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miércoles, 20 de noviembre de 2019

Pastiche




Strangers Things se ha convertido de una serie llena de referencias a la década de los ochenta, por estar situada en ella, a un pastiche lleno de lugares comunes de aquellos días y de estos.

Armando Enríquez Vázquez

Adentrarse en la lectura de este texto te llevara a la tierra de los spoilers, así que continuar más allá del punto que cierra esta oración es responsabilidad tuya.
De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, la palabra pastiche que viene de una palabra francesa de idéntica gramática, designa una obra que toma diferentes elementos característicos de otras obras, de otros artistas y los combina creando una obra que da la impresión de ser nueva.
Strangers Things se ha convertido de una serie llena de referencias a la década de los ochenta, por estar situada en ella, a un pastiche lleno de lugares comunes de aquellos días y de estos; Arnold Schwarzenneger, chickflicks preparatorianos, malas películas “B” sobre la guerra fría. Los zombies de George A. Romero, The Thing de John Carpenter, ciertos momentos al estilo de Cronenberg, Eso sin olvidar el homenaje a Back to the Future que es uno de los más patéticos que he visto y el collage de música y canciones cursis de la época como el tema principal de la Historia Sin Fin película basada en el extraordinario libro de Michael Ende del mismo nombre, walkie talkies como recurso y a falta de celulares.
Independiente de la serie de estampas ochenteras aleatorias, así como de recortes pegados de otras obras, hay que reconocerle dos cosas a la tercera entrega de la serie; Uno. Por momentos está muy bien escrita y ejecutada a diferencia de la segunda temporada que fue extremadamente mala. Dos logra capturar al espectador por momentos, curiosamente con un argumento que no se sostiene por ningún lado.
Las secuencias del Mall, de la instalación subterránea, las luchas con el monstruo son muy buenas y me recordaron los mejores momentos de la primera temporada, la historia de cómo Billy es atrapado por el Monstruo y la historia que lo lleva a estar manejando en la carretera, todas ellas crean tensión y por un momento se pueden olvidar los demás desvaríos que podrían de ser eliminados una extraordinaria temporada de tres o cuatro capítulos.  
Se agradece también la evolución Dustin el personaje interpretado de buena manera por el actor Gaten Matarazzo que es el único que vale la pena en tanto valor histriónico como en su desarrollo como personaje en las tres temporadas de la serie. Desgraciadamente no se puede decir nada acerca del resto de los actores porque en tres temporadas la serie se ha desvirtuado de tal manera que sólo sabemos que siguen siendo ese grupo de nerds que salvan una y otra vez al mundo, pero que no están afectados, en una serie tan ochentera eso pudieron aprenderle a Stephen King jóvenes que desarrollan una personalidad a partir de un hecho que transforma su vida.
Stranger Things inició siendo una historia nostálgica de ciencia ficción que sucede en un pueblo del centro de Estados Unidos llamado Hawkins en el estado de Indiana, similar a los pueblos y suburbios donde en los ochenta sucedían diferentes historias como ET, Back to the Future, Christine, la multicitada Red Dawn, la serie de películas de Zombies de George A. Romero. Una serie muy cercana a muchas historias producidas en la década de los ochenta que tenía como una de sus características suceder en esos años. Desgraciadamente la nula evolución del planteamiento de los personajes y de la lógica de las situaciones ha llevado a Strangers Things a convertirse en una caricatura de esa primera temporada, los personajes se han tornado en débiles fantasmas chocarreros de lo que fueron al inicio de la serie. Tristemente en lugar de que el grupo de adolescentes se vuelvan conscientes de su historia y puedan tener algún trauma o historia lógica, todos permanecen inmutables a excepción de Dustin. Incluso se adelantan a su época tomando discursos anacrónicos. Eleven se ha banalizado gracias al encierro que vive en casa de Jim Hopper, el personaje que más se ha desdibujado por esta falta de proyección lógica de los personajes. Parece ser que los productores y creadores de la serie se han convertido en simples dibujantes de una década que a su juicio estaba llena de nerds que tenían un pésimo gusto para vestirse, algo muy similar a lo que en aquellos años sucedía con la idealización de los años cincuenta en películas como Vaselina y series maniqueas como Happy Days. La historia de ciencia ficción que aún subyace en el pastiche en el que se ha convertido la serie aun trata por momentos de aflorar para recordarnos que esta serie se trata de seres terribles de otra dimensión y no la visión afectiva de los productores y el recuento de highlights en su memoria. El romance entre Jim Hopper (David Harbour) y Joyce Byers (Winona Ryder) se convierte en una farsa barata que nada aporta a la serie como muchas otras cosas, porque el personaje de Winona es cada vez más ella y menos Joyce.
En la degradación de la serie aun quedan algunos rasgos de sus días de gloria. El que dos de los personajes aparezcan a lo largo de la serie vestidos de ridículos marineros que es el uniforme de su lugar de trabajo; una heladería de franquicia llena de protocolos absurdos, nos muestra que los autores aun son capaces de mostrar sentido del humor irónico, de la misma manera que lo hacen con las instalaciones rusas debajo del mall emulando películas de serie B sobre la guerra fría. La antena de Dustin que lleva al descubrimiento de las acciones de los rusos.
Otro desacierto es el olvido del grupo de adolescentes “hermanos” de Eleven que tanto ruido ocasionó en la segunda temporada y ahora parece, así como apareció de la nada, haber sido desechada.
Con muchos altibajos, Strangers Things llegó de manera más que decorosa a la orilla, al convertirse en la serie más vista de Netflix en sus primeros días de exhibición, se habla ya de una cuarta temporada, que esperemos cuente cosas más interesantes acerca de Eleven y su cambio de ambiente y no sea otra intrascendente serie de viñetas totalmente dispensable de los años ochenta.




P.D. la mejor mención y la menos visible de la serie es la que se hace de la actriz Phoebe Cates, que en su momento ganó la atención de todos lo jóvenes americanos por su sexual actuación en una cinta de preparatorianos titulada Fast Times at Ridgemont High en la que trabajaron por primera vez Sean Penn, Jennifer Jason Leigh, Forest Whitaker, Judge Reinhold, que harían carrera en Hollywood a diferencia de la guapa Cates que no brilló y de quién al final de la serie Steve Harrington (Joe Keery) al solicitar empleo en una tienda de renta de videos carga una pieza promocional de la actriz de cuerpo completo.

publicado en roastbrief.com.mx el 16 de julio de 2019
imagenes Netflix
                   

jueves, 8 de marzo de 2018

Una tibia segunda temporada llena de cosas extrañas.



La segunda temporada de Stranger Things es así; llena de anomalías, irregular y carece de la fuerza de la primera, pero te prepara para una tercera temporada.


Armando Enríquez Vázquez


Sobre advertencia no hay engaño zona de spoilers. Sí decides continuar leyendo es por tu voluntad.
Tras un poco más de un año de espera, la segunda temporada de Stranger Things resulta decepcionante por la tibieza con la que se retoma la trama, nadie nos explica ¿por qué en aquel universo paralelo desolado donde habitaba el ser extraño, llamado Demogorgon de la primera temporada ahora aparece un gigantesco monstruo de humo capaz de poseer el cuerpo de Will Byers (Noah Schnapp)? ¿Cómo pasamos de lo extraño a lo religioso? Algo que no hace sentido en la serie, como tampoco lo hace la poca fuerza del empleado del gobierno que da seguimiento al caso de Will. Es sorprendente cómo a ninguno de los involucrados parece haberle afectado en mayor o menor grado el haber pasado por la experiencia vivida. La madre de Will Byers, Joyce (Winona Ryder), se nota más aprensiva con no tener a su hijo a la vista, pero la experiencia paranormal no le afectó para encontrar una nueva pareja sentimental y al parecer ni siquiera se ha propuesto abandonar la casa donde desapareció Will, lo que resulta incongruente con la actitud que señalé anteriormente.
Nada más desconcertante y tramposo para cualquier serie que una especie de prólogo con nuevos personajes, que no aparecerán hasta más allá de la mitad de la temporada. Esa es sólo una de las cosas que vuelve a la segunda temporada de Stranger Things, una temporada llena de cosas extrañas que no hacen mucho sentido, en esta temporada pero que seguramente lo harán en la siguiente. Absurdo todo. Porque no quiero empezar a imaginar que pasará en la tercera si no me han terminado de contar la segunda.
Yo sé que hay quienes creen que todos los personajes de una narración deben ser presentados de manera rápida para evitar sorpresas y los malos sentimientos, pero anunciar a un personaje que tal vez, o tal vez no, se vuelva relevante en la tercera temporada es un poco excesivo, sobretodo en una serie que los fans esperan para ver a los personajes conocidos y la situación conocida en acción.
La segunda temporada de Stranger Things es así, llena de anomalías, irregular y carece de la fuerza de la primera, la actuación de Winona Ryder, raya ya en ese comportamiento anormal que le vimos exhibir en la entrega de los premios de los críticos de espectáculos en enero pasado. Los jóvenes actores están bien a excepción de Mike Wheleer (Finn Wolfhard), quien en esta segunda temporada se siente sobreactuado y demasiado plano en esa relación de enojo por el abandono de Once y su intentar liderar un grupo al que no es ya empático. Tal vez, el actor no sabe medir el tamaño de su éxito y su papel que no tiene nada que ver con el personaje que interpreta en It.
La actuación del resto de los interpretes que ya habían aparecido en la primera temporada se mantiene en sus límites y sólo Nancy Wheeler (Natalia Dyer) y Steve Harrington (Joe Keery) ven a sus personajes evolucionar en personajes más sólidos, más interesantes. Pero de ahí en fuera clichés de personajes y una trama que prefiere salidas muy fáciles para problemas que desde la primera temporada se veían complejos.
Así como de pronto Once se topa casi al final de la temporada con Kali (Linnea Berthelsen), quien ostenta el número 8, lo que no tiene mayor sentido cuando ninguna agencia del gobierno norteamericano busca a sus experimentos, a pesar de que uno de ellos se encuentra delinquiendo y huyendo a salto de mata con un grupo más extraño que el Demogorgón mismo.
La aparición de Max (Sadie Sink) y su hermano aparte de una nueva línea dramática poco o casi nada aportan sobre la trama original. Más allá de sumar una nueva chica a la banda de nerds, a la que el misógino Mike Wheeler rechaza y Once imagina como la nueva conquista de Mike, su mayor aportación termina siendo el que sepa conducir un auto.
Once el personaje fuerte y misterioso de la primera temporada es relegado a un papel bastante secundario, pero no por ello menos emotivo, porque la búsqueda que lleva a cabo por entender quién y qué es, resulta ser una de las pocas líneas congruentes en la segunda temporada. Pero dentro de la idea general de la serie Once sólo es la caballería al rescate o la manera más sencilla de ayudar a solucionar la serie.
La nostalgia por los ochenta sigue siendo una de las características principales de la serie, de los Cazafantasmas a las máquinas de juego, a las envolturas de los chocolates Three Musketeers, desgraciadamente no sólo de eso se puede construir una serie. La trama debe mantener el interés.
Dicen que nunca segundas partes fueron buenas, hay muchas series que han desmentido el dicho con extraordinarias segundas temporadas. En el caso de Stranger Things la regla se confirma, esperemos que esto sea realmente el preludio para que la tercera y cuarta temporadas, que parecen estar en diferentes etapas de producción nos devuelvan la fuerza e interés generado por la primera temporada.


una versión de este texto fue publicada en roastbrief.com.mx el 6 de noviembre de 2017
imagen Netflix

viernes, 2 de diciembre de 2016

El verano de Netflix.



El verano demostró una vez más que Netflix es capaz de producir series que interesan a lo largo y ancho del mundo.

Armando Enríquez Vázquez

Un poco antes de que iniciara el verano Netflix estrenó la cuarta temporada de Orange is the new black. Una de las series originales icónicas de la plataforma de distribución de contenidos y que junto con House of Cards hicieron de la empresa líder en producción de contenidos en video a nivel mundial. Pero como sucede con toda serie, el desgaste comienza a notarse en la caída de audiencias, de manera más notoria en la serie política estelarizada por Kevin Spacey que a principios de 2017 hará su entrega final.
Pero el verano demostró una vez más que Netflix es capaz de producir series que interesan a lo largo y ancho del mundo, sobreponiéndose a los tibios recibimientos por parte de las audiencias de series como Marco Polo o Sense 8 que resultaron bastante por debajo de las expectativas de la empresa.
Este verano surgieron las verdaderas herederas de la primera camada de series de Netflix y su éxito superó por mucho lo que se esperaba de ellas. Strangers Things, estrenada el 15 de julio, es sin duda la serie más vista este verano, una serie que a los miembros de una generación nos remite a ET y lo mejor de la ciencia ficción de los años 80 de nuestra juventud, no solo por estar situada en esa época, si no por reconstruir los suburbios de Estados Unidos en los que todos los jóvenes del mundo vivíamos las dos horas que pasábamos frente a una pantalla de cine hollywoodense. Stranger Things tiene, además, un toque siniestro que nos recuerda que lo peor no está allá afuera, sino aquí dentro entre los seres humanos y que la hace muy accesible a las generaciones más jóvenes creyentes de teorías de la conspiración.
La serie marca el regreso de Winona Ryder, en un papel muy cercano al rol que muchos creemos en que está en la vida real. La trama llena de un humor negro, nos presenta a un grupo de jóvenes ochenteros que viven en el lado opuesto y más real del suburbio en el que vive Elliot, el solitario y alienado niño de ET. Sin tener la hermanita bonita o el hermano popular los protagonistas de la serie de Netflix resultan tan comunes que nos preocupamos más por la fuerza del guión que de cualquier otra cosa.
Solamente con Stranger Things sería suficiente para declarar a Netflix el gran ganador en materia de nuevas series durante el verano, pero el 12 de agosto y a pesar del desastre que al parecer está siendo la producción de Baz Luhrmann, Netflix puso en su plataforma los primeros seis capítulos de The Get Down, la esperada serie sobre el hip hop, el rap y la música disco y debo confesar de que a pesar de que el cine de Luhrmann siempre me ha parecido chabacano y maniqueo, la fuerza de The Get Down, sobre todo en las actuaciones del elenco juvenil me atrapó a lo largo de los seis capítulos.
Sin duda, The Get Down es como serie acerca de la música, una mucho más vibrante, más seria, más real, a pesar de su estructura de cuento de hadas latinoamericano, o sea de telenovela, que Vinyl, en la que a pesar de los nombres de Scorsese y Mick Jagger, es uno de los mayores bodrios que ha producido HBO. La serie Luhrmann resulta fresca, un reflejo de Nueva York en uno de sus momentos de mayor decadencia y se acerca sin a profundidad a la verdadera gran serie musical de HBO Treme, creada por David Simon, creador también de The Wire, y Eric Overmeyer, sobre Nuevo Orleans y la música de la región. Vynil nunca se logra poner a la música en el papel relevante de protagonista, algo que The Get Down logra desde la primera secuencia de la serie. Sin ser el pastiche musical que es Glee, The Get Down atrae también a las audiencias jóvenes, por su estructura de cuento.
El verano de Netflix habrá de cerrar con la segunda temporada de los que fue sin duda su mejor serie dramática el año pasado: Narcos. La historia de la vida de Pablo Escobar contada por un agente de la DEA que lo quiere atrapar a como dé lugar y siendo sobrepasado por las fuerzas de su gobierno, del gobierno colombiano, la guerrilla y ante todo por los carteles de la droga y el narcotraficante que puso en jaque a Colombia y Estados Unidos a finales del siglo pasado.
Netflix ha consolidado su posición en el mercado de la producción de contenidos que para otras televisoras podría resultar oneroso por su limitado alcance, ha tomado series canceladas en otros medios y ha capitalizado su alcance de mercado, ha creado alianzas con televisoras para pasar sus contenidos con algunas horas de diferencia a la transmisión original, permitiendo a audiencias de otros países ver contenidos muy esperados. Netflix le ha apostado a la producción en diferentes mercados del mundo lo que no sólo repercute en el número de sus suscriptores a nivel mundial y aprovecha la tendencia global a ver, disfrutar y entender asuntos de otros países.
El verano ha sido de Netflix, ya veremos lo que dice el otoño que es la gran temporada de estrenos de contenidos en todo el mundo y Netflix tiene en su lista de series la exitosa serie inglesa sobre la tecnología Black Mirror, entre otras.

publicado el 29 de agosto de 2016 en roastbrief.com
imagen netflix.com