parecer cazó a 4 personas en Iztapalapa queda claro que la mayoría desconocemos un problema de la Ciudad de México.

Armando Enríquez Vázquez

No se trata de ser dramático, ni amarillista, solo se trata de reflexionar. ¿Cuántas veces vemos a gente en la calle con uno, dos , tres y hasta más perros? ¿Cuántas también vemos la irresponsabilidad de los dueños en forma de heces en las banquetas? ¿Cuántos perros callejeros vemos al día en nuestro trajinar? Hay que decir que la mayoría de perros de la ciudad carecen de una calidad de vida conforme a su especie ya sea que tienen que evadir patadas y automóviles o  viven confinados a balcones, departamentos y otros lugares que habitan los dueños.  Muchos de estos animales pierden su encanto o comienzan a significar mucha responsabilidad para sus dueños y entonces nada mejor que soltarlos a la ciudad.
En 2009 la UNAM calculaba que la población de Perros callejeros en nuestra Ciudad ascendía a dos millones y medio de animales, aunque el gobierno de la ciudad admite sólo un millón doscientos mil, a los cuales se suman anualmente unos 128,000 que nacen y el número incierto de los que son abandonados por sus dueños. Anualmente se atiende en la Ciudad a entre 16 y 18 mil personas por mordeduras de perro.
Yo no sé que piensen esos que desfilan por Paseo de la Reforma ridiculizando a sus mascotas con disfraces y clamando por los derechos animales, pero para mí siempre será más importante un niño, que un perro y si al menos un bebe y otras tres personas han muerto por ataques de una jauría, pues las cosas son claras. También sé que las jaurías que atacan seres humanos nos son cotidianas y es más se podría decir que es algo extraordinario. Pero la cantidad de perros callejeros representa  varios otros problemas para la salud de la ciudad. Con el cambio climático y las últimas temporadas de calor de la ciudad pueden presentar focos de rabia, las heces fecales al secarse y pulverizarse representa enfermedades para la población como conjuntivitis, salmonelosis y otros tipos de parásitos, hoy en día el gobierno calcula que unas 182 toneladas de heces fecales de perros callejeros al año, además esta este último que conocemos esta semana, donde se trata ya de atacar a seres humanos, por lo que pienso que es momento iniciar campañas para acabar con los perros callejeros de nuestra Ciudad y no cómo ha pasado a lo largo de nuestra historia ignorar el problema.  Yo sé que me van a saltar al cuello ONGs y locos maníacos que lejos de poder tener relaciones con otros humanos y platicar con ellos, tratan a los animales como lo que no son; Humanos.  Si las leyes en la ciudad tratan de ser más amigables con los animales también deben ser más severas con los irresponsables que los cuidan y crían. Pero también debemos de ser claros, si un animal vaga por la calle sin dueño que lo vista y lo proteja, hay que ponerlo a dormir. Y aquel que, nunca falta alguien así, salga a defenderlo que demuestre la propiedad y se haga responsable del animal. Por otro lado aquel que se le descubra infraganti siendo cruel con un animal o no haciéndose responsable de él, como lo es recogiendo sus heces que se le quite el animal. Yo sé que esto no va hacer la ciudad más segura, ni más habitable, pero al menos va a hacer más limpia para los que la caminamos y hará responsables a los dueños de perros, que de otras maneras claman por los derechos animales que en su mayoría no saben respetar.


Publicado en blureport el 8 de Enero de 2012
Imagen: lifeashuman.com

domingo, 30 de diciembre de 2012

Responsabilidad



Los primeros actos de un gobierno indican mucho del rumbo que habrá de tomar ese gobierno y lo que veo en el gobierno de Miguel Ángel Mancera desgraciadamente no parece alentador.

Armando Enríquez Vázquez 

¿Hasta Donde Miguel Ángel esta maniatado por las tribus del PRD? ¿Hasta cuando lo van a apoyar o a traicionar? Estas preguntas se hicieron a lo largo de la pasada campaña electoral en el DF, cuando el candidato del partido gobernante en la capital del país, no era miembro del PRD, si no un candidato ciudadano que le dio un triunfo claro y contundente a la izquierda como ninguno de sus militantes hubiera podido  darles.
Hoy parece que los primeros errores de un gobernante al que no apoya más que ciertos dirigentes del partido comienzan a suceder y el PRD como siempre muestra algo que lo ha caracterizado la irresponsabilidad y el crear fuego amigo.
Aprovechando las vacaciones y la falta de lectura de noticias, los asambleístas del PRD quisieron por un momento jugar con poner un impuesto sobre el alumbrado público. Y más tarde se salieron con la suya  modificando las leyes penales de la Ciudad para concertar la liberación de los que el día primero de Diciembre causaron destrozos en la Ciudad. Lo que muestran estas acciones es una gran falta de responsabilidad de las autoridades del DF y de los asambleístas del DF.
Primero, por más que el Jefe de Gobierno diga que la idea del los impuestos sobre el alumbrado público son responsabilidad de la Asamblea Legislativa del DF y los siempre irresponsables legisladores de la capital digan que es una orden del gobierno del DF. La verdad tiene que ser puesta ante la opinión publica. Los impuestos que los capitalinos pagamos son para crear y mantener la infraestructura de nuestra ciudad, como sucede en todo el mundo. El alumbrado Público es uno de los servicios para los que pagamos impuestos. Los impuestos de los ciudadanos no son para pagar los vergonzantes salarios de nuestros vergonzantes asambleístas, ni sus prerrogativas. Ni para tapar los hoyos fiscales que haya podido dejar la administración pasada, ni para pagar los próximos seis años de campaña de AMLO y/o de Marcelo Ebrard. Los ciudadanos debemos dejar esto bien claro y exigir que al contrario de buscar nuevos impuestos idiotas, los asambleístas se reduzcan su dieta en más de un 40% y trabajen todos los días del año. Y aunque los asambleístas ya hayan reculado, es momento de recordarles que son nuestros representantes, que no son ni por mucho autoridades y mucho menos gobernantes. Y hay que recordarle a Mancera que lo elegimos los ciudadanos no los miembros del PRD.
Por otro lado modificar las leyes de la capital para permitir que los vándalos que el pasado primero de Diciembre destrozaron negocios y atentaron contra monumentos de la Ciudad pudieran salir de la cárcel de manera fácil, no sólo es una irresponsabilidad, si no que descara de manera inmediata que tras los actos del día primero esta la sombra de AMLO y ciertas tribus del PRD. Por si quedaba  alguna duda dos legisladores del PRD salieron a pagar las fianzas de los detenidos.
Aquí el cinismo es doble, el de los perredistas, lopezobradoristas y asambleístas por un lado y el de los inculpados por el otro. Hace ya dos semanas el gobierno del DF rectificó y liberó a aquellos que fueron víctimas de los atropellos de la policía y la pésima organización del operativo. Tras las rejas quedaron los rijosos comprobados.
Todas nuestras acciones tienen consecuencias. Saber aceptarlas y actuar de acuerdo a ellas es lo que nos hace responsables. Y si no, para eso están las leyes para que cumplas con normas mínimas de convivencia. Si atacas a ciudadanos y destrozas comercios con qué cara pretendes que no se te encarcele. Si pretendes cobrarme por servicios por los que ya te pagué como te atreves a pedir mi voto una vez más.
Hoy los tiempos han cambiado, como sociedad debemos exigir que esos 14 delincuentes sea encarcelados de nuevo y que los asambleístas de una ciudad modelo no la echen a perder por sus ambiciones de poder y dinero, por su mezquindad y por su apoyo a los grupos más radicales y criminales de su partido.
Me gustaría oír al Jefe de Gobierno hablar en defensa de los ciudadanos que para eso lo elegimos, al fin y al cabo él nos aseguró no estar casado con ninguna de las tribus, y lo escribo  en el sentido más peyorativo de la palabra, del partido que lo llevó a la jefatura del gobierno de la Ciudad de México.

Publicado el 29 de Diciembre de 2012 en blureport.com.mx
Imagen:pinktentacle.com