Mostrando entradas con la etiqueta cuento fantastico.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento fantastico.. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de diciembre de 2012

Acerca de fantasmas y ratones



Armando Enríquez Vázquez
Había una vez en un lóbrego y tenebroso país, un enorme y viejo castillo abandonado. En el castillo habitaban dos familias: los Manchego y los Montes de la Sierra Madre. Las dos familias eran de abolengo y se podría decir que las dos habitaban en el castillo desde siempre.
   Los Montes de la Sierra Madre habían mandado construir el castillo trescientos años atrás. Por su parte, los Manchego habían sido los primeros en mudarse al castillo.
   Los Montes de la Sierra Madre, vivieron en el castillo durante casi los trescientos años que tenía éste de existir, hacia sólo unos quince años que el último de los Montes de la Sierra Madre había muerto. Desde ese día los únicos habitantes del castillo eran los Manchego. Al menos eso era lo que ellos creían.
   Al ver el castillo para ellos solos, los Manchego se dedicaron a recorrer los salones, corredores y habitaciones que en antaño les estaban vedadas. Durante casi tres siglos la familia Manchego se había visto confinada a la cocina, el sótano, los establos y algunos cuartuchos asignados a la servidumbre. Poco a poco, no sin miedo, los miembros más jóvenes de la familia Manchego se fueron aventurando en el interior del castillo, que hasta entonces había estado reservado a los Montes de la Sierra Madre, y no porque en otros tiempos ninguno de los Manchego se hubiera atrevido a cruzar los límites que los Montes de la Sierra Madre les tenían impuestos, pero aquellos que lo habían intentado habían desaparecido sin dejar el menor rastro.
   Los descubrimientos que hicieron el Manchego en los inmensos salones del castillo, fueron contados a los mayores que habían permanecido en la cocina: Mullidos sillones en los cuales saltar y deslizarse, sillas y mesas de exóticas maderas que tenían un gusto indescriptible al paladar, libreros repletos de miles de excelsos bocadillos. Los hasta entonces temerosos, que apenas se aventuraban al abandonado comedor del castillo, animados por el regreso de los primeros aventureros, osaron salir de los límites que ellos mismos se marcaron. Cada día un mayor número de los Manchego abandonaba el sótano y la cocina. Los Manchego pensaban que eran los dueños del castillo y por lo tanto debían tomar completa posesión de sus dominios. Fue entonces cuando el miedo se apoderó de ellos y los hizo retroceder a sus antiguos límites.
   Una noche tres de los más osados miembros de la familia Manchego, pusieron en práctica un plan que habían ideado para subir las escaleras principales del castillo y conocer las partes altas de sus dominios. Todo estaba resultando de acuerdo a lo planeado, de hecho faltaban un par de escalones para lograr su meta, cuando algo llamó la atención de los tres intrépidos Manchego. Una gigantesca figura los observaba con curiosidad desde el final de la escalera. El descubrimiento de esta extraña presencia hizo que los Manchego casi volaran a la planta baja.
   La noticia no tardó en esparcirse por toda la familia Manchego. La sorprendente nueva se tornó en indignación entre todos los Manchego, cómo se atrevían los Montes de la Sierra Madre a poner un pie en el castillo, si estaban muertos. Conforme los pequeños roedores analizaban la afrenta, se dieron cuenta del tipo de seres con los que estaban tratando. Los Montes de la Sierra Madre estaban muertos. ¡Estaban Muertos! Un súbito terror se apoderó de todos los ratones y sin pensarlo regresaron al sótano, a la cocina, incluso algunos, llenos de miedo decidieron abandonar la propiedad.
   En la parte superior del castillo la noticia, también corrió con rapidez por todas las alas. Los Montes de la Sierra Madre, incorpóreos, tal era su estado después de muertos, empezaron a tomar medidas para ahuyentar a los Manchego. Habiendo sido señores y damas siempre rodeados de sirvientes que les solucionaban cualquier necesidad por tonta que fuera, como abrocharles la camisa o destaparles los refrescos, los Montes de la Sierra Madre sentían pánico de enfrentarse por su cuenta a los Manchego. Los Montes de la Sierra Madre no podían compartir su hogar con tal cantidad de ratones. Era algo antihigiénico a todas vistas.
   Los Manchego por su parte, necesitaban acabar con la plaga que representaban los Montes de la Sierra Madre y para ello era necesario que alguien subiera por la escalera y averiguara más sobre sus eternos, al parecer, enemigos. Pero, el miedo era tal que nadie se atrevió.
  Entre los habitantes de los pisos superiores del castillo la preocupación no era menor. Todos, todos estaban de acuerdo, en que una cosa era estar muerto y otra muy distinta rebajarse a cazar a los Manchego.
   Entre el miedo y la indecisión transcurrían los días para ambas familias. Ni los Manchego, ni los Montes de la Sierra Madre, se atrevían a tomar una decisión efectiva y perdían las noches discutiendo.
   Una noche en que los Manchego se encontraban enfrascados en su habitual discusión, uno de los tres jóvenes que había subido por la escalera dijo:
   - Ellos saben que nosotros estamos acá, ¿por qué, entonces no bajan a buscarnos? Saben que les tenemos miedo. ¿No será acaso que ellos también nos tienen miedo?
   Los Manchego se vieron entre ellos, murmuraron y voltearon a ver al joven es espera de una respuesta.
   - Hay que asustarlos para lograr que se vayan.
   La pregunta más importante no se hizo esperar. ¿Cómo asustar a los Montes de la Sierra Madre? Nadie quería arriesgar la vida. Fue entonces que otro de los Manchego que se había aventurado por la escalera habló.
   - ¡Hagamos ruido! Que piensen que somos cientos, miles, que tarde o temprano subiremos por esa escalera.
   Los Manchego se pusieron de acuerdo para juntar objetos y crear los ruidos necesarios.
   Esa misma noche los Montes de la Sierra Madre se reunieron para hablar del problema de los habitantes de los niveles inferiores del castillo. Las mujeres Montes de la Sierra Madre estaban al borde de un ataque de histeria sólo de saber que uno de los Manchego podía en cualquier momento subir por la escalera. La verdad era que los hombres mismos estaban intranquilos, por no decir atemorizados, porque esto último jamás lo admitirían.
   Curiosamente, las decisiones tomadas esa noche por los Montes de la Sierra Madre fueron idénticas a las que se tomaron escaleras abajo.
   Al otro día, los Montes de la Sierra Madre, también se dieron a la tarea de buscar objetos para hacer el ruido necesario para ahuyentar a sus vecinos.
   Abajo y arriba se almacenaban los objetos destinados a expulsar a las familias del castillo. Unos sacaban de un oscuro agujero una vieja sonaja encontrada veinte años atrás, otros rescataban del closet unas viejas y nunca usadas cadenas. 
   Aquella noche tanto los Montes de la Sierra Madre, como los Manchego repartieron entre los suyos, matracas, saxofones oxidados, latas llenas de piedras y pedazos de platos que aún se podían romper.
   Las dos familias, por ciertas ironías con las que se divierte el destino, decidieron hacer ruido a la misma hora, no muy noche para no asustar a los niños, ni muy tarde para evitar desvelarse y arriesgarse a que su plan fracasara debido al sueño pesado de sus víctimas.
   El escándalo fue tal que lo único que sorprendió a ambas familias fue su capacidad de hacer ruido y la falta de respuesta por parte de la otra familia. La siguiente noche los Montes de la Sierra Madre planearon hacer ruido cada determinado tiempo, así los Manchego no creerían que un trueno o un derrumbe habían producido aquel ruidazo de la noche anterior. Los Manchego decidieron exactamente lo mismo.
   Durante toda la noche el castillo se lleno de ruidos. Las lechuzas, los murciélagos, las ranas y los sapos, se la pasaron sobresaltados ante tan extraños sonidos precedentes del castillo. Los Montes de la Sierra Madre y los Manchego por su parte pensaban que el abandono en que se encontraba el castillo era la causa de que sus ruidos fueran repetidos por un eco tan extraño, que no sólo tardaba más de tres o cuatro minutos en contestar el ruido original, sino que también el tono y la forma del sonido eran diferentes, así cuando un Montes de la Sierra Madre azotaba su metálica cadena contra los muros de piedra, el eco regresaba el sonido en algo parecido a un espanta suegras.
   Eso era lo malo de los viejos castillos, cualquier cosa fuera de las leyes de la física o química podía suceder, y eso cualquier fantasma o ratón que se precien de serlo lo saben.
   Por lo que ninguna de las familias sospechaba que los esfuerzos para expulsar del castillo a la otra eran reproducidos por sus adversarios. Pasaron los meses y las rutinas continuaron, sin causar el efecto deseado. Los Manchego continuaban viviendo en el castillo al igual que los Montes de la Sierra Madre, sin sospechar que eran blanco de la campaña de ruidos de la otra familia.
   Un día los Manchego decidieron acabar con los ruidos. Los nervios de todos ellos estaban hechos pedazos. La falta de sueño había hecho que durmieran durante el día y olvidaran recolectar alimentos, limpiar su casa y llevar a los pequeños ratoncitos al colegio. Sin embargo los ruidos continuaron aquella noche. Los Montes de la Sierra Madre por ser fantasmas no tenían los mismos problemas que los Manchego. Además se divertían mucho haciendo ruido, en lugar de estarse viendo las pálidas caras como lo venían haciendo hasta ahora. Habían descubierto que eran unos fantasmas chocarreros, mucho más divertidos de lo que habían sido en sus monótonas vidas. Por ello, algunos decidieron irse a vivir a la ciudad donde hay más diversiones, otros, más conservadores y serios, decidieron permanecer en el castillo.
   Los Manchego, se miraban entre ellos. Fingían no escuchar nada, aunque por el rabillo del ojo intentaban atisbar a las reacciones de los otros ante el ruido. Algunos pensaron que el cansancio y la tensión de las noches anteriores les estaban produciendo alucinaciones auditivas.
   Ninguno habló de los ruidos y los Manchego trataron de comportarse de manera más normal posible. Al llegar la noche los ruidos comenzaron una vez más. Y los Manchego fingieron nuevamente no escuchar nada, aunque más tarde, en sus camas, mirando, de vez en cuando y de reojo al techo, todos y cada uno de los Manchego pensaba que habían despertado a cientos de miles de fantasmas que molestos no tardarían en bajar las escaleras para devorarlos. La tercera noche de ruidos fue la peor. Todos los Manchego aterrados cerraban compulsivamente los ojos con fuerza cada vez que escuchaban un ruido, a pesar de ello y de las ojeras que demacraban a todos los miembros de la familia ninguno fue capaz al día siguiente de reconocer lo que pasaba y mucho menos de hablar acerca de los ruidos.
   Ese mismo día, algunos de los Manchego decidieron abandonar para siempre el castillo. Sin despedirse de nadie salieron en busca de algo mejor para sus familias. Pues con los planes para deshacerse de los Montes de la Sierra Madre, la recolección de alimentos y la siembra habían caído en el olvido.
   Al caer la cuarta noche los Manchego se desearon buenas noches entre los que quedaban muy temprano y se fueron a la cama. Sin embargo, todos estaban alerta a los ruidos y ninguno podía conciliar el sueño en espera del inicio de los ruidos.
  Bueno, no todos los Manchego se fueron a la cama esa noche. Tres valientes miembros de la familia Manchego decidieron repetir su hazaña y volver a subir las escaleras.
   El castillo, para sorpresa de todos los que aguardaban en sus camas el primer ruido de la noche, así, como para los tres aventureros, permanecía en el más aterrador de los silencios.
   Armándose del mayor valor posible, los tres Manchego llegaron al pie de la escalera. Se detuvieron un momento y entre los charlaron por un instante.
   - ¿Qué haremos una vez que estemos arriba?
   - Tal vez se hayan ido, hoy no hemos escuchado ningún ruido.
   El tercero de ellos tampoco contestó la pregunta del primero, se limitó a observar la escalera muy pensativo.
   Los otros dos Manchego seguían hablando para ocultar el miedo que el silencio absoluto les provocaba.
   - Tal vez se están preparando para bajar y cazarnos a todos...
   - Creo que no deberíamos subir, es muy posible que se hayan ido ya. Todos esos ruidos que hemos oído las noches anteriores, no eran más que ellos haciendo sus maletas...
     - Y si nuestros ruidos los hubieran asustado y ahora otros seres más monstruosos y sanguinarios habitaran arriba.
   El tercer Manchego iba ya subiendo la escalera. Con dificultad y lentamente. Pero la curiosidad lo alimentaba a hacer el esfuerzo. Tenía que saber quiénes vivían arriba y por qué de pronto habían cesado los ruidos. Cuando los otros se dieron cuenta y le gritaron que los esperara era demasiado tarde, el ratón llevaba más de media escalera trepada.
    Sin embargo su concentración fue interrumpida por una sensación gélida que le recorrió la espalda. El ratón quedó paralizado. Ningún músculo le respondía. Tan sólo sus ojos se movieron hacía arriba. Lo que vio, lejos de acrecentar su terror, lo tranquilizó. Un pequeño fantasma sentado en el escalón lo había acariciado. Su rostro reflejaba una sonrisa triste y melancólica. El ratón se acercó a él y la helada mano volvió a pasar sobre su pequeño lomo.
    - ¿Sabes? - Dijo el pequeño fantasma con una voz, que aunque de ultratumba, no tenía un tono para espantar a nadie. -  Mis mayores están cansados de hacer ruido por las noches para asustarlos. Ellos han decidido permanecer aquí arriba, mientras ustedes no invadan nuestra parte del castillo.
   El fantasma volvió a acariciar al ratón, quién intentó restregarse en su inexistente cuerpo. En ese momento los otros dos ratones llegaron a la mitad de la escalera y llenos de terror vieron al joven fantasma junto a su amigo el ratón. A una velocidad que los sorprendió a ellos mismos regresaron a la planta baja y despertando al resto de los Manchego les contaron la historia de cómo un fantasma estaba a punto de devorar a su amigo.
   El pánico se adueño de los Manchego. Media hora después cuando el pequeño ratón apareció por el umbral de la puerta de la cocina encontró a la gran mayoría de sus parientes empacando. Los tranquilizó contándoles lo que en realidad había sucedido.
    Por su parte el fantasma, también, regresó con sus familiares. Los Montes de la Sierra Madre dormían en su mayoría como benditos. Sólo algunos desvelados jugaban dominó, aliviados por no tener que hacer ruidos aquella noche. La novedad de ser espíritus chocarreros había pasado ya, y la mayoría de aquellos que habían abandonado el castillo en busca de aventuras estaban de regreso, contando sus fantasmales aventuras a los demás. El joven fantasma les contó lo que le había sucedido en su camino hacia el piso inferior. Los Montes de la Sierra Madre lo miraron con sorpresa y rieron de alivio.
   Desde aquella noche no se volvieron a escuchar ruidos nocturnos en el castillo, los Montes de la Sierra Madre deambulaban felices por el nivel superior del castillo, celebraban fiestas y banquetes. Jugaban dominó, barajas, educaban a sus hijos y les contaban cuentos a la hora de dormir. Lo mismo pasaba en la planta baja donde los Manchego leían y cultivaban el jardín.
   Con el tiempo hasta las lechuzas y los murciélagos regresaron a las torres del castillo. Las ranas y los sapos a los sótanos.
   Alguna noche cuando un Manchego se sentía sólo y abrumado subía la mitad de la escalera y sí era lo suficientemente afortunado encontraba a un Montes de la Sierra Madre que pasara su gélida mano sobre su pequeño lomo.

publicado en thepont.com.mx el 12 de Diciembre de 2012 
Foto: thisbluemarble.com

martes, 4 de diciembre de 2012

Las tribulaciones del monstruo



El amor...
   Ni siquiera recuerdo lo que se siente, o como se siente...
   Irónicamente la gente piensa en mí como un ser lleno de pasión y por reducción al absurdo como alguien capaz de brindar amor, salvaje, bestial, efímero, apasionado, pero amor al final de cuentas. Cuando soy, únicamente, un depredador.
   Vivimos días extraños. Una época de abulia. Hoy, a diferencia de otros tiempos, sí permito que alguien descubra mi identidad, sin dudarlo se me entrega, me busca, se aferra a mí como el naufrago al madero. Me asecha y acosa. Yo mismo me sorprendo con este juego del cazador cazado. Extraños días en que vivimos. Vestidos de negro, con largos gabanes y dientes serrados, de plástico, o marfil en el peor de los casos. Falsos colmillos a veces pintados sobre los labios, caminan mis émulos, con una pedantería que va de la mano con su ingenuidad. Creen que sus ridículos disfraces forman parte de la seducción, de la que por supuesto no saben nada.
   Sin jactarme de nada puedo decir que la seducción la invente yo.
   Durante los primeros años de mi maldición me angustiaba alimentarme; forcejear con la víctima, oír sus agudos gritos que en ocasiones amenazaban con romperme los tímpanos, eso sin contar que la sangre contaminada por la adrenalina produce gastritis, ulceras y lo sume a uno en un estado de melancolía profunda. Claro, todas estas preocupaciones de salud han llegado con el paso de los años y la lectura de textos médicos que le han dado nombre y origen a mis dolencias. En aquellos tiempos lejanos, me preocupaba ante todo la estética. Los gestos, los llantos, las súplicas desfiguraban la esencia humana de las bellas mujeres que me servían de cena, eso disminuía mi apetito y me hacía sentir como un animal cazando y deglutiendo únicamente, comía de mala gana y entre remordimientos y sentimientos de inferioridad. Por eso tuve que inventar la seducción.
   Gracias a la seducción descubrí los placeres de la gastronomía. Comer es un arte. La preparación de los alimentos; los ingredientes y el orden en que deben ser combinados. Esperar el tiempo necesario para que la sangre se impregne de aromas y delicados sabores. La muerte súbita deja una sangre casi pura, que se puede perfumar con licores, frutas, especias. Es delicioso ver morir entre sonrisas y deseo. La sorpresa al aparecer en un rostro, llena de gracia el sacrificio.
   Debo aceptar, no sin cierta nostalgia, que hoy en día es fácil encontrar seres que desaparezcan gustosos conmigo en la noche. Nadie se espanta con el monstruo. Lo cual le quita el gusto a la comida. Nada hay mejor que ganarse el pan con el sudor de la frente.
   Hoy todas quieren beber cerveza que le da a la sangre un ácido sabor campirano, o peor aún beben refrescos dietéticos, que le dan a la sangre un desagradable sabor a goma de mascar. La absurda idea de las mujeres de hoy por ser exageradamente delgadas; Nutrasweet, Aspartame, Canderel, fructosa, sustitutos alimenticios, esteroides y pastillas para suprimir el hambre, complementos alimenticios hechos a partir de químicos que parecen pesticidas, todos me traen problemas digestivos. Aromas dulzones y vulgares, y yo, que a mi edad debo cuidarme de la diabetes.
   Mujeres de poca sangre y de mala calidad. La podríamos llamar una sangre light  que sólo causan en mi un hambre atroz. Las chicas robustas, avergonzadas de sus carnes que nada tienen que ver con las modelos de revistas y la televisión, prefieren quedarse en casa, lamentándose, consolándose con una dieta rica en grasas y harinas. Aquellas que se atreven a salir, hay que atraparlas temprano, porque para ahogar sus penas y darse valor ante la indiferencia de los hombres se emborrachan rápidamente desde temprano. Eso le resta todos sus encantos al juego de la seducción.
   Eso sin hablar ya de las que utilizan drogas. Como con los humanos hay vampiros que se han vuelto adictos a las y los adictos. Esos son los que primero perecen. Arrastrándose por las callejones ansiosos en busca de un mordisco cargado de heroína o cualquier droga.
   Antes una hermosa mujer de dieciocho años era un magnífico bocado. El siglo veinte me enseño que a los dieciocho las mujeres no existen, son sólo adolescentes, estudiantes. Una mujer de veinticuatro era entonces lo mejor que el género humano podía ofrecerme. Hoy ni los veinticuatro, ni los dieciocho, con ese maldito SIDA, niñas de trece o catorce, o la vida apacible y burda de un lejano poblado con mujeres rústicas y no siempre bellas.
   Pensar en que hubo un día en el que sentí placer, el más animal y primitivo placer por la curvatura de un seno, por la tersura de un labio, por el olor primigenio que emana de una mujer excitada, temerosa. Hoy sobrevivo buscando púberes que gritan y chillan recordándome a mis primeras víctimas. Hoy, a mí edad y a pesar de saber cómo cambian las convenciones sociales, me siento tres veces más monstruoso.
   Aquél maldito Van Helsing, estaría feliz de ver la merma en la población de vampiros. Antes que la paidofagia, muchos vampiros han decidido mudarse a vivir a pequeñas ciudades remotas o al campo donde tarde o temprano han sido descubiertos y destruidos. Sólo los vampiros nómadas han sobrevivido este tipo de existencia. Otros sabiéndose inmortales, no han sido precavidos y han bebido sangre a diestra y siniestra, contrayendo el virus del Sida, que nos destruye por inanición indirecta. Toda la sangre que beben, una vez que han adquirido el virus, es rechazada por el estómago. El hambre lleva a los vampiros a tal estado de desesperación y dolor que se pasan las noches vagando en busca de comida, vomitando toda la sangre que logran succionar a otros seres, así invariablemente los sorprende el amanecer y la luz del día se encarga del resto, o, peor aún, su aspecto famélico, las ropas llenas de sangre, su deambular nocturno, la descuidada lucha por alimentos cada vez más repugnantes y el nauseabundo olor que despiden terminan por delatarlos a los ojos siempre alerta de los cazadores de vampiros, que todavía, aunque suene inverosímil, existen.
    La existencia es finalmente una absurda rutina; dormir, comer, y volver a dormir. Entre uno y otro acto todos nos inventamos necesidades. Emociones, escrúpulos, ideas e ideologías, tareas. La resolución que al final es vana; la pátina del tiempo y el olvido se encargan de borrarla. Incluso aquellas que creen afectar a la humanidad entera, carecen de significado en la nocturna eternidad. Recuerdo a la amante de un olvidado, pero en sus días famoso, estadista. Llena de joyas, fatua, ostentando siempre un poder que ni siquiera era suyo. Sus encantos enmarcados por la petulancia y la crueldad la convertían en más atractiva al sequito de hombrecillos que la seguían por doquier y de los cuales ella abusaba. El desprecio que sentía por sus semejantes era tal, que como penitencia se obligaba a tratarlos. Existían rumores, que ella misma se encargaba de propagar, que decían que una sonrisa de ella influía más en el ánimo del político, que la petición de un ministro o la rigidez de la ley. La gente buscaba caer dentro de la gracia de esta dama para verse favorecidos por el mandatario. Todos creían saber que los caprichos absurdos de su gobernante estaban determinados por las pláticas y cuchicheos que se producían en la alcoba de los amantes.
   Debo reconocer, que a pesar de todo era una de las mujeres más hermosas que he conocido, y que durante las tres noches que la visité sentí una gran tribulación dentro de mí. Llegue a pensar que me había enamorado de ella; en salvarle la vida y desaparecer con ella, convertir a tan banal ser en mi compañera en la eternidad, afortunadamente las necesidades primigenias me volvieron a la cordura. La tercera noche, tras descubrir la perturbadora turgencia de su seno, lo hermosamente largo de sus piernas. El poblado vello de sus axilas. Decidí devorarla. Y mientras ella se pudría en su ataúd, sin que nadie la extrañara, el ministro seguía tomando las mismas decisiones arbitrarias, paseándose del brazo de una nueva amante.
   Los seres humanos y yo tenemos en común el correr tras todas las experiencias posibles, para después, con avara nostalgia recordarlas una a una, como quien cuenta y recuenta su dinero.
   Cuando me supe inmortal, creí posible encontrar en el desenfreno de saberme casi invulnerable, la satisfacción, el amor.
   Ahora, soy incapaz de recordar sí alguna vez amé o fui amado. En cambio, tengo presente el odio que la mayoría me tenía hasta hace poco. He sido perseguido desde siempre por el simple hecho de ser distinto. Hace mucho deje de distinguir entre la atracción y la estética. La belleza es búsqueda del esteta. La perfección obligación del cazador. Hoy en día las personas se acercan a mí en cuanto descubren mi identidad; pidiendo, rogando que les confiera la inmortalidad. Sólo a aquellos que son desagradables, vanidosos, mezquinos les concedo esta gracia, sabiendo que su propia estupidez los volverá más efímeros de lo que hubieran sido en su cotidianidad como mortales.
   Todo cazador debe ser desconfiado y certero.
   Llevo hoy la tristeza del insepulto, recorro cansado, apático esta existencia insulsa. Harto por momentos de la misma, pensando ilusamente que si ya lo he visto y experimentado todo.  
    Quisiera recordar el amor pero es en vano. Podrían decirme que es como una carcajada o como un dolor de muelas y lo creería. Tampoco eso lo recuerdo. Son, creo, necedades de viejo. Ya he demostrado a lo largo de más de dos mil seiscientos años que sin amor se puede existir. Pero es una curiosidad, como lo es tratar de recordar el sabor de la carne asada, o el refrescarse en las aguas del río a bajo el sol de mediodía.
    Mis obsesiones son sólo sueños decadentes de la senilidad; la curva del seno que precede al pezón. Y yo un vampiro, debo conformarme con insulsas e insípidas mocosas de rudimentarias voluptuosidades. Estas son épocas malas y las que vienen serán peores. Nada mejora nunca, me veo dentro de unos años devorando infantes chillones con sabor a orines.
   Por eso esta madrugada ante tan pútrido presente y un futuro desolador he decidido aguardar el amanecer. Recorrerlo en nombre de la desolación y la curiosidad.
publicado por thrpoint.com.mx 4 de diciembre de 2012
Foto: Flickr.com